Valentina salió de la iglesia con un cargo de conciencia menos. Había tenido la confesión de su vida, y por primera vez en meses, se sentía ligera. Jamás en su vida había acumulado tanta culpa. De pronto, los pecados que había confesado anteriormente parecían insignificantes comparados con lo que acababa de compartir con Jon. Su vida estaba cambiando, y aunque todavía había un largo camino por recorrer, esa pequeña descarga emocional le dio una chispa de esperanza.
Mientras caminaba por las calles adoquinadas de Madrid, sintió cómo la brisa de la tarde acariciaba su rostro, como si el universo le estuviera diciendo que había hecho lo correcto. Pero esa sensación no duró mucho. El recuerdo de Tristán, de su mirada intensa y de todo lo que compartieron en la Casa de la Música, volvió a inundar su mente.
“¿Cómo lo miraré ahora?”, se preguntaba. Había algo en Jon que la tranquilizaba, como si supiera que podía confiar en él para guardar su secreto, pero al mismo tiempo, no podía evitar pensar en cómo reaccionaría Tristán si llegara a saber toda la verdad.
Al llegar al hotel, Valentina decide no ir directamente a su habitación. En cambio, se dirige al restaurante del vestíbulo. La atmósfera tranquila y acogedora del lugar la atrae, y se siente en paz mientras pide un té. Se sienta cerca de una ventana, dejando que el aire fresco de la tarde se cuele suavemente, y observa cómo las luces de la ciudad comienzan a encenderse, tiñendo el horizonte de tonos dorados y rojizos. El silencio a su alrededor la invita a pensar, a reflexionar, a desconectarse por un momento del bullicio exterior.
Saca su libreta, esa que siempre lleva consigo para anotar ideas o pensamientos, y empieza a escribir. No era un plan ni una lista de tareas, sino un desahogo. No podía callar más lo que le pesaba. Escribe sobre sus emociones, sobre la mezcla de alivio y culpa que siente. Alivio, porque finalmente había tomado una decisión, pero culpa porque no podía quitarse la sensación de estar traicionando algo o a alguien. Escribe sobre Tristán, cómo lo siente cuando está cerca de él, cómo su presencia la desarma y la llena de confusión, y sobre Jon, y cómo su inesperada intervención había cambiado la perspectiva de todo.
Lo confiesa todo otra vez en las páginas de la libreta, como si al escribirlo pudiera descargar su conciencia, liberarse de alguna manera. Pero a medida que las palabras fluyen, no puede dejar de pensar en las palabras que Jon le había dicho esa misma tarde: mi primo está hasta el cuello por ti.
¿Será posible que David Tristán esté enamorado de mí? se pregunta. La idea la sacude como un viento helado. No lo puede creer. Tristán es el tipo de hombre que todas desean: guapo, gallardo, inteligente, simpático y tan lleno de vida que parece un sueño. Y ahora, de pronto, la posibilidad de que él se fijara en ella, alguien tan aparentemente común, parece demasiado grande para ser real. Pero, ¿quién podría fijarse en ella?
Valentina no se arreglaba tan bien como Ana Carolina, no tenía la misma confianza ni el mundo en sus manos, no estaba tan segura de sí misma. Ignoraba muchas cosas, se sentía torpe, como si el drama siempre la persiguiera. Vivía una vida pasiva, y parecía navegar con una bandera de idiota, aunque en el fondo sabía que no lo era. Entonces, ¿cómo era posible que David Tristán se fijara en ella? ¿Por qué alguien como él, tan perfecto, se interesaría por una mujer tan ordinaria? Debe ser un error, piensa, pero la semilla de la duda ya está sembrada.
—Tal vez Jon me lo dijo para que confesara todo de una vez —se dice a sí misma, convencida de que las palabras de Jon solo fueron un impulso para que ella sacara todo lo que llevaba dentro. Pero el pensamiento sigue dándole vueltas.
Y, ¿qué tal si lo hace? ¿Qué tal si enfrenta a Tristán y le dice todo? Confiesa todo, acaba con la agonía de una vez por todas, deja los miedos atrás. Lo haría. Él la escucharía, seguro. Tristán la comprendería, no habría ningún problema. Pero entonces, se acuerda de Tito, el poder que tiene Tito, y el miedo la detiene de golpe. No puede exponer a la familia a algo así. No podría poner en riesgo todo lo que han construido por algo tan incierto.
—¿Seré capaz de aguantar esto que tengo dentro por más tiempo? —se pregunta en voz baja, mientras mira fijamente el té en su mesa. Siente que está a punto de estallar, pero algo en su interior la frena.
Y entonces, una idea aparece en su mente, tan clara como el agua. ¿Y si le hace una carta? ¿Si le confiesa todo en una carta? Algo tangible, algo que no deje espacio a la duda, a la confusión. Una carta en la que ponga todas sus emociones, toda su verdad. Quizás eso sea lo que necesita. Sin pensarlo mucho más, Valentina abre la libreta, quita una hoja en blanco y, casi por impulso, comienza a escribir.
No hay vuelta atrás. Decidirá confesarle todo a David Tristán en una carta, dejará que el destino haga lo suyo. Con cada palabra que va escribiendo, se siente más ligera, como si las tensiones y las inseguridades que la habían acompañado durante tanto tiempo comenzaran a desvanecerse. Aunque no sabe qué traerá el futuro, siente que al menos estará siendo honesta consigo misma, al menos estará liberada de todo lo que ha estado guardando.
Querido David,
Es difícil encontrar las palabras adecuadas para escribirte esto, pero siento que ya no puedo seguir guardándolo. Hace tiempo que esta necesidad de expresarme se ha ido acumulando dentro de mí, y aunque me cuesta admitirlo, creo que mereces saber la verdad.
Desde la primera vez que te vi en el recibidor de la Fundación, algo dentro de mí cambió. No fue algo inmediato, pero, con el paso del tiempo, te fuiste instalando en mi mente, en mis pensamientos, en mis sueños. Hay algo en ti que me atrae de una manera inexplicable, y cada vez que te veo, me siento más cerca de entender lo que realmente busco, lo que siempre he anhelado.
Tú, David, me has dado la sensación de hogar. Un hogar que siempre había buscado, aunque nunca supe cómo ni dónde encontrarlo. No es solo tu forma de ser, tan segura y amable, ni tu inteligencia y simpatía. Es algo más profundo, algo que no sabría explicar bien, pero que está allí, entre nosotros, en cada mirada, en cada palabra. Siento que cuando estás cerca, todo se calma, como si el caos de mi vida se desvaneciera por un momento y solo existiera ese espacio entre tú y yo.
Y, aunque el miedo y la incertidumbre me lo impiden decirlo en voz alta, debo confesarte que si tuviera el valor, te besaría cada vez que estuviera a tu lado. No lo hago porque no quiero que todo esto te incomode, no quiero arriesgar lo que tenemos, pero dentro de mí, en lo más profundo, está esa necesidad. Una necesidad de estar cerca de ti, de compartir algo que va más allá de lo que las palabras pueden expresar.
Sé que puede sonar una locura o una exageración, pero la realidad es que te has convertido en una parte importante de mi vida. Quizás nunca hubieras imaginado que alguien como yo pudiera sentir algo así, pero no podía seguir callándolo. Me he dado cuenta de que ya no puedo esconder lo que siento. Estoy enamorada de ti, David.
No espero que todo cambie de inmediato, ni que las cosas se resuelvan de una sola vez. Solo quiero que sepas lo que guardo dentro, lo que no he podido decirte hasta ahora. No sé qué nos deparará el futuro, pero al menos quiero ser honesta contigo, porque me he dado cuenta de que eso es lo que realmente necesito.
Con todo mi corazón,
Valentina
Valentina toma la carta, la dobla cuidadosamente y la mete en la libreta que siempre lleva consigo al trabajo. La libreta, su fiel compañera, es donde guarda pensamientos, ideas y, en este caso, una confesión que parece sacada de una película. Algo dentro de ella la hace sentir que debe hacer esto, aunque no sabe bien si está preparada para lo que pueda venir después. Con la carta guardada entre las páginas, se pone de pie y deja la mesa donde había estado escribiendo. Regresa a su habitación, el cansancio del día comenzando a pesar sobre sus hombros, pero su mente sigue ocupada.
Mañana será un día largo, lleno de actividades que no dejan mucho espacio para la reflexión personal. La sesión de fotos de la orquesta juvenil, de Tazarte y de la Casa de la Música para el artículo que se escribirá está programada, y como parte del proyecto, Valentina debe estar presente. Tendrá que levantarse temprano, con la agenda llena de cosas que hacer, pero hay algo dentro de ella que la mantiene distraída, algo que no puede dejar de pensar.
Aprovechará que tiene que pasar por la fundación para recoger la carpeta del proyecto y, en ese momento, dejar la carta en la oficina de Tristán, en un lugar estratégico donde él pueda encontrarla cuando menos lo espere. La idea de hacerlo la hace sentirse un poco más en control de la situación, aunque una parte de ella duda si está tomando la decisión correcta.
Con ese pensamiento en mente, Valentina se recuesta en la cama, apaga la luz y suspira profundamente. La quietud de la habitación la rodea, pero su mente sigue acelerada, dándole vueltas a todo lo que acaba de hacer, a todo lo que siente, a todo lo que podría suceder después de esa carta.
—Tal vez es una tontería, una niñería… ¿Acaso Ana Carolina haría algo así? —se pregunta a sí misma, una vez más comparándose con su amiga, con esa imagen de confianza y seguridad que Ana parece tener siempre. La duda la consume un poco, pero también la sensación de que lo que ha hecho es irreversible, de que ya no hay marcha atrás.
Se queda en silencio, dándole vueltas a la situación, cuestionándose si está tomando el camino correcto, si es demasiado tarde para cambiar lo que siente. Pero a medida que se va sumergiendo en sus pensamientos, el sueño la vence. Las horas parecen difuminarse, el tic tac del reloj en la pared no solo la arrulla, sino que le recuerda que el tiempo sigue avanzando. No hay espacio para arrepentimientos, ni para retroceder. El tiempo se termina, y Valentina sabe que sus días en Madrid están contados, que este capítulo, sea cual sea su desenlace, tiene una fecha de cierre.
Finalmente, el sueño la envuelve por completo. Se abandona en la comodidad de las sábanas, dejando que el descanso la tome. Mañana será otro día lleno de expectativas, y la carta, en alguna parte de la fundación, esperará su momento. Pero por ahora, todo lo que puede hacer es descansar y dejar que el futuro, incierto y lleno de posibilidades, siga su curso.
***
Las ocho de la mañana llegaron más rápido de lo que Valentina esperaba. El sol ya iluminaba el recibidor de la Fundación cuando ella entró, con paso firme, pero con el corazón acelerado. Hoy, como nunca antes, se puso su mejor vestido. Al menos, eso pensaba ella, porque el color vibrante del tejido la hacía sentir más alegre, más esperanzada. El vestido era sencillo, pero los tonos cálidos de azul y naranja la hacían sentirse un poco más fuerte, más segura de sí misma. Una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro mientras observa cómo el vestido resalta su figura, aunque sabe que la verdadera batalla no está en lo que lleva puesto, sino en lo que está a punto de hacer.
Con la libreta en la mano, aquella que contenía la carta que había decidido escribirle a Tristán, Valentina se dirige al escritorio que él usa cada día. La carta, guardada entre las páginas de su libreta, era el único secreto que había estado guardando para sí misma, el único pensamiento que se aferraba a su mente con más fuerza que nunca. Tenía que dejarla allí, en el cajón de su escritorio, justo donde él podría encontrarla cuando pasara al final de la tarde. El plan estaba claro. En ese cajón, en ese pequeño rincón de su vida, estaría su confesión. Un rincón donde Tristán, sin esperarlo, leería sus sentimientos más profundos.
Sabía que esa carta le daría tiempo. Tiempo para que él la leyera y reflexionara, tiempo para que tomara una decisión. Le daría tiempo para pensar, para procesar lo que ella había escrito, para que no fuera una reacción impulsiva, sino una respuesta que viniera del corazón. Después, tendría que esperar, y el tiempo pasaría entre la espera y las dudas.
Valentina pensó en su respuesta, en todos los posibles escenarios que podrían surgir después de dejar la carta allí. Ya sabía que un “no” era una opción posible, y que probablemente sería la respuesta más razonable. Pero, en lo más profundo de su ser, en una pequeña esquina de su corazón, guardaba la esperanza de que tal vez, solo tal vez, recibiría un “sí”. ¿Y si Tristán también sentía lo mismo? ¿Y si, al igual que ella, llevaba tiempo cargando esa emoción sin saber cómo expresarla?
El pensamiento de un “sí” la hizo sonrojarse. Si realmente llegaba a recibir esa respuesta, ella le contaría todo. Todo lo que había guardado en su corazón, todo lo que había estado oculto tras sus dudas y miedos. Le contaría cómo su vida había dado un giro desde que él había aparecido, cómo sentía que el destino, de alguna manera, había jugado un papel en todo esto. Y le diría también, con total honestidad, cómo se había equivocado, cómo se había dejado llevar por el miedo, y cómo ahora, finalmente, se sentía capaz de afrontar la verdad.
Valentina, con la cabeza llena de pensamientos encontrados, se encuentra frente a las puertas del elevador. La incertidumbre la consume, las preguntas vuelven a aparecer como fantasmas en su mente. ¿Estás segura de esto? ¿Estás segura de que esto es lo que quieres hacer? Se repite, como un mantra, pero no hay respuesta que le calme. La decisión ya está tomada. La carta ya está en el cajón de Tristán, y ahora solo queda esperar. Sin embargo, el nudo en su estómago no se disuelve.
Las puertas del elevador se abren con un suave ding, interrumpiendo su ciclo de pensamientos. Valentina toma una respiración profunda y se reajusta el vestido. Mira su reflejo en la puerta del elevador, asegurándose de que su imagen sea impecable. Es como si, de alguna manera, al estar bien arreglada pudiera sentirse más en control. Su trenza, cuidadosamente hecha, cae sobre su hombro, y ella la acomoda con un gesto automático, pasándola de atrás hacia adelante. Su mente está tan ocupada que casi no se da cuenta de lo que hace. Pero en ese momento, con el cabello acomodado y el vestido en su lugar, se siente un poco más preparada para lo que está por venir.
El sonido de sus tacones resonando en el pasillo la acompaña mientras camina con paso firme, pero con el corazón acelerado. Cada paso la acerca más a la oficina de Tristán, un lugar que, en su mente, ha tenido tantas connotaciones: el sitio donde ha tenido tantas conversaciones, tantos momentos de incertidumbre, y ahora, la oficina en la que espera que todo se resuelva de alguna manera.
Al llegar a la puerta de la oficina, Valentina toma un breve respiro y la abre, sin dudar. La escena que se presenta ante ella la paraliza por un momento.
Ana Carolina está allí, justo frente a Tristán, ambos arrodillados en el suelo y él mostrando un brillante anillo que destella sin cesar, dentro de la caja. Su estómago da un vuelco, y el aire se vuelve denso, como si la atmósfera misma hubiera cambiado de peso. Valentina se detiene en la puerta, el corazón acelerado, incapaz de mover un solo músculo. La visión de Tristán arrodillado con el anillo le da la respuesta que no quería escuchar. No necesita más palabras. El compromiso entre ellos está sellado, y Tristán, en ese momento, está con la mujer que ha elegido, que ha decidido compartir su vida. La sombra del miedo y la duda que Valentina había estado ignorando, se convierte en una realidad palpable.
Ana Carolina se da cuenta de la presencia de Valentina casi al instante. Al verla Tristán, un reflejo rápido le hace cerrar la caja, casi como si intentara esconder el anillo de compromiso, un gesto que no pasa desapercibido para Valentina. El brillo de la joya, que había quedado tan obvio frente a ella, ahora parece ser una especie de obstáculo, un recordatorio de lo que nunca será.
—Valentina —dice Ana Carolina, su voz suave y tranquila, intentando no mostrar la incomodidad que su gesto había revelado. Su sonrisa sigue siendo cordial, pero hay algo en sus ojos que parece vacilar, como si notara algo que no esperaba—.¡Qué sorpresa verte por aquí! —añade, con un tono que, aunque amable, también refleja una ligera incomodidad. Su actitud cambia levemente, pero Valentina lo nota. Ana Carolina está consciente de algo que Valentina no sabe si es culpa o el simple reconocimiento de una situación difícil.
Tristán también la mira, y en su expresión hay una mezcla de desconcierto y algo más. No sabe cómo actuar ni qué decir. Está sorprendido, evidentemente confundido por la aparición repentina de Valentina. No hay rastro de la calma que usualmente tiene, ni de la confianza que siempre parecía irradiar. En su lugar, hay una tensión visible, una especie de bloqueo, como si las palabras se le escaparan.
Valentina respira hondo, intentando recobrar el control sobre sí misma. Sabía que este momento sería crucial, pero no tenía ni idea de cómo enfrentarlo. El nudo en su estómago sigue apretándola, y una parte de ella se pregunta si realmente había estado preparada para enfrentar esta verdad. Cada pensamiento que había tenido sobre el futuro, sobre lo que ella y Tristán podrían ser, ahora parece desmoronarse frente a sus ojos. La imagen que había creado en su mente es irreparablemente quebrada.
El silencio entre ellos se alarga un segundo que se siente eterno, hasta que finalmente, Tristán rompe el silencio con una pregunta.
—¿Qué haces aquí, Valentina? —pregunta, con un tono que mezcla la sorpresa y algo de temor, como si no estuviera seguro de cómo interpretar su presencia. Su voz es baja, contenida, y Valentina percibe que está buscando algo en ella, una respuesta que ni ella misma tiene clara.
—Yo… solo… —Valentina balbucea, pero no encuentra las palabras. Su mente se vacía, y el nudo en su garganta la ahoga. El peso de la situación le impide hablar con claridad. Mira el suelo, buscando algo que la ancle, algo que la saque de esa sensación de descontrol.
Pasa su lengua por los labios, un gesto nervioso que delata la tensión. Al final, como si el impulso de actuar fuera más fuerte que el miedo, saca la libreta que había estado llevando consigo todo el día. La sostiene entre las manos y, sin poder mirar a Tristán a los ojos, le entrega lo que lleva entre sus páginas.
—Vine a darte esto… —dice, casi en un susurro, mientras extiende la libreta hacia él.
Tristán, confundido, la toma, abriéndola sin mucha prisa. Al ver lo que está entre las páginas, sus ojos se fijan en el contenido: el discurso que ambos deben dar en la fiesta de inauguración de la Casa de la Música. Es una tarea sencilla, algo que habían planeado juntos. Pero en ese momento, parece completamente ajeno a lo que realmente está pasando. El gesto de Valentina, la entrega de ese pequeño objeto, parece tan lejano al resto de lo que hay entre ellos.
Valentina, al ver su reacción, siente una mezcla de alivio y vergüenza. Pero no hay tiempo para procesarlo. Ella está rota por dentro, pero aún así se mantiene erguida.
—Ahora, ahora vuelvo… —dice rápidamente, levantándose de su lugar—. Y lo siento si interrumpí un momento tan… lo siento.
Su voz, llena de disculpas, se va apagando mientras se da la vuelta y sale de la oficina sin mirar atrás. La sensación de desgarro sigue palpitando en su pecho, pero ya no puede volver sobre sus pasos. Lo único que puede hacer es salir de ese espacio, escapar de esa realidad que ahora la consume.
Tristán la observa irse, sintiendo un impulso irracional de seguirla, de llamarla, de detenerla y aclarar las cosas, pero no lo hace. Se queda allí, mirando la puerta por donde ella acaba de salir, sintiendo que las palabras se quedan atoradas en su garganta. No sabe si es el miedo, la confusión o algo más lo que lo mantiene quieto, pero lo único que puede hacer es mirar cómo Valentina desaparece de su vista.
Mientras tanto, Valentina, caminando por el pasillo, no sabe cómo enfrentar lo que acaba de hacer. No puede permitir que la angustia la consuma, así que saca la carta que había escrito, esa que nunca fue entregada, y la hace bola. La lanza con furia al bote de basura cercano. Ya no hay vuelta atrás. Ya no hay nada más que decir. Solo tiene que terminar con esto. Desaparecer, como si nunca hubiera existido en ese espacio entre ellos.
Y mientras el sonido de la carta cayendo en la basura resuena en sus oídos, Valentina se aleja. No hay más palabras. Solo un silencio ensordecedor que llena el vacío que ha dejado en su corazón.
Cuanta ilusion que puede romperte el corazon 😢😢😢
Quiero suponer que estaban incados porque ana carolina le decía que NO
Oh no, pobre Valentina 🥺🥺🥺🥺🥺💔
😪💔
Oh por Dios. No me esperaba eso. 💔💔💔