Valentina durmió toda la noche. Desde hace años no lo hacía así. Durmió tranquila, sí, cansada, muy cansada, pero sin pesadillas. Sin terrores nocturnos, sin ataques de ansiedad, sin nada. Solo sintiendo el calor del cuerpo de David a su lado. Cuando abrió los ojos, la luz suave de la mañana se filtraba por las cortinas de la habitación, iluminando con delicadeza los detalles del espacio y el rostro relajado de Tristán, quien aún dormía a su lado.
Por un momento, Valentina se quedó quieta, observándolo. Su perfil, tan perfecto como si hubiera sido esculpido por un artista, le transmitía una paz que no recordaba haber sentido nunca. Su respiración era lenta y acompasada, y su pecho subía y bajaba con un ritmo que parecía calmar hasta el más pequeño rastro de inquietud en su interior.
No pudo evitar sonreír. Pensó en todo lo que había sucedido la noche anterior, en cómo cada beso, cada caricia, la había llevado a un lugar que jamás había creído posible. Y ahora, ahí estaba, despertando en brazos del hombre que había cambiado su mundo, que había derribado todos los muros que ella misma había construido.
Ella se mueve con cuidado, sin querer despertarlo, y desliza suavemente una mano por su cabello revuelto. El simple contacto la hace estremecer, no de nervios, sino de una felicidad tranquila y absoluta. David abre los ojos lentamente, como si hubiera sentido su toque aún estando dormido, y cuando sus miradas se cruzan, una sonrisa suave ilumina su rostro.
—Buenos días… —murmura Tristán, con la voz ronca del sueño, mientras se gira hacia ella, apoyando su peso en un codo para mirarla mejor.
—Buenos días… —responde Valentina, su voz apenas un susurro, como si hablar demasiado fuerte pudiera romper la magia del momento.
—¿Dormiste bien? —pregunta él, llevando una mano a su rostro para apartar un mechón de cabello que cae sobre sus ojos.
—Como nunca… —admite Valentina, dejando que la calidez de su sonrisa la envuelva y su rostro se sonroje—. Creo que…
—¿Qué? —pregunta David con una sonrisa, inclinándose un poco más hacia ella, curioso por lo que quiere decir.
—Creo que las cosas que… —Valentina se detiene y su sonrojo se intensifica, haciendo que baje un poco la mirada.
—¿Qué?, anda, dime —le pide David, con un aire de orgullo en su voz, claramente disfrutando de su nerviosismo.
—Que nos iremos al infierno… —confiesa finalmente, con una mezcla de timidez y travesura en su tono.
—¿Cómo? —pregunta él, a punto de reír.
—Sí. Todo lo que hicimos ayer es pecado. Tendré que confesarme como diez veces hoy… —responde Valentina, llevando las manos a su rostro para cubrirse.
Tristán no puede evitar soltar una carcajada, pero antes de que Valentina pueda decir algo más, se echa hacia adelante, apoyando su cuerpo sobre el de ella, atrapándola entre sus brazos. La sábana que los cubre se desliza ligeramente, dejando entrever la calidez de sus pieles aún entrelazadas.
—Pues ayer yo me sentí en el paraíso… —le murmura al oído, su voz baja y cargada de picardía.
Valentina suelta una risa nerviosa y se cubre el rostro con la sábana, tratando de esconder su vergüenza.
—Basta… —contesta ella, apenada pero con una sonrisa que no puede ocultar.
Tristán la mira con diversión, y con un movimiento ágil, baja la sábana que cubre su rostro, dejando que sus ojos se encuentren de nuevo.
—No le vas a confesar al padre esto con detalle, ¿eh? —bromea, inclinándose aún más hacia ella—. Puede despertarle envidia y eso también es un pecado.
—Basta, Tristán —contesta Valentina entre risas, todavía tratando de ocultar su rostro tras la sábana, aunque esta vez sin mucho éxito.
Tristán sonríe, claramente disfrutando del momento, y se recuesta a su lado, girando ligeramente para poder observarla mejor. Su mano encuentra la de Valentina, entrelazando sus dedos con los de ella.
—¿Sabes? —le dice, con un tono más suave, dejando atrás la picardía—. Se me ocurrió un poema para ti.
—¿Eres poeta? —pregunta ella, entre risas, arqueando una ceja mientras lo observa con curiosidad.
—Te escribí este texto hace tiempo. ¿Quieres escucharlo? —responde él, con una sonrisa cargada de ternura.
Valentina lo mira, divertida pero también intrigada. Finalmente, asiente, acomodándose mejor en la cama.
—Bueno… Poeta Canarias. Te escucho.
David la mira directamente a los ojos, sus pupilas reflejando un brillo especial bajo la tenue luz del amanecer. Con una voz baja y llena de emoción, comienza:
—Valentina, de ojos lila, aurora sutil,
que atraviesas la vida como un clarín febril,
con pasos de reina, vestida de blanco,
dejas tras de ti un eco sereno y franco.
Cabellos tan negros como noche estrellada,
misterio en tus bucles, mujer encantada,
en tu sangre arde el sol de una patria perdida,
y en tus manos descansa la calma de la vida.
Tus labios son dulzura, cual miel en la flor,
y tu voz es un cántico de eterno esplendor.
Eres musa y guerrera, de fuego y aliento,
un poema viviente que recita el viento.
Oh Valentina, enigma de lila y pasión,
eres sueño y destino, de mi inspiración.
Que el cielo te guarde, con su luz divina,
y nunca se apague tu esencia divina.
Valentina lo observa, sus ojos brillando mientras escucha cada palabra. Se siente expuesta, pero no de una manera incómoda, sino como si Tristán hubiera logrado capturar todo lo que ella era y todo lo que aspiraba a ser.
—Es hermoso… —susurra finalmente, conmovida—. ¿De verdad piensas eso de mí?
—Cada palabra… —dice Tristán, inclinándose hacia ella para besarla suavemente en los labios—. Y aún me quedo corto.
Valentina se acerca y lo abraza, apoyando su rostro en el pecho de Tristán, escuchando los latidos constantes de su corazón. Para ella, no hay palabras suficientes para describir lo que siente en ese momento, pero sabe que, está enamorada; lo ama.
—La vida me dijo que el mundo fuera estaba lleno de miedo y personas malas —comienza Valentina, su voz apenas es un susurro, pero está cargada de emociones que llevan años enterradas. Mira hacia el techo, como si quisiera reunir el valor para seguir hablando—. Me dijeron que no me merecía nada más que lo que me había pasado. Me arrebataron mi hogar, mi vida y mis sueños.
Hace una pausa, tragando el nudo que siente en la garganta. Tristán, a su lado, permanece en silencio, sin interrumpirla, dándole el espacio que necesita. Su mano, sin embargo, busca la de ella y la aprieta con suavidad, como si quisiera recordarle que esta allí,escuchándola.
Valentina baja la mirada hacia él, y sus ojos color lila brillan con una mezcla de vulnerabilidad y esperanza.
—Y de pronto… te conocí. —Una sonrisa tímida asoma en sus labios, tan ligera que parece frágil—. Aunque no lo creas, me enseñaste a confiar, me mostraste una vida diferente.
Tristán entrelaza sus dedos con los de ella, y con un movimiento lento, la atrae hacia su pecho, donde Valentina apoya la cabeza.
—No sé qué decirte… —murmura él, su voz cargada de emoción—. Pero si de algo estoy seguro, es que mereces todo lo bueno que el mundo pueda ofrecerte. Y si puedo ser parte de eso, no me voy a detener hasta demostrarte lo increíble que eres. Te voy a regalar el mundo.
Valentina cierra los ojos, dejándose envolver por el calor de su cuerpo y el latido constante de su corazón. Era la primera vez que siente algo parecido a la paz en mucho tiempo.
—A veces, pienso que esto es demasiado bueno para ser verdad —admite ella, su voz temblorosa—. Que algo va a pasar y todo se va a desmoronar.
—Nada va a desmoronarse —responde Tristán con firmeza, apartándose ligeramente para mirarla a los ojos—. Este es el inicio de todo. Construiremos algo juntos.
Ella sonríe porque cree, porque sabe que lo que Tristán le promete no son simples palabras vacías. Es verdad, tan sólida como el hombre que tiene frente a ella.
—Entonces, hay algo que te tengo… —Valentina comienza a decir, pero el sonido del teléfono móvil de Tristán interrumpe el momento.
El aparato vibra sobre el buró. Tristán mira de reojo el nombre que aparece en la pantalla: Linda. Sabe que debe contestar, aunque la situación actual le haga desear lo contrario.
—Dime —responde, mientras su mirada vuelve a Valentina, que permanece recostada sobre la cama, envuelta en las sábanas.
—Tristán, la conferencia para anunciar el concierto de inauguración de la Casa de la Música comienza en una hora y tú ni tus luces —lo regaña Linda con impaciencia—. Karl no para de llamar.
Tristán suspira y lanza una rápida mirada al reloj en la pared. La hora lo delata, pero su ánimo está lejos de sentirse apurado.
—Estoy en nada —responde con una voz cargada de picardía—. Dile a Karl que lo atrase un poco… tengo un problema… muy gordo.
Linda, desconcertada, pregunta:
—¿Qué tan gordo?
Tristán sonríe mientras su mirada recorre el cuerpo de Valentina, que lo observa con una mezcla de confusión y curiosidad.
—Ufff gordísimo… dile que estaré ahí. No te preocupes.
—Pero, ¿dónde estás? Tristán… ¿Tristán? —La llamada se corta antes de que Linda pueda obtener más respuestas.
Valentina intenta levantarse de la cama, su mente volviendo a la realidad tras escuchar la conversación, pero Tristán, con un gesto rápido, le prohíbe moverse.
—¿Qué pasa? Tenemos que irnos a la oficina—insiste ella, con una mezcla de nervios y responsabilidad.
Tristán, sin prisa alguna, se quita las sábanas que aún cubren su cuerpo, revelando su figura desnuda. Valentina, incapaz de evitarlo, deja que su mirada se deslice por cada línea definida de su físico.
—¡Ay, Dios mío! —murmura, sintiendo cómo el calor sube a sus mejillas.
Tristán, divertido por su reacción, se acerca un poco más, inclinándose hacia ella con una sonrisa traviesa.
—Ya lo viste a la luz de las velas, pero… ¿qué te parece ahora, a plena luz del sol?
Valentina se cubre el rostro con las manos, su timidez reapareciendo a pesar de todo lo que han compartido la noche anterior. Sin embargo, no puede ignorar la perfección que tiene frente a sus ojos. El físico de Tristán, trabajado con dedicación, parece casi irreal: su pecho amplio y definido, los músculos de sus hombros y brazos perfectamente esculpidos, y esas venas prominentes que le otorgan un aire irresistible. Sus abdominales, marcados como si hubieran sido tallados, parecen un sueño hecho realidad, mientras que el tono ligeramente bronceado de su piel añade un toque cálido y natural.
Cuando su mirada viaja más abajo, Valentina traga saliva y desvía rápidamente los ojos, completamente ruborizada.
—No decepciono, ¿verdad? —bromea Tristán al notar su reacción, su voz cargada de coquetería.
Antes de que Valentina pueda responder, Tristán se inclina hacia ella y comienza a llenarla de besos, empezando por su cuello y bajando lentamente por su cuerpo. Su risa nerviosa pronto se convierte en suaves suspiros mientras sus manos se hunden en los rizos oscuros de Tristán.
—Tristán, tenemos que irnos… —intenta protestar, aunque su voz carece de convicción.
—Una más… será rápido. —La forma en que lo dice, sin embargo, revela que ni él mismo cree en sus palabras. Luego, se corrige, con una sonrisa traviesa—. ¿A quién engaño? No lo será. Espero que la conferencia pueda esperar.
Valentina ríe, pero no puede evitar temblar ligeramente al sentir los labios de Tristán rozando su abdomen.
—Tristán… —susurra su nombre, tratando de encontrar la fuerza para detenerlo. Pero en el fondo, sabe que no quiere hacerlo.
—Te daré una razón más para que te confieses esta noche —le dice, su voz profunda y cargada de deseo.
—Pero el padre no confiesa de… ¡Ah! —Valentina capta la indirecta y, al comprenderlo, se sonroja aún más.
Los gemidos comienzan a escapar de los labios de Valentina, ahora sin pudor, resonando en la habitación como una melodía de placer. Sus manos se aferran al cabello rizado de Tristán, buscando algo a lo que sujetarse mientras su cuerpo responde con una intensidad que no puede controlar. Él, con una sonrisa que mezcla ternura y deseo, utiliza su lengua con la misma habilidad de la noche anterior, ese truco que la hace perderse completamente.
Las piernas de Valentina tiemblan, el impulso la obliga a cerrarlas instintivamente, pero Tristán, con suavidad, las separa de nuevo, presionándolas con firmeza pero sin agresividad.
—¡Ay, Tristán! —pronuncia con desesperación, el nombre de él escapando de sus labios—. ¡Tristán! ¡Hmmm! Creo que me…
Su cuerpo se arquea, y el placer corre como un río indomable por cada rincón de ella. Sus manos, incapaces de resistir, jalan ligeramente el cabello de Tristán, quien levanta la vista un instante, se muerde los labios y le dedica una sonrisa que la deja sin aliento.
—Me gusta que gimas —dice él, su voz ronca y cargada de una intensidad que la hace estremecer—. Hazlo, que no te dé pena. Yo también lo hago.
Valentina se sonroja al recordar la noche anterior, cuando los gemidos de Tristán la habían erizado de pies a cabeza, provocando en ella una mezcla de vergüenza y deseo. Pero ahora, en ese momento, no había espacio para la timidez; solo para el deseo y el placer que comparten.
Tristán se hinca sobre el colchón, su cuerpo firme y listo. Con un movimiento fluido, toma el preservativo aún cerrado que había dejado en el buró. Valentina lo observa, su respiración agitada mientras su pecho sube y baja, sintiendo que su cuerpo ya anhela lo que está por venir.
Él abre el envoltorio con precisión y se lo coloca con la seguridad de alguien que sabe lo que hace, pero con una calma que solo tiene quien está dispuesto a disfrutar cada segundo. Luego, posiciona sus manos sobre el trasero de Valentina, firme pero con una delicadeza que la hace sentir segura, y en un solo movimiento la carga, haciendo que quede a horcajadas sobre él.
Valentina deja escapar un jadeo suave al sentir el cambio de posición, y un escalofrío recorre su espalda. Tristán la mira directamente a los ojos, con esa intensidad que la desarma cada vez, y con una suavidad calculada, comienza a entrar en ella. Es lento, deliberado, pero con una seguridad que no deja dudas de cuánto lo desea.
—Tristán… —murmura Valentina, su voz cargada de emoción y placer mientras sus brazos se aferran a sus hombros.
Él se detiene un momento, permitiendo que ambos sientan la conexión que acaban de construir, y luego comienza a moverse, marcando un ritmo que los lleva a ambos a perderse en el éxtasis del momento.
Las manos de Valentina recorren su espalda, aferrándose a su piel como si fuera lo único que la mantiene anclada en el presente. Sus cuerpos se mueven en perfecta sincronía, cada movimiento cargado de una pasión que no necesita palabras.
La habitación se llena con los sonidos de su amor: respiraciones entrecortadas, gemidos y el susurro de sus nombres. Valentina se siente viva como nunca antes, perdida en un torbellino de sensaciones que la llevan al límite y más allá.
Tristán inclina su rostro hacia él de ella, besándola profundamente mientras ambos se dejan llevar, el mundo reduciéndose a ellos dos, a la conexión que comparten, al amor que florece con cada caricia, cada movimiento, cada susurro compartido.
Él gime al sentir el roce de los pechos de Valentina contra su piel, una sensación cálida y electrizante que lo recorre de pies a cabeza. Los movimientos seguros de las caderas de Valentina, ahora marcando un ritmo constante y deliberado, lo están llevando al límite, a un punto de no retorno que ambos comparten sin palabras.
Valentina, liberada de la timidez que la había acompañado en otros momentos, se entrega completamente. Su voz se eleva en gemidos profundos y desinhibidos, una declaración al mundo de que ha encontrado un placer que nunca antes conoció, un placer que no está dispuesta a dejar ir.
—¡Tristán! ¡Tristán! ¡Tristán! —grita su nombre tres veces, como si fuera un mantra, cada vez con más fuerza, mientras una ola de sensaciones incontrolables recorre su cuerpo. Su espalda se arquea, su cabello cae en cascada sobre sus hombros, y su piel brilla bajo la tenue luz que baña la habitación.
Tristán, perdido en el éxtasis del momento, siente que su propio cuerpo responde al de ella. Gime con fuerza, su voz grave resonando en el aire, mientras la intensidad de sus movimientos aumenta. Sus labios encuentran los de Valentina en un beso que no es solo de pasión, sino de conexión absoluta. Sus lenguas se encuentran, entrelazándose en un baile que refleja lo que sus cuerpos ya están haciendo.
Las uñas de Valentina se clavan en la espalda de Tristán, dejando pequeñas marcas que él apenas nota, demasiado inmerso en la intensidad del placer. El dolor es un recordatorio de la realidad del momento, de que todo lo que está sintiendo es real, tangible, y compartido con la mujer que tiene frente a él.
—Valentina… —gime su nombre contra sus labios, con la voz entrecortada, como si esas sílabas fueran su ancla en un mar de sensaciones que lo desbordan.
Ella no responde con palabras, solo con el ritmo constante de sus caderas, con el calor que envuelve a Tristán y con la fuerza de sus gemidos, que ahora llenan la habitación como una sinfonía. Los dos se pierden juntos, alcanzando ese punto culminante donde el tiempo parece detenerse y el mundo se reduce solo a ellos dos.
Cuando la ola final de placer recorre sus cuerpos, ambos se aferran el uno al otro, como si necesitaran esa cercanía para asimilar lo que acaban de experimentar. Sus respiraciones son erráticas, sus cuerpos empapados en sudor, pero sus corazones laten al unísono, sincronizados en una melodía que solo ellos pueden escuchar.
Tristán apoya su frente contra la de Valentina, su respiración aún pesada mientras sonríe, con los labios todavía rozando los de ella.
—Eres… increíble —murmura, con la voz cargada de emoción y asombro.
Valentina sonríe, agotada pero feliz, sus manos acariciando suavemente la espalda de Tristán mientras siente que su cuerpo aún tiembla ligeramente por el placer.
—Lo mismo iba a decirte… —responde ella, en un susurro lleno de sinceridad.
Tristán se inclina hacia Valentina, su mirada fija en la de ella, y le acaricia suavemente el rostro con el dorso de su mano. Luego, sin decir nada más, une sus labios con los de ella en un beso lento y profundo, cargado de amor, pasión y gratitud.
Cuando finalmente se separan, solo lo suficiente para que sus frentes queden apoyadas una contra la otra, Tristán murmura con una sonrisa que mezcla ternura y picardía:
—¿Cómo puedo estar condenado al infierno, si en tus besos encuentro mi camino al paraíso?
Valentina lo mira, y por un momento, se queda sin palabras. Sus ojos lila reflejan el torbellino de emociones que siente: amor, deseo, y una calidez que no sabe cómo expresar. Se muerde los labios, un gesto que Tristán encuentra irresistiblemente encantador, y sonríe levemente.
—Tienes razón… —admite finalmente en un susurro—. Yo también siento que estoy en el paraíso.
Tristán sonríe aún más, satisfecho con su confesión. La envuelve en sus brazos, atrayéndola hacia él mientras deja un beso suave en su frente. El gesto es un contraste radical después de la pasión que acaban de compartir, como si quisiera mostrarle que, además del deseo, lo que siente por ella es algo mucho más profundo y sincero.
Valentina cierra los ojos, permitiendo que la calidez de ese momento la envuelva por completo. El latido del corazón de Tristán, fuerte y constante contra su oído, la hace sentir segura, como si nada pudiera tocarla mientras estuviera allí, en sus brazos.
—Te amo… —confiesa Tristán de repente, su voz baja pero firme, como si esas palabras hubieran estado esperando demasiado tiempo para salir. No hay temor, no hay dudas, solo la certeza absoluta de lo que siente por ella—.No importa lo que pase, Valentina. Siempre te voy a amar, siempre voy a estar contigo.
Ella asiente, sus manos buscando las de él y entrelazando sus dedos con los suyos. En ese momento, siente que todo está en su lugar, que ha encontrado su hogar en los brazos de Tristán.
Ayyyyyy Te amo ♥️♥️♥️
Me explotó el corazón con este capítulo guau guau guau❤️❤️❤️
David es como el picaflor, Es” todo lo que está bien en un hombre!!
Me encantan! 😍
Me encantó!!!💓🔥
Wow 🥰🥰🥰🥰🔥🔥🔥🔥🔥😱😱😱😱😱😍😍😍😍😍😍🤤🤤🤤🤤🤤🤤🤤 David T. Es la perfeccion en hombre. 😍
😍 dijo la palabra con A, dijo la palabra con A ❤️💘💖♥️