CECI

Mi respiración se detiene, mis ojos se agrandan y por un instante pierdo el aliento. Mis labios se abren en un pequeño jadeo de sorpresa, y mis manos tiemblan levemente mientras tomo las de Miguel. No puedo creer lo que está sucediendo.

⎯¿Qué? ⎯expreso en un susurro, mientras mi voz tiembla. No sé si de nervios o de emoción.

⎯Cásate conmigo, Ceci. Hagamos esto bien desde el principio. No quiero que seas solo una visitante en mi casa o la chef de la familia. Quiero que seas… mi familia. Quiero que cada rincón de mi hogar tenga tu toque, tu presencia, tu amor. Quiero que Mía y Vidal crezcan sabiendo que estamos juntos, que somos una familia de verdad.

No puedo creer lo que estoy escuchando, pero juro que no puedo dejar de sonreír. Nunca pensé que podría estar considerándolo o que yo me sintiera lista de unir mi vida de nuevo a alguien, después de que juré que jamás volvería a hacerlo.

⎯Miguel ⎯murmuro, entre risas y lágrimas⎯. Esto es… no me lo esperaba.

⎯Yo tampoco ⎯me dice, sonriendo⎯. Nunca pensé en hacer algo así. Desde que murió mi mujer, pensé que no volvería a enamorarme, pero, contigo… todo es distinto. Siento que el plan es el que construimos día a día. Siento que contigo, no necesito garantías, solo necesito a ti. Así que dime, ¿me aceptas?

Lo miro a los ojos. Dice la verdad. Me ama, y quiere iniciar una vida conmigo. Tenemos poco tiempo de conocernos, pero sabemos que lo que sentimos no nos deja duda. Aun así, le digo:

⎯Sé que lo sabes pero, Vidal viene conmigo, siempre.

Miguel sonríe.

⎯Mía no está tampoco en discusión.

Nos quedamos en silencio, y por primera vez en mi vida siento que estoy tomando una decisión sin miedo.

Cierro los ojos por un segundo, escucho mi corazón latir con fuerza, mi cuerpo vibrando por la emoción de lo que está ocurriendo. Estoy aquí, en este instante, con un hombre que me ama, con un futuro que se abre ante mí, con una oportunidad que jamás pensé que llegaría.

⎯Sí ⎯respondo, con la voz aún temblorosa pero segura⎯. Sí, Miguel, me casaré contigo.

Su expresión cambia por completo. Su sonrisa se ensancha y en sus ojos veo ese brillo de felicidad pura, de alivio, de amor. Suelta una leve risa y me envuelve en sus brazos, abrazándome con fuerza, haciéndome sentir protegida, amada, parte de algo más grande que yo misma.

⎯No sabes lo feliz que me haces, Ceci ⎯murmura contra mi cabello, besándome la cabeza con ternura.

Yo también río, mientras me aferro a él.

⎯Prométeme que haremos esto a nuestro ritmo ⎯le pido⎯. Que nos daremos el tiempo de hacer todo bien, que nuestros hijos sean lo primero y que esta historia la construyamos día a día.

⎯Lo prometo ⎯responde sin dudarlo⎯. No tengo prisa, solo quiero estar contigo, saber que vamos en la misma dirección.

Nos miramos por unos segundos antes de que él tome mi rostro entre sus manos y me dé un beso. Un beso que sabe a compromiso, a promesas, a un futuro juntos. Nos quedamos abrazados, sintiendo el peso de lo que acabamos de hacer. No es solo un compromiso, no es solo una decisión. Es el inicio de algo más grande, algo que ninguno de los dos planeó, pero que de alguna forma, ambos sabemos que es lo correcto.

Y en ese momento, no hay dudas, no hay miedo. Solo estamos nosotros, con nuestras historias, nuestras heridas, nuestras cicatrices, pero también con un amor que nos hace más fuertes, que nos hace valientes.

Cierro los ojos, apoyando mi frente contra la de él, mientras mi corazón sigue latiendo rápido.

⎯Vamos a estar bien, Ceci ⎯me dice en un susurro.

Y por primera vez en mucho tiempo, le creo.

***

Miguel y yo acordamos que no diríamos nada. Incluso, me prometió un anillo de compromiso después, ahora no por seguridad. Regreso nerviosa a casa de Carol, pero feliz por lo que acaba de pasar.

Mi corazón aún late acelerado cuando cruzo la puerta trasera de la mansión. El aire fresco de la madrugada me ayuda a calmarme, pero no lo suficiente. Aún siento el sabor de sus labios en los míos, la calidez de sus manos sosteniendo mi rostro cuando dijo que me amaba y la firmeza en su voz al pedirme que me casara con él.

No es un sueño. Es real. Me voy a casar con Miguel.

Trato de caminar con naturalidad, pero siento mis piernas ligeras, como si flotara. La felicidad burbujea en mi pecho, como si fuera una adolescente que acaba de recibir su primer beso. Sin embargo, una parte de mí sabe que esta alegría debe permanecer oculta. No debo ser obvia. Aunque hoy, me voy a dormir llena de felicidad. Miguel Caballero, será mi esposo. 

***

Parecía que Carol sabía algo de mi nuevo compromiso, porque hoy por la mañana me despertó sumamente enojada. Quería un jugo verde, porque ha decidido que se pondrá a hacer ejercicio.
Me levanté y apenas pude vestirme, amarrarme el cabello e ir a la cocina para hacerle el bendito jugo; uno que me devolvió cuatro veces.

⎯Mucho apio ⎯me dijo.
Lo hice de nuevo.

⎯Ponle algo dulce, como manzana ⎯comentó.
Lo hice dos veces más hasta que me dijo que se había hartado y que ya no valía la pena.

Por fortuna, Sandra y Cata se los tomaron todos y no tuve que desperdiciarlos. Después, una lista de ingredientes llegó a mis manos tras el desayuno.
Ya había ido al mercado hace dos días; pero ahora Carol quiere probar la dieta mediterránea.

Leo la lista:

Aceite de oliva extra virgen, salmón fresco, aceitunas, pan de centeno, queso feta, higos, almendras, lentejas…

Resoplo con frustración. Esto no es solo una lista de compras, es su manera de hacerme correr de un lado a otro, de recordarme que ella sigue teniendo el control. No hay nada en la alacena que no pueda utilizar, pero no, necesita “ingredientes frescos”, aunque sé que apenas los probará y después los olvidará como todo lo demás.

⎯¿Sabes?, podrías hacer las compras online y así no tendrías que salir ⎯me dice Sandra, mientras guarda los cuchillos.

⎯Si se entera, me mataría. Para Carol, si no lo traes tú misma del mercado y no seleccionas cada ingrediente con tus propias manos, no vale.

Sandra se encoge de hombros y sigue en lo suyo. Cata, en cambio, se acerca a mí y me observa con interés.

⎯Pareces más cansada que de costumbre ⎯comenta.

Le sonrío, pero es una sonrisa forzada. No puedo evitarlo. Aún me duelen los brazos por todo lo que pasó anoche. No en el mal sentido, sino en el mejor posible. Miguel y yo hicimos el amor como si el mundo fuera a acabarse, como si cada beso fuera a ser el último.

⎯Estoy bien ⎯respondo, mientras tomo mi bolso⎯. Ahora me voy, que a esta hora el mercado ha de estar llenísimo ⎯me quejo.

Salgo y le pido al chofer que me lleve. Él, como siempre, lo hace de buena gana. Aprovecho mi tiempo de descanso para enviarle un mensaje a Miguel.

Ceci:
Carol se levantó de mal humor, y ahora me manda al mercado por los ingredientes de su dieta mediterránea. Como deseo estar a tu lado en lugar de cargando bolsas y buscando insumos. Te quiero.

Minutos después, mi teléfono vibra con su respuesta.

Miguel:
Mediterránea. Mejor me gustaría ir al Mediterráneo contigo. En un yate. Pero no para hacer dieta… sino para verte recostada al sol, con un vestido blanco … o mejor aún, sin él. Imagino tus piernas desnudas sobre la cubierta, el reflejo del agua en tu piel, el sabor de la sal en tu cuello cuando me acerque a besarte… Y luego, llevarte a la cabina, con el sonido de las olas de fondo, y hacerte mía una y otra vez.

Me muerdo el labio, sintiendo un leve sonrojo en mis mejillas.

Ceci:
Eres un descarado, Miguel Caballero.

No pasa un minuto antes de que conteste.

Miguel:
Y tú me amas así.

Sonrío, ocultando mi emoción, justo cuando el auto se detiene frente al mercado. Apago la pantalla del móvil y me obligo a centrarme en la lista de compras. El mercado, como lo predije, está llenísimo. El calor es sofocante y el ruido del bullicio me aturde, pero mi mente sigue en otro lugar, en ese yate imaginario con Miguel.

Suspiro.

⎯Solo unos días más, solo unos días más ⎯me digo en voz baja, sacando la lista del bolso mientras me dirijo a la entrada del mercado.

El sol golpea con fuerza y me quito el suéter ligero que traía sobre los hombros. Es mediodía, la peor hora para estar en la calle, pero tengo que hacer estas compras antes de regresar. No quiero darle a Carol más motivos para molestarme.

Sigo caminando, evitando chocar con los vendedores ambulantes que gritan sus ofertas del día. Me concentro en la lista: aceite de oliva, pescado fresco, aceitunas, pan rústico… Camino rápido entre la multitud, deseando terminar pronto, cuando, de repente, escucho un estruendo.

Frenos chillando.

Gritos.

El sonido de un motor acelerando.

Levanto la vista justo a tiempo para ver un auto negro, de vidrios polarizados, que viene directo hacia mí.

El mundo parece volverse más lento.

Alcanzo a ver el reflejo del sol en el parabrisas, las llantas deslizándose sobre el asfalto caliente. No hay tiempo de pensar. Solo actúo.

Me lanzo hacia un lado, cayendo sobre la acera justo cuando el auto pasa a toda velocidad a escasos centímetros de donde estaba. El viento que deja a su paso me revuelve el cabello y el corazón me retumba en el pecho como un tambor enloquecido.

⎯¡Dios mío! ⎯grita una mujer detrás de mí.

Los sonidos se mezclan en mi cabeza. Frenos chirriando, gritos de personas en la calle, el llanto de un niño a la distancia. Me apoyo sobre mis manos, sintiendo el concreto frío contra mi piel mientras intento procesar lo que acaba de ocurrir.

Las personas corren hasta otro punto de la banqueta. Alzo la vista y veo un cuerpo tirado en el suelo, inmóvil. Una bolsa de compras ha volado unos metros más allá, rodando hasta la alcantarilla.

Alguien ha sido atropellado.

Todos gritan desesperados. Y yo sigo temblando.

Miro a mi alrededor, buscando una señal, una lógica, algo que me diga que todo esto no es más que una simple coincidencia.

⎯No era para mí, no era para mí ⎯me repito, impactada.

Pero en el fondo, una punzada de sospecha me atraviesa.

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