Abro los ojos y de inmediato un dolor de cabeza me invade por completo. Comienzo a pensar en todas las opciones por las que puedo tenerlo. ¿Alcohol? No. ¿Cansancio? Puede ser. ¿Jetlag? Es lo más seguro. ¿Hambre? Sí. ¿Un esposo que es un reverendo cabrón? Esa es la más viable.

Me enderezo en la cama y me recargo contra la cabecera. Son las 3 am y mi cuerpo no quiere dormir más. Odio el jetlag, no me deja descansar como quisiera y necesito hacerlo. Dentro de unas horas tendré que volver a fingir que estoy felizmente casada con Gael Salvatierra, ese personaje que aman sus fans y que yo ya no soporto. Tomo mi móvil y abro su Instagram. Veo que ha subido un video hace unas horas, él muy sonriente mostrándose tocando la guitarra.

— Entonces no te estás cogiendo a otra — digo en voz alta. No cabe duda de que las redes sociales pueden ser la máscara que necesitamos para llevar el día a día. Leo los comentarios que le ponen sus fans y tengo ganas de reírme. En verdad, no tienen idea del tipo de persona que Gael puede llegar a ser.

Como siempre, le doy “like” al video y pongo un comentario sencillo para hacer notar mi presencia y cumplir con mis contratos personales.

“Eso suena muy bien por toda la casa” escribo. Si voy a actuar de buena esposa de Gael, debo hacerlo en todos los ámbitos, tanto fuera de la casa como en redes sociales. Las reacciones no se hacen esperar cuando debajo del video una chica pone “Aaaaw relationship goals cuando tu propia esposa le da like a tus publicaciones” y desencadena así un sin fin de mensajes que empalagan todo el post. Sé que Gael los lee todos y que posiblemente ya se haya dado cuenta de que estoy despierta al ver la hora.

Me levanto con cuidado y puedo sentir mi cuerpo completamente adolorido por el cansancio y el duro entrenamiento que últimamente he tenido para la película. Mi entrenador Tony me dijo que debo descansar por unos días antes de regresar al gimnasio, y eso es lo que haré. Tengo en final 3 libros que planeo leer antes de que termine el año y varios guiones que me han ofrecido. Me pongo un suéter de lana y antes de abrir la puerta de mi habitación respiro.

— Te lo pido Dios, que no me vea, que no me haga enojar, sólo quiero un emparedado – murmuro y giro la perilla para abrir la puerta.

El pasillo está ligeramente alumbrado con las lámparas que dejamos prendidas durante la noche. Me quedo observando con detenimiento su puerta que se encuentra al final justo en frente de la mía y no escucho ruido, seguro sigue en su estudio o ya se durmió. La segunda me agrada porque eso quiere decir que la casa está libre para mí y me puedo mover con libertad de un lado a otro sin que él me esté molestando. La primera no quiero ni pensar, ya que para ir a la cocina debo pasar por su estudio y podría verme. Gael suele aprovechar cada momento de mi existencia en esta casa para molestar o simplemente hacerme entender que nunca estaré cómoda.

Bajo las escaleras sin hacer ruido y, en cuanto llego al primer piso, escucho la guitarra a lo lejos.

— No puede ser — digo a mis adentros, y de pronto sé que esta madrugada puede convertirse en un campo de batalla. Solo espero que esté de buen humor por lo de la amiguita de la tarde y que ignore mi paso por el pasillo. Camino rápido hacia la cocina, y cuando me acerco a su estudio, acelero los pasos para pasar sin ni siquiera verle. Parece ser que mi plan sirve porque sigue tocando la guitarra aún cuando ya estoy en la cocina. Respiro; tal vez logre comer algo tranquila sin su presencia. En verdad, no recuerdo la última vez que comimos juntos en paz que no fuera en alguna entrega de premios o algo así.

Saco de la nevera las cosas que necesito para un emparedado y me lo preparo rápido mientras veo que hay un montón de correspondencia a mi nombre sobre la isla central de la cocina. Sé que fue Lola quien la dejó ahí porque Gael no es una persona que tenga ese tipo de detalles. Como un bocado del emparedado y mientras lo tengo en la mano, comienzo a leer la correspondencia que tiene mi nombre, y las promociones o las cartas que hay dentro. La mayoría son invitaciones a eventos que estoy seguro mi manager me envió a la casa y alguna carta donde me avisan que tengo crédito para sacar ropa y accesorios de distintas tiendas de renombre.

A lo lejos, el piano deja de sonar. Dejo el emparedado sobre el plato y comienzo a cerrar todo para preparar la huida cuando, en menos de un segundo, Gael se encuentra parado en el marco de la puerta, con ese pantalón de pijama de rayas azules y blancas y una playera ridículamente pegada que me hace sentir un poco incómoda. No lleva suéter a pesar del frío que hace ya que se le ha olvidado prender la calefacción. No me dice nada, simplemente me ve y yo lo ignoro por completo.

— También quiero un emparedado — me dice serio.

Se acerca a mí y yo, sin verle, le paso las cosas que están a mi lado para que se lo prepare, pero él roba el mío que tengo en el plato. Cierro los ojos y respiro, y sin poner atención a lo que hizo, sigo leyendo la correspondencia.

— Sin enojarte, se supone que eres mi esposa y debes hacerme de comer — me dice.

— Gael, estoy muy cansada. No quiero pelear, come lo que quieras, haz lo que quieras, pero déjame tranquila.

Comienzo a guardar las cartas y tiro algunas de las cosas que no me interesa conservar. Después voy a la nevera y saco un litro de leche y me sirvo en un vaso ante la atenta mirada de él.

— ¿Qué es lo que quieres? — le digo harta de todo.

— Nada, sólo estaba pensando que en este momento envidio a tu ex.

Camino hacia la puerta con el vaso entre mis manos y él me para con el brazo.

— ¿No me vas a preguntar por qué?

Suspiro.

— ¿Por qué, Gael? — digo de mala gana.

— Porque al final de cuentas evitó casarse contigo y tenerte como esposa. Ahora el estúpido soy yo; siempre pensé que era él al dejarte plantada frente al altar, tal vez vio algo en ti que sabía no le convenía.

Sus palabras me duelen, pero sé que lo está haciendo para provocarme.

— Basta, Gael. ¿Por qué quieres pelear? Teníamos un acuerdo de no hacerlo en las áreas comunes.

— No lo sé, tal vez porque cortaste mi diversión cuando llegué. Me encanta la casa cuando estoy solo.

— Mira, no hay cosa que más desee que divorciarme de ti y largarme de tu vida y de esta casa, pero gracias al actor número uno de España que se le ocurrió firmar esos acuerdos que nos amarran exactamente por dos años, no podemos hacerlo a nuestra manera o nos lloverán demandas.

— Lo hice por ti ¿no? Es lo que querías, tener éxito y muchos fans.

Me suelto de su brazo.

— ¿Lo haces por mí? ¿Tener éxito? Yo ya tengo éxito sola, y no seas hipócrita por favor. Sabes que si no fuera por mí, tú no hubieras llegado a América, por mí entraste a ese mercado y te duele que todo el mundo lo sepa. ¿O no te conocen como Gael Salvatierra, el actor que se casó con la nominada al Oscar? — le aviento el comentario a la cara y me suelta del brazo.

— Disfruta de tu tranquilidad en Madrid, Adela, porque cuando mis admiradores sepan todo lo que hiciste para llegar hasta aquí, no sabrás dónde esconderte.

— Lo mismo te digo, disfruta de todas esas películas y premios a los que vas por mí, porque después del divorcio dirán ¿Salvatierra quién? – le digo firme — Ahora déjame ir a dormir, que mañana tenemos que ir a esa estúpida terapia de pareja.

Camino de regreso por el pasillo con el coraje en el pecho, y lo único que quiero es subir a mi habitación y encerrarme hasta el siguiente día. Me siento perseguida en mi propia casa porque sé que Gael puede seguirme y continuar esta pelea que no tendrá fin. Llevamos un año así, y lo peor de todo es que en unas semanas cumplimos un año de casados y ha sido un vil tormento. No hay nada que celebrar, pero seguro habrá algo que nos obligue a hacerlo. Mientras subo, me viene a la mente esa escena que me rompió el corazón, la que me persigue desde el día de mi boda hasta la fecha. Me hubiera quedado sola después de que me dejaron plantada en el altar en lugar de empezar una relación con Gael.

Llego a mi habitación y cierro la puerta de un portazo. Minutos después, escucho la puerta de Gael cerrando de la misma manera. Abro la puerta del baño y enseguida vomito el emparedado que me comí. Los corajes que me hace pasar me caen pésimos al estómago. Ahora solo queda preguntarme ¿A cuántas de esas sesiones tenemos que ir? ¿Para mediados del próximo año estaré divorciada de ese patán?

Salgo del baño y me vuelvo a meter entre las sábanas. Me acomodo para volver a dormir, inhalo y exhalo antes de cerrar los ojos. Solo es terapia, ¿qué podría pasar? La relación entre los dos está rota y perdida. Solo se necesitarán unas cuantas sesiones para que la psicóloga se dé cuenta de que no vale la pena seguir así. Antes de cerrar los ojos, tomo mi móvil y abro Instagram al ver que tengo una notificación de Gael Salvatierra que contestó mi mensaje.

“Qué bueno que te guste, mi amor. Si no te gusta a ti, no vale la pena”.

[Gael]

Escucho el timbre de la puerta justo a las 4:00 pm, y sé que todo está a punto de empezar. Me veo frente al espejo por última vez y arreglo mi cabello para que quede perfecto. Sé que es mi propia casa, pero nunca habíamos recibido a una visita que viniera a vernos a los dos. Adela siempre ponía sus citas de trabajo o amigos fuera de casa, y yo solo traigo a una que otra mujer para divertirme un rato. Así que no sé en verdad cómo actuar.

Escucho a Lola que abre la puerta y se hace un silencio desconocido. ¿Adela ya habrá bajado? ¿Seguirá encerrada en su cuarto? Desde la discusión que tuvimos a las 3:00 am, no la he vuelto a ver. Ella es experta para entrar y salir del lugar sin que yo me dé cuenta. Hay veces que pienso que está en un lugar y de pronto aparece en otro, es como si esta casa tuviera pasadizos secretos que yo aún no conozco.

Tocan la puerta de pronto.

— ¿Sí? — reclamo bajito.

— Ya está aquí la visita que esperaba — me dice Lola.

— Perfecto, gracias.

Espero tranquilo a que toque la puerta Adela, pero no escucho nada. Debo suponer que ella ya no está encerrada en su cuarto, entonces quién sabe dónde demonios estará. Posiblemente ni siquiera esté en la casa. Salgo de mi habitación y bajo a la sala donde tendremos nuestra primera sesión. Ahora que veo a la psicóloga sentada, me arrepiento de haber hecho lo que hice, y muy dentro de mí le doy la razón a Adela.

— Buenos tardes — le digo educado mientras me acerco a ella.

— Hermosa casa, no sabía que podía verse tan chica por afuera y tan espaciosa por dentro — dice la psicóloga.

— Fue diseñada por mi padre — le digo orgulloso — Un regalo de bodas.

— Me encanta.

Sé que ella sabe quién soy, pero supongo que el tema se tocará cuando iniciemos la terapia. Me siento en frente de ella en el otro sillón y miro el reloj. Ya han pasado cinco minutos y ella no baja.

— En un momento baja mi esposa — digo y esas palabras se traban en mi garganta.

Ella comienza a sacar un iPad y lo deja frente a mí en la mesa que nos separa. Reacciono al escuchar que la puerta de la entrada se abre y el ruido de las llaves caer sobre el pequeño recipiente que tenemos en la entrada. Momentos después, entra Adela vestida completamente de negro, unos jeans entubados que remarcan sus bien formadas piernas y un suéter negro de manga larga que cubre hasta su cuello.

— Lo siento, había un poco de tráfico — dice ella educada y saluda a la psicóloga.

Se sienta al lado de mí, lo suficientemente separada para ni siquiera tocarme o verme a los ojos. Se amarra el cabello largo con una pinza y después suspira.

— Debo admitir que cuando me llamaron para dar una terapia de pareja, nunca me pasó por la mente que sería para ustedes —dice la psicóloga seria — Gael Salvatierra y Adela Carasusan, la pareja número uno de España, la pareja perfecta.

— No somos la pareja perfecta — decimos los dos al mismo tiempo, y la psicóloga nos ve y sonríe.

— Parece que al menos en eso están de acuerdo — bromea — Bueno, ¿Cuál es la razón por la que están aquí, sentados frente a mí?

Ambos nos quedamos callados, y después de un momento, Adela habla.

— Nuestros abogados nos dijeron que debemos tomar esta terapia de pareja para así poder justificar nuestro divorcio y hacerlo antes de lo acordado.

— Tenemos contratos juntos — agrego yo — Si nos divorciamos sin “justificación”, nos lloverán las demandas.

— Así que es necesario que usted haga un reporte donde especifique que no podemos continuar juntos y que, por nuestra paz mental, es mejor separarnos — vuelve a hablar ella.

La psicóloga se queda callada un momento y nos observa.

— Entonces esta terapia no es para mejorar su matrimonio, sino para justificar el porqué termina.

— Así es — dice Adela seria.

— Muy bien, entonces empecemos de una vez. ¿Me podrían decir cómo se conocieron? — nos pregunta.

— ¿Disculpa? — reclama Adela — ¿Es necesario saber eso?

— Sí, es necesario. Las terapias se están pagando; tal vez en el proceso pueda conocerlos.

Ambos suspiramos.

— Éramos amigos de premios — digo sin más preámbulo y sintiendo el enojo de Adela.

— ¿Amigos de premios? — pregunta la psicóloga.

— Sí, así le decimos nosotros — agrega Adela — Amigos que solo te los encuentras en las premiaciones y ya no los vuelves a ver.

— ¡Ah! — dice ella y nos mira esperando más.

— ¿Quiere que le cuente toda la historia? — le digo yo extrañado.

— Por favor, nos quedan básicamente 45 minutos de sesión. No creo que quieran que nos quedemos sentados viéndonos mutuamente.

Suspiro.

— Muy bien — digo molesto y antes de empezar tomo un poco de agua.

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