Escucho el sonido de la puerta cerrándose y despierto de inmediato, con el corazón palpitando como si hubiera tenido una pesadilla. Mi primer vistazo busca a Candela a mi lado, pero la cama está vacía. Rápidamente, me levanto y camino hacia la sala, donde no la encuentro. La preocupación crece, y solo me queda pensar que podría haber salido a algún lugar sin avisarme.

Mi instinto me lleva hacia la terraza, y al abrir la puerta, la veo sentada en el sillón, recién salida de la ducha, con su cabello visiblemente mojado. Su atuendo, un short de mezclilla y un top rojo, revela su belleza casual. Está inmersa en la lectura de su libro y no se percata de mi presencia. Detrás de ella, noto algunos platillos cubiertos con servilletas de tela dispuestos sobre la mesa.

—¿Qué hora es? —le pregunto un poco desorientado. 

—Las cuatro de la tarde —me contesta sin quitar los ojos del libro—. Pedí servicio a la habitación y acaban de traer esto. —Agrega. 

Me acerco a la mesa y descubro los platos, revelando un variado menú: pizza, sushi, hamburguesas y papas fritas. Parece que Candela ha pedido un poco de todo para satisfacer mis posibles antojos. Al lado de los platos, encuentro un sobre con mi nombre en él.

—¿Qué es esto? 

—Una invitación, harán una Mascarada en el hotel, hoy por la noche. El dueño nos invitó a asistir de último momento. 

—¿Es en serio? —pregunto, pero luego recuerdo lo que me dijo Candela y trato de arreglarlo—. Nunca he ido a una.

—Ni yo, sería mi primera vez. 

—Pensé que ya habías vivido todo —hablo, mientras camino hacia ella comiendo un trozo de pizza—. No sabía que tenías primeras veces.

—He tenido varias primeras veces en la vida, y sé que me faltan muchas más. —contesta tranquila, mientras se pone de pie y deja el libro sobre el sofá.

Ella camina hacia la mesa, toma un trozo de sushi con la punta de los dedos, lo remoja en la salsa de soja y luego lo come.

—“Mmmm”, amo el sushi —expresa y toma otra pieza para hacer lo mismo. 

—Iré a tomar una ducha. —Anuncio—. Regreso pronto, no te comas todo. —Advierto tranquilo. 

Entro de nuevo a la habitación y me dirijo al baño para darme una ducha. Disfruto del chorro de agua caliente, relajando mis músculos y permitiendo que el estrés del día se desvanezca. Quince minutos después, salgo del baño, me visto con ropa cómoda y regreso a la terraza. Candela sigue absorta en su libro y come papas con tranquilidad. Luego, me dirijo a buscar una hamburguesa y me siento frente a ella para empezar a comer mientras la observo concentrada en su lectura.

Candela baja el libro, alza la ceja y le pone el separador entre las hojas sin dejar de mirarme. Ella se ve relajada, sin maquillaje, natural y perfecta en todos sentidos. 

—Dime algo que quieras hacer que nunca has hecho —le pregunto. 

Sonríe, y come otra papa.

—Son cosas que sé que un niño bueno como tú  jamás haría. —Ríe, y esa frase alerta mis sentidos. 

—¿Crees que soy un niño bueno? 

—Muy bueno. No solo por lo bien vestido sino por tu personalidad. Se podría decir que parece que no rompes un plato y te encargas que en verdad sea así. 

—¿Te burlas de mi? —pregunto, serio. 

—No, solo es una observación y una respuesta a tu pregunta. 

—Entonces, ¿tú eres una niña mala.

 Candela voltea a ver el paisaje y se queda en silencio por un momento. 

—He visto la maldad y no creo ser mala. Creo que más bien soy curiosa… —Al fin habla. 

—Yo tampoco soy tan bueno como aparento, puedo llegar a ser un canalla si me lo propongo o algo así. 

—Te creo —contesta. 

—No, no me crees —respondo retándola—. Piensas que soy un niño bueno y miedoso, que vive cómodamente en su propio mundo bajo sus propias reglas, pero te demostraré que no es así. 

—¿Qué planeas hacer? 

Me pongo de pie, tomo la invitación a la fiesta. 

—Querida, arréglate porque hoy nos vamos a divertir.  

Espejos por todas partes, luces parpadeantes, música envolvente, y máscaras ocultando rostros, con miradas perdidas en un sinfín de detalles. La escena que estoy viviendo es hipnótica en su esplendor. Hombres ataviados con elegancia, reinas de belleza desfilando a su lado, mientras otros disfrutan de bebidas y se entregan a besos en las esquinas o comparten confidencias en voz baja.

El ambiente es sexual, puramente sexual y esta aura secreta me atrapa de inmediato y no sé por qué, supongo que es el misterio que hay en los ojos perfectamente enmarcados por las máscaras y los labios rojos que esbozan sonrisas. 

Candela camina de mi brazo, segura, como si no fuera su primera vez. 

—Me dijiste que jamás habías venido a algo así.

—Es verdad, pero si he ido a fiestas, así que no veo mucha diferencia. Aun así, debes mostrar seguridad, ante todo, siempre actúa como si supieras qué haces y donde estás. 

—Esto no es una mascarada, más bien parece una fiesta swinger.

Candela sonríe. 

—En mi defensa, tú quisiste venir. 

Me acomodo el esmoquin que he elegido para esta elegante fiesta mientras Candela, impecable en un hermoso vestido de lentejuelas doradas que resalta su sensualidad, y con una máscara a juego, observa a su alrededor. Ella luce deslumbrante, mientras yo me siento un tanto torpe.

Uno de los meseros pasa con una bandeja llena de copas abundantes en champaña, ella toma dos y me da una.

—Bebe, quítate los nervios, mézclate con la fiesta. 

Tomo un sorbo. 

—Gracias, solo que todo es diferente, es tan misterioso —le confieso. 

—De eso se trata, los bailes de máscaras son para que sientas ese aire de misterio, para conocer a otras personas sin ver en realidad su rostro, divertirte, aunque bueno, todo se puede volver un poco excitante, ¿no crees? 

Una chica pasa frente a mí, choca ligeramente su copa con la mía y, de manera inesperada, me roba un beso al que no puedo evitar responder. De pronto, los nervios se desvanecen.

—¿Ves? —comenta Candela y sonríe. 

Lo admito, el beso que me dio la chica me ha encendido y ha desatado en mí una oleada de adrenalina que no conocía. Comienzo a sentirme agitado. Sigo caminando con Candela a mi lado hasta que llegamos a la pista de baile, donde ella empieza a mover su cuerpo al ritmo de la música, y su energía me contagia por completo. Poco a poco, avanzamos hacia el centro de la pista de baile, nuestras copas en mano, y seguimos bailando.

Me dejo llevar por la música, esta vez siguiendo su ritmo más rápido que la última vez, y me siento en libertad, vivo y feliz. Son sensaciones que solo Candela puede despertar en mí. De repente, una chica un poco más alta que yo se interpone entre los dos y comienza a bailar muy cerca de mí. Tiene cabello rubio y ojos azules, y desprende un delicioso aroma. Mientras mueve sus caderas, se muerde los labios y me mira a través de su máscara. Luego, se acerca más y me besa el lóbulo de la oreja. Cuando se aleja, me doy cuenta de que Candela ya no está.

Me aprovecho del momento en que la rubia se va y trato de salir de la multitud para buscar a Candela. Sin embargo, la densa concurrencia y las máscaras que todos llevan hacen que sea difícil distinguirla entre la multitud. Camino entre la gente, las máscaras me confunden, y los deliciosos olores a perfume me envuelven por completo, como si fueran un afrodisíaco que me hace perder el control. Jamás me había sentido así.

Comienzo a pensar que Candela me ha dejado atrás cuando, de repente, la veo sentada en uno de los sofás junto a un chico. Ambos están conversando y riendo mientras sostienen copas de champán en la mano. Los observo, es evidente por su lenguaje corporal, que se sienten atraídos mutuamente. 

Me acerco.

—Estás aquí —le digo— .Te perdí. 

—Me pasó lo mismo contigo —responde. Ella me jala hacia el sofá y el chico me sonríe—. Él es Robert. —Anuncia—. Me salvó del mar de gente y la casualidad se dio porque él se llama como tú. 

—Mucho gusto —saludo siguiendo el juego. 

Candela es experta en juegos y trucos mentales que pueden generar cierta confusión, pero sé que siempre tienen un propósito. Así que me relajo y empezamos a charlar como buenos amigos. Como es habitual, es ella quien lleva la conversación. Su capacidad para envolver a las personas y hacerlas sentir cómodas es increíble. La champaña fluye sin que podamos evitarlo, y ella se recuesta en mi pecho para descansar un poco la espalda.

No sé si fue el exceso de champaña en mi cuerpo, el ambiente de fiesta y de misterio que se respira o simplemente mis ganas, pero comienzo a besar su cuello hasta el punto de que ella voltea su rostro y beso sus húmedos labios con unas ansias increíbles. 

Ella, comparte mis ganas y empuja su cuerpo hacia mí, robándome la respiración por ese instante. El chico nos observa atento, sin quitar la vista de los dos, y el espíritu de aventura llega a mí.

—¿Te gusta? —le pregunto al oído. 

Ella me mira y se muerde los labios.

—¿Por qué? —pregunta.

La beso con la misma pasión que antes, y ahora soy yo quien la deja sin aliento.

—Porque te lo voy a regalar.

Ella se ríe.

—¿Regalar?

—Sí, así como lo escuchas.

Candela voltea a verle.

—Es guapo, pero no lo sé. Además, es una persona, no es que puedas disponer de él Javier.

—Con una llamada dispuse de ti, ¿no? —le contesto seguro, supongo que el alcohol en mi venas me ha dado el valor de decir lo que pasa por mi mente sin filtro— ¿Lo quieres? —Insisto. 

—Y,¿qué quieres que haga con él? 

—Lo que quieras —contesto, en un aire sensual rayando en la excitación. 

—¿Es por lo del niño bueno? 

—Es… por curiosidad. —Y me muerdo el labio. 

—Tú, ¿qué harás? 

—Improvisar —respondo y me impacta lo seguro y sensual que me siento.

Ella sonríe.

—Si sabes que la curiosidad puede llevar por dos caminos: uno que pueda salir mal y otro que pueda salir muy bien. 

—¿Qué te parece si lo averiguamos? —respondo. 

Candela se levanta y se acerca a Robert, habla en su oído con una sonrisa que se refleja en su rostro. Cuando dice “Vale”, se voltea hacia mí y me mira. Luego, se pone de pie, extiende la mano y yo la tomo.

—Me da curiosidad verte improvisar —murmura.

Y los tres salimos de ahí. 

Llegamos a la habitación, con las puertas del balcón abiertas, permitiendo que la luz del exterior inunde la estancia. Comienzo a quitarme la máscara que cubre mi rostro cuando ella me detiene.

—No —dice firme. 

Candela apaga las luces dejando casi la habitación en penumbra

—Ahora sí. —Me indica y ella también lo hace. 

El chico, alto, con barba, mirada intensa y sonrisa segura nos observa, pero no parece nervioso, sino deseoso. Candela se acerca a él y le da un beso, uno casi igual como el que me dio a mí momentos atrás. Él comienza a recorrer su cuerpo, acariciándola lentamente hasta llegar a su cintura, después, con una de sus manos toca la línea de sus pechos.

Continúan besándose, y ante esa imagen tan sensual, mi cuerpo empieza a reaccionar, encendiéndose por completo. Ambos se separan para tomar aire. E, inesperadamente, el chico se acerca a mí y me da un beso en los labios, regalándome así, la situación más rara y a la vez excitante de mi vida. 

Definitivamente, besar a él se siente diferente, aventurado, y para mi sorpresa, no me asusta en este momento.

—Para que te unas a la fiesta —me murmura. 

Candela se acerca y me besa, haciendo que la combinación de ambos besos me envuelva en un éxtasis que me enciende; ahora quiero más. Le beso y lo hago con pasión, evidenciando lo que me pasa en el interior. Lo quiero, lo deseo y sé que sólo Candela me lo puede dar. Ella se aleja, el otro chico la toma por la cintura acercándola a él para besarse. Quieren provocarme hacer que me una a su juego y lo han logrado. 

Acercándome a ella, comienzo a acariciar su cuerpo lentamente, pasando mis manos provocando que ella gima. Las lentejuelas de su vestido rozan mis dedos e imagino que estas son como otra piel y que entre besos y caricias, pronto cambiará a una textura más suave. 

En un giro inesperado, me coloco de rodillas sobre el suelo, mientras Robert sigue besándola. Meto mis manos por debajo de su vestido y siento su piel ardiendo de deseo. No puedo creer lo excitado que estoy en este momento de solo verla así. Subo de nuevo, y Robert separa sus labios solo para unirlos a los míos. Esta vez el beso es un poco más largo, dándole a Candela el tiempo para desabrocharme la camisa y descubrir mi pecho. Me separo de él, solo para ver como mi camisa vuela lejos de mí. Comienzo a desnudarla y sé que Candela está lista para lo que pueda venir. 

—¿Estás seguro? —me murmura al oído, mientras su vestido resbala y cae sobre el suelo. 

—Disfruta tu curiosidad, luego hablamos.— Sentencio, mientras mis manos bajan para remover su braga. 

Ella baja mi pantalón, provocando que el cinturón haga un sonido fuerte en el aire. Después, la volteo para que la parte de atrás de su cuerpo quede frente a mí. Observo sus hermosos glúteos, los beso y acaricio, mientras Robert la besa. Candela lo desnuda por igual y de pronto, nos vemos inmersos en esta locura que solo se puede describir con una palabra: libertad. 

Ella nos toma de la mano y caminamos hacia la habitación. Me sienta en el sofá mientras que ella camina con Robert a la cama. 

—¿Él no vendrá? —le pregunta. 

Candela se acomoda boca abajo sobre la cama con la mirada hacía mi.

—Por el momento no, él simplemente nos verá.

—Como desees —responde y comienza a besar su espalda para recorrerla de arriba hacia abajo. 

Nuestras pupilas no se dejan de mirar. Ella muerde sus labios insinuándose, provocándome, invitándome a que vaya y pierda el control. Sin embargo, también me prohíbe que lo haga, al parecer debo manejar mi auto control. Mi cuerpo arde por estar ahí, por besarla e, inesperadamente, por acariciarlo a él, que los tres compartamos el mismo placer. 

Sin poder aguar más, juego conmigo mismo, imaginándome a Candela haciéndolo, como tantas veces ha pasado. Siento su boca, su lengua y sus labios mientras mi mano hace lo suyo. A lo lejos ella sigue sobre la cama, arqueando un poco la espada mientras los labios de Robert la besan y sus manos acarician sus pechos con toda la libertad del mundo. 

Candela gira su cuerpo, recostándose boca arriba. Los besos pasan de la espalda al cuello, mientras ella se acomoda para poder verme mientras me toco. Nuestras miradas vuelven a encontrarse, pero la desvío hacia él, porque no sé si me atrae, o simplemente me proyecto haciéndole eso a ella. 

Robert se posiciona entre sus piernas. Candela comienza a gemir, sintiéndolo. Ella juega con su cabello, le dice dónde besar, morder o acariciar con su lengua. Sigo tocándome, mi cuerpo no quiere que pare y lo hago más rápido a pesar de que sé las consecuencias que esto puede traer para mí, pero deseo llegar junto con ella a ese orgasmo tan deseado que sé, Robert, disfrutará entre sus labios. 

Comienza el descontrol, Candela mueve sus caderas y él se aferra de ellas para seguir. Abre los ojos, me ve, la veo y así sin quitarnos la mirada ambos llegamos juntos al orgasmo sin que nada nos pueda detener. Siento como mi cuerpo se tensa y mientras gemimos en conjunto, me voy relajando poco a poco hasta que todo para. Candela se vuelve a voltear boca abajo, elevando su trasero al aire y con una de sus manos me llama para que me acerque.

Me levanto, tomo los preservativos que hay sobre tocador del cuarto y subo a la cama con ellos. Candela yace arrodillada en medio mientras, Robert, en la misma posición, le besa los hombros y acaricia sus pechos. Me acerco, y ella ataca mis labios de inmediato y como si no hubiera descargado mi deseo momentos atrás, siento que vuelvo a entrar en el juego. 

Ella juega con mi lengua y yo con la suya, sus manos bajan a mi hombría, mientras sus labios me enloquecen. Me alejo de ella y ahora soy yo quién besa Robert ligeramente; nos separamos. Candela entra en acción recostándolo sobre las almohadas de la cama. Ella se recuesta sobre su pecho permitiendo que sus brazos la abracen y pueda acariciar su torso. Me ve y me cierra un ojo indicándome que es mi turno de complacerla. 

Bajo hacia su intimidad, ella se deja llevar por el momento, mientras Robert acaricia sus pechos y la besa en los labios, ella acaricia mi espalda y juega con mi cabello de la misma manera que siempre lo hace. La saboreo profundamente, juego con su intimidad, sumerjo uno de mis dedos en ella y retomo este juego de placer que hemos comenzado. 

Ella comienza a mover sus caderas. De pronto Robert ve imposible seguirla besando ya que todo está dispuesto para que termine y esta vez quiero que lo haga con más fuerza que la anterior. Se mueve, gime y cuando menos lo espera la ola de placer corre por su cuerpo.

 Subo de inmediato y la beso, quiero que se pruebe en mis labios, que disfrute lo que yo disfruté hace unos momentos. Me arrodillo sobre la cama cuando acaba de besarme y ella levanta su cuerpo para quedar frente a mí. 

—Podemos parar aquí si quieres —me murmura. 

No sé si lo dice para protegerme de alguna mala experiencia o solo para provocarme al verme así de excitado. No, no quiero parar, así que niego con la cabeza provocando una sonrisa en ella. 

Candela pone las manos sobre mi pecho y me recuesta boca arriba para comenzar a besarme lento, suave, jugando conmigo, acariciándome, haciendo que mi hombría crezca de nuevo para ella. El contacto con su boca eriza mi piel. La besa, pasa su lengua con delicadeza, aprieta sus labios dándome placer y provocando gemidos en mí. 

Robert comienza de nuevo a jugar con ella, pero esta vez solamente con sus dedos. Pasamos así unos momentos y puedo sentir que el calor de la habitación supera el calor de afuera. Candela deja mi hombría, vuelve a besar mi pecho, luego se endereza y Robert la abraza por atrás, le besa el cuello, y al mismo tiempo nos besamos él y yo. 

Me sorprende de verdad cómo he dejado de lado los posibles prejuicios que podrían haberme detenido. Pero aquí estoy, simplemente disfrutando sin ataduras, sin pensamientos, solo sintiendo placer.

Candela toma uno de los preservativos y lo abre con los dientes ante mis ojos, para después tomar mi hombría y deslizarlo a todo lo largo, apretándola un poco. 

—Arrodillate —me dice y sin pensarlo dos veces lo hago. 

Ella se posiciona dándome la espalda. La tomo de las caderas, y sin más preámbulos, entro en ella, lentamente. 

Candela se acomoda poniendo sus piernas sobre las mías, y después comienza a moverse. Lo hace con tanta sensualidad que no puedo creer lo que estoy pasando. Después, se acerca a Robert, para abrazarla y besarla, mientras yo sigo en lo mío. 

La imagen de los dos provocándole placer es excitante y a la vez diferente para mí. Ella mueve sus caderas, lo besa y juega con él. Robert la acaricia, luego con una de sus manos hace lo mismo conmigo pasándola ligeramente por mi pecho para volver a tocarla a ella acomodando sus manos sobre los glúteos. Momentos después ella tensa el cuerpo y aunque esta vez no hay un gemido, sé que todas las sensaciones corren por su cuerpo. 

Ahora es ella quien empuja a Robert sobre las almohadas, sale de mí y luego vuelve a abrir el preservativo y se lo pone a él de la misma manera que hizo conmigo. Se sienta a horcajadas sobre él y entra provocando que gima. Yo me acerco por su espalda y comienzo a acariciarla con mis manos, mientras siento el movimiento de su cuerpo, beso su cuello, su espalda, acaricio sus muslos y al mismo tiempo la provoco jugando con ella. 

Candela está extremadamente excitada, se nota en sus gestos, sus gemidos y su piel, que brilla, al igual que nosotros gracias al sudor que cae por ella. Vuelve a alcanzar el clímax, se inclina para besar a Robert de nuevo. Yo la tomo de la cintura y la recuesto sobre la cama.

—Quiero acabar en ti —le murmuro y ella sonríe.

Robert se vuelve a acomodar sobre las almohadas y comienza a tocarse. Entro de nuevo en Candela y nuestros cuerpos se reconocen y se funden en uno. Me olvido de Robert por completo, de nuevo somos ella y yo. 

Me muevo como sé que le gusta, provoco de nuevo sus gemidos. Siento sus uñas arañando mi espalda y sus besos sobre mis labios y cuello. Acaricio su cuerpo, con mis manos que más que ansiosas ahora arden de deseo. 

Aprieto sus pechos, bajo por su vientre, mientras mi boca no se despega. La veo con la poca luz que da el exterior y vuelvo a comprobar que es la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida. 

—Me vengo —le murmuro y dejo que mi cuerpo vuelve a explotar de placer como lo hizo en aquel sofá.

 Escucho que Robert llegar al clímax con nosotros, mientras Candela y yo desfallecemos juntos, cuerpo a cuerpo. El silencio vuelve, aunque nuestras respiraciones agitadas lo interrumpen. 

Robert se pone de pie y después de vestirse sale de la habitación dejándonos solos, disfrutando de nuestra desnudez y besándonos hasta caer dormidos. 

¿Dolor de cabeza de nuevo? Sí. ¿Despertar tarde? También. ¿Solo? Sí, como siempre. Durante todo el tiempo que Candela y yo hemos estado en esta isla, siempre que abro los ojos, ella no está a mi lado. Nunca puedo ver cómo duerme, solo cuando se acuesta. Y aunque no debería importarme, siento una gran curiosidad por saber cómo se despierta, ya que siempre que la veo, está perfecta: sin maquillaje y con ropa elegante, pero perfecta.

Me levanto con cuidado, sintiendo la pesadez de lo que ocurrió anoche. No me refiero a lo que sucedió con Robert, lo cual todavía no puedo creer del todo, sino al rato que pasé con Candela en el bar, charlando y bebiendo como si nada hubiera pasado, pidiendo copas como si no tuviéramos que enfrentar las consecuencias. Sin embargo, creo que esas consecuencias solo me afectaron a mí, ya que, al parecer, Candela amaneció en perfectas condiciones y no está a mi lado, durmiendo. 

Camino por la fresca habitación, con todas las ventanas abiertas, lo que me permite escuchar el sonido del mar en el exterior. Me pongo un pantalón corto y salgo a la terraza, esperando encontrar a Candela, pero para mi sorpresa, no está allí.

Con todo el peso de mi cuerpo, me dejo caer en el sofá que está en el área exterior. Me relajo mientras escucho las olas del mar romper a lo lejos, sintiendo el aire y, sobre todo, el sol calentando lentamente mi piel, a medida que se eleva por mis piernas y alcanzaba otras partes de mi cuerpo. Mi mente está fija en la escena de ayer por la noche, algo que en mi vida pensé que pasaría y que, tal como un sueño erótico, sucedió en esta habitación. 

Recordar a Candela completamente excitada por el momento, los besos que me daba, la manera que me tocaba, me hace pensar que ella me conoce mejor que nadie o bien, me lee de una manera que sabe lo que me gusta y cómo me gusta. También recuerdo al chico, que sin ningún prejuicio se unió al juego y después cómo si nada continuó con su noche. Algo que a veces a mí me cuesta hacer.

La puerta de la habitación se abre y entra Candela, vestida con ropa deportiva, el cabello recogido y sosteniendo una botella de agua medio vacía. Se acerca a la terraza y me ve recostado. Durante un rato, nos miramos en silencio, sin decir una palabra.

—¿A dónde fuiste? —le pregunto.

—A hacer deporte. —Y toma un poco de agua.

—Me hubieras despertado para avisarme —contesto.

—¿Por qué? No eres mi esposo o mi novio para que te avise —me contesta, y yo me levanto de inmediato para verla mejor.

—Lo sé, Candela, de eso estoy consciente —respondo, tomándome la cabeza al sentir de nuevo el dolor. 

—Me alegra que eso te quede claro. —Y después de decir eso entra a la habitación dejándome solo por un momento. Unos minutos después, regresa con un vaso con agua y unas tabletas. —Toma, para que se te quite el dolor de cabeza.

Tomos las tabletas, me meto dos a la boca y luego me vuelvo a recostar. Ella se me queda viendo.

—¿Qué pasa? — le pregunto.

—Nunca había tenido un cliente como tú, ¿sabes?

—¿Qué quiera saber dónde vas? —le respondo.

—Que me trate como si fuera su novia o alguien que le importa. La mayoría saben que no tienen que cuidarme a ese grado, pero tú, incluso en los tríos te preocupas por mí.

—¿Eso es burla? —pregunto un poco serio. 

—No, solo es único. En verdad resultaste ser más diferente de lo que creí.

Sonríe. 

—Tú también resultaste ser diferente de lo que creí —respondo—.Muy diferente.

—Eso demuestra que la primera impresión no siempre es la más importante —responde antes de estirarse y sentir el cálido sol en su rostro. Mis ojos recorren cada centímetro de su cuerpo: su piel bronceada, su cabello brillante bajo los rayos del sol. En ese instante, deseo capturar esa imagen en mi memoria para el resto de mi vida, aunque no comprendo del todo por qué.

—Quiere decir que no eres “administradora” de las primeras impresiones —le pregunto.

—Al principio sí lo era, pero después cambié de parecer y me di cuenta que no tiene sentido. —Y suspira—. Yo me adapto y continúo.

—¿Te adaptas o continúas? 

— Y continúo. Eso es precisamente lo que hiciste ayer. Te adaptaste al momento y ahora sigues con tu vida. Deberías aplicar ese principio en todas las facetas de tu vida: “Adaptarte y continuar”, en lugar de quedarte estancado preocupándote por lo que los demás dirán o lo que podrían pensar de ti.

—¿Cómo mi boda con Bea? —pregunto.

Ella camina hacia mí, se sienta a mi lado y suspira.

— Con Bea, con tu carrera, con tus clientes en la industria de la música, con tu familia, con tus decisiones, con todo lo que te rodea, Javier, adáptate y continúa sin mirar atrás. Aunque me llamó la atención la frase “Tu boda con Bea”, lo que me hace pensar que lo estás considerando.

—No, solo que… 

—Costumbre. —Agrega ella—. La costumbre es algo difícil de eliminar pero no imposible.

—¿A caso tratas de darme una lección? —inquiero mientras sonrío.

—No, lo puedes tomar como se te pegue la gana: lección, consejo, sermón, regaño. Depende de tu humor lo tomas, incluso lo podrías tomar como broma y no estaría mal. Ahora si me disculpas me iré a dar una ducha y bajaré a la playa.

—¿Bajarás, sola —pregunto.

—Nunca dije sí sola o acompañada, simplemente dije bajaré, si tu gustas puedes ir conmigo, si no puedes quedarte aquí. No somos una pareja de recién casados que van a todas partes, juntos. Tú eres dueño de tus acciones y decisiones. —Y se levanta.

Me recuesto sobre el sofá de la terraza y me quedo pensando en otra de las enseñanzas de Candela: “adaptarse y continuar”. Esa me gusta, aunque siento que a veces me adapto bastante bien, pero me es difícil continuar y ser constante en hacerlo. 

La mayoría del tiempo me quedo viviendo en el pasado o más bien en “la costumbre”. Creo que, si no fuera por Candela, en este momento ya estaría planeando de nuevo mi boda con Bea, porque por alguna razón eso sería para mí lo correcto. 

No es que tome todo lo que Candela dice de manera dogmática, pero lo dice de una manera tan certera que siento que no hay mejores consejos que los que ella me da.He vivido infinidad de cosas nuevas a su lado, experiencias que en mi vida pensé que tendría y después.

—¡Después se irá! —murmuro y me levanto de nuevo.

Veo que se dirige nuevamente hacia la puerta, luciendo un bikini naranja fluorescente y un vestido ligero blanco con círculos rojos que le queda de infarto. No cabe duda de que, incluso para ir a la playa, ella se ve increíblemente hermosa.

—¡Candela! —expreso y ella me da una mirada que me recorre de los pies a la cabeza—. Espérame, voy contigo.

—Tienes 10 minutos —responde y luego me guiñe el ojo.

¡No puede evitar ser tan seductora siempre! Me dirijo al cuarto, tomo uno de mis trajes de baño que, ahora sé, se verá completamente infantil, ya que ella siempre luce como una celebridad. En lugar de una camiseta normal, elijo una camisa azul y, tras una ducha rápida, estoy listo y junto a ella en tan solo cinco minutos. Mi dolor de cabeza ha disminuido, y me siento un poco más animado. Sin embargo, al verme vestido de esta manera, ella arquea la ceja izquierda.

—Lo que provoca un bikini nuevo.

—Mas bien, lo que provocan nuevas ideas —le contesto, para después, bajar a la playa. 

Ambos descendemos a la playa, y nuevamente agradezco que este sea un hotel privado, ya que no hay nadie a kilómetros de distancia, lo que me permite relajarme sin preocupaciones. Candela extiende una manta sobre la arena, y yo coloco una sombrilla para resguardarnos del sol. Candela se quita el vestido, revelando su impresionante figura en ese diminuto bikini.

—¿Me untas? —me pregunta, mientras me enseña una botella con bloqueador.

Se voltea y desamarra los cordones de la parte de arriba y de nuevo su espalda está completamente desnuda.

Ella se acerca aún más a mí, esperando a que comience a aplicar el bloqueador solar sobre su piel. Vierto una pequeña cantidad de loción en mi mano y comienzo a masajear su espalda suavemente. Candela arquea ligeramente su espalda y descansa sus senos en las rodillas dobladas, mientras yo me aseguro de cubrir cada centímetro de su piel.

—¿Siempre eres tan cuidadoso? —me pregunta.

—Quiero asegurarme que cada parte quede perfecta. No quiero que te broncees mucho, es malo para tu piel, tu suave y hermosa piel.

—El niño bueno regresa. —Y al decir eso, se ríe ligeramente.

—Puede que ” Continúe y avance” pero siempre seré un niño bueno. —Y comienzo a recorrer ahora sus hombros disfrutando de cada momento.

—Es adaptarse y continuar, tontito. —Y ambos comenzamos a reírnos.

Termina la risa para después darle paso al silencio.

— Puede que parezca que soy un “niño de mamá” y que no tengo remedio, pero permíteme decirte que los días a tu lado me han enseñado más de lo que puedas imaginar. Desearía haberte conocido en un momento distinto.

—No, me conociste en el momento adecuado, tal vez en otra ocasión no hubiera resultado y me hubieras odiado o pensado que era aburrida y rara o algo así.

—Nunca hubiera pensado que eres rara. —Dejo de untarle protector solar—. Aun así, tienes razón. Tal vez no hubiera sido lo mismo.

Ella se recuesta boca abajo sobre la manta dejando que el sol toque su espalda desnuda, yo me quito la camisa y hago lo mismo a su lado.

—Lo que hicimos ayer…—Comienzo.

—Se queda aquí y no sale de aquí. —Me interrumpe.

—Te voy a extrañar, Candela —le murmuro.

—Oye, todavía te quedan algunos días, no pienses en que ya terminó. Piensa en el aquí y en el ahora, disfruta la vista.

—Lo hago, créeme. —Y ella sonríe.

—Pensar en el futuro suele generar ansiedad, ya que es incierto. Por esta razón, a menudo nos vemos atrapados por el pánico, ya que resulta más sencillo entrar en pánico que mantener la calma. Es por eso por lo que la mayoría de las personas tienden a refugiarse en el pasado, porque resulta más seguro, cómodo y familiar.

Me volteo boca arriba y después con uno de mis brazos la acerco a mí invitándola a que descanse su cabeza sobre mi pecho. Le doy un ligero beso en los labios.

—¿Qué haces? —me pregunta.

—Adaptarme —le respondo—, porque en unos días tendré que continuar.

Ella cierra los ojos y suspira. Sé que tal vez Candela no lo admitirá, pero también ha experimentado cambios desde que está conmigo. Pasó de prácticamente considerar su compañía como parte de su trabajo a querer estar a mi lado, tal como estamos ahora, abrazados.

—¿Qué harás después de que dejes de estar conmigo? —le pregunto con curiosidad.

—No sé. Supongo que esperaré la siguiente llamada y me iré, o tal vez tome mis maletas y me vaya.

—¿A dónde?

—No sé. —Y solo de saber que ya no escucharé sus consejos o su voz hace que mi corazón se vuelva pequeño.

—¿Puedes decirme otro dato inútil y que a la vez me sirva para el resto de mi vida? —pregunto y ella me regala una sonrisa. 

—Siempre lleva ropa de color negro a donde quiera que vayas —me dice. 

—¿Por si hay algo formal? 

—No, por si hay algún velorio y debas asistir —responde entre risas y esta retumba contra todas las rocas que hay en el lugar, alegrando mi vida. 

—Ese es el mejor consejo que me han dado.

—Dijiste que fuera uno que te ayudara el resto de tu vida, ahora cada vez que vayas de caza talentos, llevarás un traje negro por si las dudas y cuando estes en el velorio dirás “Gracias Candela”. 

—No necesito estar en un velorio para decir “Gracias Candela” o un dato inútil para acordarme de ti. 

—¿De verdad? —pregunta, con los ojos cerrados aún recargada sobre mi pecho. 

—De verdad. 

—¿Por qué te acordarás de mi entonces? —Me quedo en silencio, pensando por un segundo, tratando de ordenar mis palabras—. Eso es muy profundo—. Bromea. 

—Si me quedo callado no es porque no sepa que decir, si no más bien que tengo tanto que no sé como ordenarlo. 

Vuelve el silencio entre los dos y después de reunir mis pensamientos para formular un discurso más o menos formal, inicio.

—Cuando tomemos ese avión de regreso a Madrid, recordaré cómo te ríes cuando digo algo tonto, lo tierno que se te hace, tus ojos llenos de pasión y tranquilidad, como si buscaras respuestas en los míos que no puedes encontrar. Te recordaré por esos datos inútiles que han enriquecido nuestras conversaciones, pero, sobre todo, por esa hermosa sonrisa que me regalas cuando crees que no te estoy mirando.

—Suena a una carta de amor, más que a una despedida —murmura entre mis brazos. 

—Es lo que es Candela… Ahora, ¿crees que yo te pueda dar un consejo? 

—Dime. 

— No huyas cuando sabes que te sientes en casa; no tiene nada de malo admitir que hay un lugar donde puedes sentirte como en tu hogar —pronuncio. 

Ella pone su cabeza más cerca de mi corazón y sube una de sus piernas sobre la mía como si quisiera fundirse en mí.

—Lo tomaré en cuenta —murmura y después de eso, guarda silencio. Ambos nos quedamos quietos escuchando las maravillosas olas del mar que nos arrullan hasta quedarnos dormidos. 

Los días pasaron volando y en menos tiempo del esperado, Candela y yo llegamos al aeropuerto de Madrid. Nos quedamos en la entrada, mirándonos a los ojos, como en las películas cuando dos personas se despiden. Ella me sonríe, luciendo hermosa con ese conjunto que lleva, y yo solo puedo pensar en cuánto la extrañaré y cómo podré seguir adelante. Definitivamente, hay un antes y un después de conocerla.

Es triste lo que voy a decir, y tal vez suene cruel, pero no puedo seguir pagando por su compañía, y ella lo sabe, ya que todo este tiempo me insistió en que ella podía ser quien yo quisiera, excepto mía.

—Vas a estar bien Javier —habla, mientras acaricia mi rostro con su suave mano—. Solo recuerda que siempre debes ser primero tú, en medio tú y al final tú en todo lo que hagas. Tu bienestar, tus decisiones, tu vida es tuya y de nadie más. —Tomo su mano y la beso—. Recuerda, disfruta ahora, no regreses al pasado por comodidad y no quieras saber el futuro, en pocas palabras. 

—Vivo el presente. —Agrego y ella sonríe—. Ahora centraré mi atención en el ahora pero ¿por qué tiene que ser una despedida? ¿Por qué no podemos vernos como amigos? 

Ella se acerca a mi y me da un beso sobre los labios. Está tan lleno de ternura que me derrite por dentro.

—Adaptarse y continuar —murmura.— Hasta luego Javier, fue un placer, en todos los sentidos. —Y me guiñe un ojo. 

Candela empieza a caminar hacia las escaleras eléctricas, y mi mirada se clava en cada uno de sus pasos. Se aleja poco a poco, para luego subir las escaleras eléctricas que la conducirán a un nuevo destino.

De pronto grito:

—¡Qué hay de Madeline! —Candela voltea y me sonríe— ¿Crees que ella quiera ser mi amiga? 

Llega hasta la cima de las escaleras mecánicas, y al llegar, su rostro se ilumina con una radiante sonrisa mientras sus ojos se clavan en los míos. En ese instante, todo lo que me rodea parece desvanecerse, como si el mundo entero se desvaneciera, dejando solo su figura y esa sonrisa hipnotizante. En ese efímero y mágico momento, somos los únicos dos en el universo, y el tiempo se detiene, permitiéndonos disfrutar de este momento

—Madeline es Candela, y como Candela no existe. Madeline tampoco.

—¿Qué quieres decir con esto? 

—Soy un fantasma ¿recuerdas? —Finaliza para después decirme adiós con la mano. 

¿Madeline no existe? ¿Candela tampoco? Su respuesta me llena de incertidumbre. Candela me había aconsejado que me adaptara y continuara, pero esta noticia hace que adaptarme sea aún más difícil, y la idea de continuar parece imposible en este momento.Todo este tiempo lo pasé con mi mujer ideal en todos lo sentidos, la conocí, dormí a su lado, la hice reír, le hice el amor tantas veces como quise y ahora… se va.

Subo las escaleras del andén lo más rápido que puedo, arrastrando mi maleta detrás de mí, con la esperanza de alcanzarla antes de que desaparezca de mi vida por completo. Salgo de la estación y, como en una escena de película hollywoodense, me quedo de pie mirando a la gente que pasa a mi alrededor.

—Adaptarme y continuar —murmuro. De pronto siento que mi móvil vibra y al ver la pantalla leo “Bea”. Lo pongo en silencio, es muy tarde, debo continuar.

Sin embargo, me resulta imposible no sentirme completamente abatido después de haber vivido los mejores días de mi vida junto a Candela, a quien he estado tratando de contactar durante las últimas tres semanas sin éxito. Es como si se hubiera convertido en un fantasma, tal y como ella insinuó.

He llamado repetidamente al número mágico, una y otra vez, pero parece que su registro ya no existe. Lamentablemente, esto me hace pensar que Candela tampoco, lo que me lleva a cuestionar mi propia cordura. ¿Fueron todas mis interacciones con ella un producto de mis sueños, y habré estado hablándole al aire todo este tiempo?

Me dejo caer de nuevo en la cama y escucho la voz en el otro extremo del teléfono repetir: “No señor, le hemos dicho que ese nombre no está registrado.” Mi terquedad no me permite cambiar, me siento atrapado, como un adicto en plena desintoxicación, y honestamente, me está destrozando.

¿Cómo es posible que ella haya desaparecido del mapa de esta manera? No puedo aceptar que haya desaparecido de la nada y, lo que es peor, que nadie más la conozca. De repente, siento una ira incontrolable, ¿justificada? Sí, porque Candela me dio vida y, de la misma manera, me la arrebató. Estaba tan bien con ella, me sentía en la cima del mundo, y en un abrir y cerrar de ojos se esfumó, llevándose mucho más que un simple viaje a una isla paradisíaca.

Tus palabras resuenan en mi mente como un eco incesante, y siento que mis pensamientos se derriten bajo el peso de sus enseñanzas. Estoy convencido de que entre nosotros existía algo profundo. Ahora, me doy cuenta de que fui un completo idiota al darle vueltas a su ausencia en mi cama, preguntándome por qué se fue sin razón aparente, sin previo aviso, dejándome solo en ese aeropuerto con el único recuerdo de su hermosa sonrisa. 

Aunque no quiero admitirlo en voz alta, lo expresaré en el silencio de mis pensamientos: «Candela se llevó mi corazón y mi alma sin que yo lo supiera. Y, de alguna manera, eso me duele más que cualquier otra cosa en el mundo ».

Dejo el móvil a un lado y suspiro. Le doy vueltas al asunto de nuevo. Ella y yo veníamos de diferentes mundos, pero sin duda, era una pieza esencial en el mío, una que jamás podrá ser reemplazada.

Me levanto y miro por la ventana. La gente en la calle camina feliz, mientras yo me siento extraño, muy extraño. Observo una mancha en el cristal y trato de quitarla con los dedos. No puedo, al igual que no puedo borrarla a ella de mi mente. Candela/Madeleine es una mancha permanente en mi corazón, imborrable por más que lo intente.

“¿Otra vez enamorado?” dirán las personas que me conocen. Pero no sé si lo estoy. Ellos no entienden. Candela llegó a mi vida en el momento preciso. Me llevó al cielo, me enseñó lecciones increíblemente valiosas, como amarme a mí mismo de nuevo, cuidarme y divertirme. Luego se fue, pero lo único que no me enseñó fue a “continuar” sin ella.

Si tan solo tuviera una oportunidad de nuevo, estoy seguro de que no la dejaría ir. Le mostraría lo mejor de mí, para que no tuviera que recorrer el mundo sola, y compartiría conmigo lo que quisiera. Besarnos hasta que nuestros labios se desgastaran. La llevaría a comer pizza, la vería leyendo toda la tarde, escucharía con atención sus datos inútiles y, sobre todo, le diría todos los días que llegó justo cuando la necesitaba.

Sin embargo, las dudas me atrapan de nuevo y el enojo vuelve a crecer en mí. Es como si estuviera pasando por un tipo de duelo en el que experimento emociones que van desde la rabia hasta la aceptación.

¿Quién es Candela? No hay nada en las redes sociales sobre ella. No tengo su número de teléfono y no conozco a nadie que la haya visto antes. Es como si hubiera sido creada únicamente para mí y luego desvanecida en la nada.

¡Pero claro! ¿Qué esperabas? Ella te dijo claramente que tenía muchas ventajas al hacer este trabajo como: ropa bonita, un viaje todo pagado a una isla paradisiaca, sexo, mucho por cierto.

—Yo nunca me acuesto con mis clientes —digo en voz alta imitando su voz y muy enojado—. Pffff no puedo caer en la locura.

«¿Será prudente ir a Ibiza y preguntarle al tal Anthony? » me viene a la mente y así es como caigo en cuenta que me he vuelto completamente loco.

—¿Y si ella está con él? —hablo en voz alta.

Entonces, aquí voy de nuevo. Abro el ordenador y escribo “Anthony Ibiza”, y todo lo que necesito está ahí. Un multimillonario, atractivo, un poco mayor que yo, Anthony Cavillari, considerado uno de los mejores empresarios del mundo, según lo que leo. Comienzo a mirar las fotos con la esperanza de encontrar una imagen de ella, pero nada, no hay ni una de los dos juntos.

—¿Esta mujer en verdad desapareció de la tierra o se resguardó en una cueva? —Pregunto en voz alta.

Continuo leyendo sobre él y por fin sé de un lugar dónde puedo encontrarlo.

—Hotel Grand Palladium White Island Resort & Spa, ahí vive, ese es su lugar de trabajo y si corro con suerte podré encontrar a Candela con él, ya que tengo entendido que siempre la llama por una o dos semanas, a lo mejor ella está allá y… —Entonces me doy cuenta que estoy hablando solo como un idiota.

¿Seré capaz de tomar mis maletas e irme a Ibiza con la esperanza de encontrarla ahí?

—Esto puede salir muy bien o muy mal —expreso— ¿Seré lo bastante obsesivo como para detener todo e ir a buscarla? —Cierro al ordenador y me alejo. —¿Estás loco Javier? —Me regaño—. Vas a ir a ese hotel y que le dirás a Anthony: ¿Oye vengo a buscar a Candela? Ella te dijo “Adaptarse y continuar” y no lo estás haciendo.

Entonces, me dirijo a la puerta de mi apartamento, la abro y, en un gesto de autodisciplina, vuelvo a cerrarla y la bloqueo. Me digo a mí mismo que no puedo ni debo salir. Tal vez la solución sea el encierro, algo parecido a lo que hacen los adictos cuando quieren dejar una droga: abstinencia total y completa, bajo llave.

Siento la necesidad de hacer algo con mi vida, con este día. Me acuerdo de un dato inútil y decido tomar la escoba y el recogedor, poniéndome a limpiar el apartamento como si fuera una terapia ocupacional.

Sin embargo, la limpieza no es suficiente. A las dos horas, me descubro de nuevo frente a la computadora, revisando vuelos a Ibiza y opciones de alojamiento en ese lujoso hotel. 

Ingreso la cantidad de días y noches, reviso los servicios ofrecidos, me muestran la tarifa y dejo la pantalla en ese punto crítico. Estoy a solo un clic de cometer una estupidez o, quizás, de tomar la mejor decisión de mi vida.

—¿Estas seguro, Javier? —Me repito, mientras veo la pantalla—. Si haces click no hay marcha atrás.

Horas más tarde.

—Así estuve dos horas viendo la pantalla y al final no pude —le digo a Manuel y él lanza un pequeña risa de ironía.

—Tío, te dije que no te enamoraras, que esto era peligroso pero lo hiciste.

—No, no es que esté enamorado, lo que pasa es que ella es especial, ella me comprende más que nadie en el mundo.

—¡Por qué ese es su trabajo! —exclama un poco insistente—. Ella debe agradarte, complacerte, encajar en el papel que le des, no lo hizo para que le creyeras todo.

Tomo otro sorbo de cerveza y me sabe tan amarga como mi humor.

—No lo sé, siento que en verdad me conoce, se conecta conmigo, es algo que nunca había sentido o más bien, que pensé inexistente hasta ahora.

Manuel me ve a los ojos y sé que piensa que soy el tío más idiota y soñador del mundo. 

—Eres un romántico empedernido, Javier. —Concluye—. Y ojalá pudiera ayudarte pero no tengo ni idea de quién es Candela, y mucho menos dónde encontrarla.

—Lo sé y en verdad no importa —contesto, tratando de creerme mis propias palabras—. Al final, supongo que debería dejarlo así. Que debo adaptarme y continuar .—Me percato que he repetido esa frase como mandala desde que ella me la dijo.

—Oye, esa frase te la robo, está buena —me dice entusiasmado.

Tomo el último sorbo de cerveza y dejo la botella sobre la barra.

—Me voy, estoy cansado y mañana debo regresar a trabajar.

—Vale, tío —responde—. Que te vaya bien en la búsqueda de tu mujer misteriosa.

—Sí claro —le respondo y me alejo de ahí. 

Salgo del bar y camino por la acera, buscando a Candela entre los rostros, pero hasta ahora, no tengo éxito. Estoy harto de buscar, harto de cuestionarme si ella también me extraña o no. Estoy agotado por haberme sumido en esta autotortura.

Necesito vivir, experimentar, conocer a otras personas. No quiero volver a mi piso para lamentarme, caer en la depresión y volver a caer en los mismos patrones. Pero, como me lo recordó Candela, el futuro es incierto, y a veces, incluso cuando no quieres, el pasado puede aparecer en el momento menos esperado y confrontarte de nuevo.

En ese momento, noté que Bea estaba sentada afuera de mi edificio, esperándome ansiosa. Supongo que subió a buscarme, ya que sabe que a esta hora generalmente estoy en casa, y al no encontrarme adentro, optó por esperarme afuera.

—¿Qué haces aquí Bea? —pregunto, un poco cansado.

—No respondes mis llamadas, así que tomé la iniciativa de venir a buscarte ¿Crees que podamos hablar? —me pregunta con un tono de lástima.

—Bea —hablo, en un tono de cansancio. 

—Una oportunidad más, te lo pido, sólo… —Y como si fuera una escena hollywoodense se arrodilla sobre el suelo, me toma de la mano y comienza a llorar.

—¿Es en serio Bea? —le pregunto enojado.

—Es que no veo como puedo conseguir hablar contigo y que me perdones —dice entre lágrimas—.Dame una oportunidad, sólo una más.

Sé que está haciendo todo esto para ponerme en vergüenza y llamar la atención de la poca gente está pasando por la calle. Sabe que odio que pase eso y está sacando sus últimas jugadas.

—Por favor Bea, ponte de pie —le pido amable aunque entre dientes. 

—¿Pero me darás la oportunidad de hablar? —Insiste. 

—Vale, vale, otra oportunidad —le comento—.Pero por el amor de Dios ponte de pie. 

Ella lo hace y se quita las lágrimas con las mangas de su blusa.

—¿Subimos? —Me pregunta. 

—No, podemos ir a otro lado, menos a mi piso —contesto firme, porque sé justamente cual es el truco ante todo esto. 

—Donde tu decidas —me dice un poco más tranquila. 

—Bueno, hay una cafetería veinticuatro horas cerca de aquí, vamos ahí —sugiero. 

—Sí —contesta animada y empezamos a caminar. 

Unas cuadras adelante llegamos y nos sentamos en una de las mesas del fondo. Yo tomo un capuchino caliente mientras ella pide un té. Mientras esperamos Bea se arregla el cabello y luego me sonríe. 

—Vale Bea, dime qué quieres —hablo en tono seco. 

—Javier, no has contestado mis llamadas y en verdad necesito platicar contigo. Yo, yo estoy embarazada —me dice. 

Me quedo en silencio un momento, después comienzo a reírme poco a poco, hasta que estallo en una carcajada como si hubiese sido broma.

—¿Por qué te ríes? —pregunta. 

—¿Qué es esto? Una mezcla de todas las películas de Hollywood que he visto en mi vida, solo falta que me digas que perdiste la memoria en un accidente y que no recuerdas nada de lo que pasó. —Y continúo riéndome a toda soltura. 

—¡Basta, Javier! —me dice entre lágrimas. 

—Sé lo que vas a decir y no, no te creo que sea mío —le digo de una vez y ella comienza a llorar más fuerte—. No soy el mismo Javier que dejaste meses atrás, ya no puedes jugar conmigo ni manipularme como lo has hecho varias veces en el pasado, soy totalmente otro y me encanta —confieso, con toda la seguridad del mundo—. Así que de una vez dime qué quieres. 

—Mis padres me van a matar, yo les dije que era tuyo y que estábamos felices, pero …—Vuelve a llorar. 

—Pues ni modo, adáptate a la situación y continua —contesto utilizando mi mantra, en eso sonrío porque de cierta manera le di un excelente sentido a la frase. 

De pronto, todos los pensamientos que tenía por la mañana sobre Candela, cómo me dejó y cómo parecía haberse aprovechado de mí, se esfumaron. Comprendí todo de repente; el drama desapareció, la confusión también, y, sobre todo, mi amor propio comenzó a regresar gradualmente. Volví a entender lo que necesito y lo que quiero. Hace unos meses, era yo quien inventaba pretextos e historias para ponerme en contacto con Candela, y ahora, no puedo creer lo patético que fui en ese momento.

—¿Qué voy a hacer? —me pregunta llorando—. Él no se quiere hacer cargo del bebé y yo, yo solo te tengo a ti.

—No, no, no, me tenías pero ya no. Regresas a mí porque es lo que piensas que tienes seguro, pero nunca pensaste que yo iba a superarte después de tantos años. Lo siento Bea, pero resuelve tu problema sola. Me cansé de hacerlo yo, a pesar de todo lo que hice por ti. Te cuidé, puse tus intereses por arriba de los míos y tú me engañaste, te burlaste de mí y todavía me hiciste creer que era mi culpa, por mi trabajo y la vida que llevo. Creaste algo tóxico entre los dos y yo asumí que era amor; pero no más. —Me pongo de pie y ella sólo me ve con los ojos llorosos—. No me vuelvas a buscar Bea ¿quieres? No te necesito en mi vida y mejor trata de resolver la tuya, porque creo que tienes todo un dilema por delante. 

—Pero Javier ….—Insiste—. Tantos años, tanto tiempo… no puedes dejarme de amar así porque sí. 

Sonrió.

— Te dejé de amar en el momento en que decidiste irte con otro, cuando pensaste que me tenías comiendo de tu mano y que podías manipularme a tu antojo. Mis padres me lo dijeron, mis amigos, el mundo entero; todos me lo gritaban. Pero estaba demasiado enamorado como para escucharlos, y al final… la verdad me explotó en la cara. Ahora vienes, llorando, tratando de convencerme de que es mío para encontrar refugio y seguridad en el lugar que solías ocupar, pero el Javier de meses atrás te habría abierto las puertas de par en par. El de hoy no solo te las cierra, sino que también te borra de su vida.

—Te quedarás solo —murmura, dándome en mi talón de Aquiles, la soledad. 

—No me importa, mejor solo que estar solo al lado de una persona que simplemente está por mi dinero o posición social. Te lo advierto Bea, déjame en paz, se acabó.

Así, sin decir una palabra más, salí de la cafetería y seguí adelante, tal como me aconsejó Candela en esa maravillosa tarde junto al mar. Puede que por la mañana haya pensado que mi vida era un caos, pero ahora sé que estaré bien no solo sin Bea, sino también sin Candela. Debo aceptar lo que ella me advirtió: llegó, desempeñó su papel y, cuando fue el momento adecuado, se fue.

Dos meses después.

No puedo creer que hayan pasado ya dos meses desde que Candela se fue. Bea me visitó para decirme que estaba embarazada y después hicieron un escándalo, acusándome de abandono y de no aceptar que no era mi bebé. Sin embargo, no contaba con que la familia del padre la ayudaría, y todo lo que dijo pasó con un simple intento de chantaje hacia mi persona, lo que finalmente me hizo olvidarla.

Por otro lado, mi agenda se llenó de trabajo, compromisos, tratos y giras para mis clientes. Apenas podía pensar o prestar atención a otras cosas durante el día. Sin embargo, me he vuelto más reflexivo con respecto a todo lo que sucede a mi alrededor. Ya no caigo tan rápido en cuentos e historias, y veo por mí y solo por mí, pero también considero otras opiniones.

No obstante, en las noches de soledad, cuando apago la luz de mi habitación, pienso en ella. Me pregunto qué estará haciendo en este preciso momento. ¿Estará leyendo otro libro de misterio o descubriendo uno que otro dato inútil para su colección? Tal vez se encuentre en una playa paradisíaca, tomando el sol y disfrutando de la vista, o quizás esté bailando en algún club, moviendo sus caderas al ritmo de la música y disfrutando. Solo de pensar en ello, una sonrisa se dibuja en mi rostro. Recuerdo cuando solía hacerlo conmigo. Me gustaría encontrarla de nuevo, tal como ella me encontró, y nunca más permitir que desaparezca.

¿Candela seguirá siendo Candela? ¿O habrá cambiado de nombre? ¿Habrá modificado el color de su cabello o el de sus hermosos labios? ¿Seguirá mordiéndoselos para seducir? ¿Estirará sus brazos para sentir la brisa del mar y el sol sobre su rostro? Ese último recuerdo, que debió ser completamente efímero, me persigue cada vez que cierro los ojos y me acuesto a dormir, convirtiéndose en mi momento favorito del día. Quiero besar de nuevo sus deliciosos labios, acariciar su piel, escucharla hablar, sentirme libre, experimentar esa conexión entre los dos; incluso extraño sus regaños cuando me comportaba como un niño.

Semanas atrás, pensé que la había encontrado entre un grupo de chicas que se encontraban tomando el sol en el hotel. Mi corazón se aceleró y fui inmediatamente a verla al creer que era ella. Sin embargo, al llegar, tristemente me percaté de que no era, ni siquiera se parecía en absoluto. Después de sentirme completamente avergonzado, comencé a reírme como un idiota. Por un lado, porque había llegado a pensar que ella podría aparecer así de la nada como una chica más. Por otro, porque seguro mi expresión de decepción fue épica, y las chicas lo notaron. Espero que no hayan pensado que había sido su culpa.

No voy a negarlo, hay algunos momentos en los que todavía la necesito. La siento a mi lado a la hora de dormir, y me preocupo por ella. Me duele no tener cómo decírselo o hacerle saber. Quiero contarle que he tratado de dejarla ir y olvidarla, que en ocasiones lo logro y en otras no. Muy en el fondo, deseo con todo mi ser volver a verla, aunque sea tan solo un segundo.

—Ahora que lo pienso, si hubiera sabido que después ya no podría volver a contactarla, le hubiera hecho muy diferentes esas tres preguntas que me concedió —murmuro en voz alta, mientras hago mi maleta para por fin regresarme a mi casa familiar para descansar por unos días.

Espero que esta escapada me ayude a relajarme un poco, a distraerme y comenzar de nuevo. Me gustaría que fuera con ella, pero sé que lo haré solo, como debe ser ahora.

Después de revisar todo en mi maleta, repasar el piso y ordenar unas últimas cosas, cierro la puerta y me voy. Desde mi rompimiento con Bea, no he visto a mi familia, así que no saben absolutamente nada de lo que he pasado. Creo que ya no vale la pena que lo sepan, mientras menos explicaciones dé, mejor para mí y para ellos. Aunque es obvio que tendré que pensar en un buen discurso.

Más tarde.

Después de unas horas en el avión, dormitando y tratando de hacer algo productivo, por fin siento el clima frío pegándome en el rostro al bajar del avión. Reconocer todo y sentirme en casa me alegra el alma, me da vida y hace que me olvide de todos mis pesares, incluso hace que me olvide de Candela o Madeline o… “Ella”.

Salgo de ahí, me subo al auto y emprendo el camino a casa. Es hora de enfrentar el centenar de preguntas que mi familia me hará sobre todo lo que he estado haciendo en estas últimas semanas. Preguntarán por Candela, luego por mis viajes repentinos a Ibiza y sus alrededores. Posiblemente, si pudieran ver mi cuenta bancaria, también harían preguntas, pero al menos eso se queda para mí. Me siento como ese niño travieso que llamaba a esas “hot lines” durante las vacaciones y ahora será regañado porque la cuenta del teléfono vino muy alta, lo que me hace reír de mi propio pensamiento.

Después de varios minutos de viaje, llego a la puerta de mi casa, bajo mi maleta y antes de entrar, suspiro.

—Sin dramas Javier, solo ve, explica y que pase lo que tenga que pasar. 

Abro la puerta y sonrió al ver a mi hermana. 

—¡Señor empresario! —me dice ella con alegría—.Te ves mejor de lo que pensé.

—Me siento muy bien —respondo y entro con mi maleta. Veo que mi hermana busca algo detrás de mí.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—Pensé que vendrías con Vera —me responde.

—¿Cuál Vera? —contesto, si poder evitar reírme ante la cara que me pone.

—¡Ay Javier!, No puedo creer que no te sepas el nombre de la chica con la que sales. 

—¿Con la qué salgo?

Mi cara ha de ser muy tonta, porque incluso ella comienza a reír. Dejo mi maleta a un lado y ambos caminamos a la sala.

—¿Es en serio que no te sabes su nombre? —me pregunta.

—No sé de quién me hablas. No conozco a ninguna Vera. 

Mi hermana toma una revista y me enseña la fotografía de Candela y mía saliendo del club.

—Ella, ella es Vera.

—Pero es que yo no…—logro decir y de pronto en mi mente todo empieza a tomar forma.

—Venga Javier, no puedo creer que no te acuerdes de ella, iban a la escuela juntos. Cuando los vimos nos sorprendimos, porque nunca pensamos que esto pasaría. —Deja la revista sobre la mesa.

—¿Te importaría…? —le insinuó, y ella toma un álbum fotográfico y saca una foto de la escuela.

—Este eres tú. —Me señala— .Y esta de acá, es Vera.

En eso veo la foto de una niña con gafas para ver enormes, una cola de cabello medio floja y frenos. Admiro la foto y trato de hacer memoria.

—Vera —murmuro, pero en realidad sigo sin poder recordar nada, tal vez hizo algo que mi mente decidió bloquearla, o tal vez no tuvo mucha relevancia. 

—Tú y ella se llevaban pésimo en el Liceo, y era sabido que ella estaba perdidamente enamorada de ti. Eras su amor platónico y un día se acercó a ti,en medio de una reunión, y te pidió que salieras con ella y tú…

—Yo le dije que no porque era rara. — Termino la frase y ahora recuerdo porque había tratado de borrar ese pensamiento.

—Fuiste increíblemente cruel, tanto que se ganó el apodo de “rara Vera”. Pobre chica, por eso necesitábamos una explicación al respecto el día que mamá te llamó, porque ¿Vera y tú? Eso si sería algo nuevo.

Entonces comienzo a tener pequeños flashbacks de ciertos momentos que tuve con Candela. Frases que podrían haberme dado una idea de que ella ya me conocía de algún lado, la manera en la que me hablaba como si ya no tuviera miedo de que yo pudiera decir algo cruel.

«Yo le rompí el corazón» pienso, «cuando le pregunté si alguien se lo había roto, había sido yo y de una manera muy tonta diciendo que era rara». 

Me viene a la mente la conversación en la playa, la manera en como me miraba, sus besos, caricias. Era ella amándome bajo la protección de una mujer que yo creé para mi “puedo ser quien tu quieras” y la convertí en la mujer de mis sueños, dejándola soñar también. Yo de alguna forma le rompí el corazón y ella de regreso ¿vino a confortar el mío?

Sonrío como idiota, no tengo mucho que hacer por este momento. Aun no sé si lo hizo a propósito, como un tipo de venganza o simplemente pasó.

—Sé que sonará tonto, pero ¿podrías decirme más sobre ella? —Y mi hermana me mira extrañada. 

—Creo que deberías conocer mejor a las personas con las que sales para que tu hermana no te pase la “minuta” —Y yo me río— ¿Qué quieres saber?

Le preguntaría en qué trabaja pero, en realidad, sería una pregunta estúpida porque de seguro no sabe y al menos yo de eso tengo una idea.

—Bueno, te podría decir que sé que estudia psicología en Madrid, o estudiaba, no sé. Viene poco para acá, incluso casi nunca, pero la semana pasada la vi en la fiesta de sus padres. Cuando la vi, no me dijo mucho. 

—¡Qué! —expreso, sorprendiendo a mi hermana. 

—¿Qué pasa? —responde. 

—¿Psicología?, ¿estuvo aquí?, ¿todo el tiempo estuvo aquí?

—No sé si todo el tiempo, pero, me la encontré, es linda, me agradó. 

—¿Habló de mí? —lo digo, porque la curiosidad me gana. 

—No, eso se me hizo raro, pero Vera siempre ha sido así, tímida, reservada, rara. Simplemente me saludó.

«Misteriosa ».

Comienzo a reír como un idiota, como si fuera un respiro después de toda la tensión y angustia que tenía. Después de haberla buscado por todos lados, de preguntarme quién era y dónde estaba, y la respuesta siempre estuvo cerca de mí, justo en frente de mí. Candela/Madeleine, ¿ahora Vera? Tengo que saber más sobre eso, necesito saber por qué ella hizo esto.

Lo que mi hermana me contó aclaró mis dudas y sacudió mi mundo. Candela es Vera, y ahora todo encaja. Era como un fantasma porque estaba buscando en el lugar equivocado. Decidí volver a tomar el álbum de fotos y abrirlo, centrando mi atención en la imagen de la escuela que siempre estuvo en mis manos, pero que nunca se me ocurrió revisar. 

“Me conociste en el momento adecuado, tal vez en otra ocasión no hubiera resultado y me hubieras odiado o pensado que era aburrida y rara o algo así” recuerdo perfectamente sus palabras exactas. 

—Nunca hubiera pensado que eres rara —repito en voz alta—. Ahora que lo veo bien, no eras para nada rara, yo simplemente fui un niño tonto, lleno de prejuicios y preocupado por el qué dirán. Me dio pánico que me vieran contigo, así que te rechacé, como lo hice aquella vez en mi piso, cuando caí en pánico por las fotos. ¿Por eso te fuiste?, ¿por qué te rompí el corazón de nuevo?

¿Qué es lo que recuerdo ahora de Vera al ver esta foto? Todo. Es tan vívido como el trío que tuvimos con ese chico Robert en nuestra habitación de hotel. Vera Moretti, la número 16 en la lista del Liceo, era una persona muy callada, inteligente, intuitiva y lo que podríamos calificar como una nerd. 

Recuerdo que era curiosa, y ahora todo lo que vivimos juntos encaja. Era tranquila, solitaria, y en las vacaciones les ayudaba a sus padres en el restaurante, que aún tienen. Uno de los mejores para comer comida italiana aquí en la ciudad; por eso le gusta tanto la pizza y posiblemente sabe más de pastas y vinos que yo.

Sin embargo, aunque mi hermana me mate, en realidad Vera era rara, debido a sus gustos. Además de ser fan de los idiomas, lo era de los misterios sin resolver, de los programas de desapariciones y asesinos seriales. Algo muy diferente a lo que les gustaba a nuestras compañeras. 

Recuerdo, también, que le enseñaba francés a Jaén, su único amigo, porque se le entendía más a ella que a la profesora. Sus ojos miel, que ahora se han convertido en una fijación increíble para mí, se escondían detrás de unas gafas demasiado gruesas para ser reales, por lo que sospecho que Vera se ha sometido a una cirugía láser para ya no tener que usarlas y resaltar así su mirada.

Su cabello era largo, pero generalmente mal peinado, supongo que no le daba tiempo para arreglarlo, y su uniforme era el más arrugado de todos. Por lo tanto, supongo que en su casa alguien no sabía planchar o tal vez le gustaba llevarlo así. Además, siempre olía a pan recién horneado, un olor que en su momento pudo causar burlas, y su madre le preparaba almuerzos deliciosos que causaban una envidia increíble.

Vera solía sentarse en la banca del patio del recreo, comer sola y disfrutar observando a la gente. Creo que desde pequeña le gustaba analizar a las personas, y solo de pensar que ella me estaba brindando una especie de terapia mientras estaba conmigo, me da un poco de vergüenza o temor.

Me pregunto qué pensará de mí ahora. Si en su juventud estuvo enamorada de mí, tal vez piense: “¡Vaya! Ese chico realmente está mal, me alegro de que nunca me haya hecho caso”. Es posible que ahora no quiera ni considerar la posibilidad de tratarme, ni siquiera como amigos.

El día que me confesó que le gustaba, fue durante el festival. Se acercó con toda su característica seguridad y me soltó en voz alta: “¡Javier, me gustas! ¿Quieres salir conmigo en verano?” En ese momento, sin pensar, le respondí: “No saldré contigo porque eres rara”, y acto seguido, le di la espalda y la dejé parada allí, sola. Solo de recordarlo, mi corazón se encoge y no puedo evitar sentirme como el peor hombre del mundo.

Con el tiempo, comenzaron las burlas, los murmullos a sus espaldas, la omisión de invitaciones a fiestas y reuniones. Y sin previo aviso, ella desapareció de mi vista y de mi vida, para siempre, como un fantasma.

—Sí que puedo ser un canalla cuando me lo propongo —murmuro. 

¿Estará Vera todavía aquí? ¿Será apropiado visitarla en la casa de sus padres? ¿Ellos sabrán de su trabajo o, mejor dicho, qué estaba haciendo? Un mar de preguntas llena mi mente, pero esta vez son diferentes. Ya no se centran en Candela, sino en Vera, la chica que siempre supo quién era y nunca me lo dijo.

—¿Por qué lo habrá hecho?, ¿por placer?, ¿por necesidad?, ¿por venganza? —hablo solo porque ya no puedo pensar más, mi mente es un verdadero caos. 

Si ya me había hecho a la idea de no buscar más a Candela, esta quedó descartada, porque ahora más que nunca necesito respuestas, razones y sobre todo volverla a ver, porque la extraño, porque en lugar de estar enojado con ella no puedo dejar de sonreír, ya que por fin la encontré. 

Voy a mi habitación y me recuesto en la cama. Giro mi cuerpo para quedar de lado y comienzo a imaginar de nuevo la escena en aquel hotel, donde estuvimos solos ella y yo. La veo claramente, y de repente noto todos esos rasgos familiares que pudieron darme una pista de que era ella. Sus hermosos ojos, su cabello, su sonrisa con los dientes perfectos debido a los tratamientos de ortodoncia, pero sobre todo, su sonrisa y la forma en que me miraba y acariciaba. 

Siento por todo mi cuerpo las sensaciones cuando hacíamos el amor, cómo nos entregábamos mutuamente, sin límites y con toda la libertad del mundo. Ella me quería y yo a ella, por lo que no fue simplemente un contrato entre nosotros, sino momentos en los que el anonimato nos permitía estar juntos sin prohibiciones.

—¿Por qué no me dijiste que eras tú, Vera? —murmuro a la nada e imagino su sonrisa.— Lo siento, por mi culpa, has caminado por la vida con un apodo que no te corresponde. Fue muy estúpido llamarte “Rara Vera”, pero fue aún más estúpido haberte dejado ir cuando estuvimos en ese aeropuerto. Debería haberte abrazado en ese momento y confesarte que eres la mujer más increíble del mundo, y que no puedo seguir adelante sin ti.

¿Estoy actuando de forma irracional al hablarle a un recuerdo? ¿Hubiera coincidido con Vera en algún momento de mi vida si mi hermana no me hubiera dicho nada? Y ahora que lo he hecho, ¿qué debo decirle?

La ansiedad me abruma y, como por arte de magia, sus palabras resuenan en mi mente. No enfocarse en el futuro, sino en el presente. Así que lo único que debo hacer es averiguar si está aquí, buscarla, encontrarla, conversar y luego aceptar lo que venga, sea bueno o malo.

Estiro la mano siento que toco su rostro.

—He pasado noches en vela pensando en ti y ahora te confieso que después de tantas noches sin dormir, hoy podré hacerlo tranquilo porque por fin tengo una respuesta. 

Vera me dedica una sonrisa y yo le respondo con una sonrisa igualmente cálida. Luego, cierro los ojos y me sumerjo en una visualización de esa tarde en la playa, en esa isla paradisíaca que parecía pertenecernos por completo. La veo luciendo su bikini que resalta perfectamente su tono de piel y su figura, así como su vestido de círculos rojos que iluminaba todo el lugar. Su piel dorada por el sol, nuestros corazones latiendo al unísono mientras disfrutamos de la playa.

Este sueño es tan vívido que puedo revivir los besos que compartimos, simplemente porque así lo deseábamos. Escucho el eco de su voz relatando datos inútiles que me hacían reír y que se convirtieron en temas de conversación entrañables.

“¿Sabes?”, me dijo una vez, con una sonrisa encantadora. “Hay aproximadamente 3,000 veces más estrellas que seres humanos, y es probable que en todo el universo haya más estrellas que granos de arena en toda la Tierra.”

“Y, aun así, terminamos juntos”, le respondí. 

“Así es, ¿no se te hace extraordinario?”

“Sí, es extraordinario”.

Ahora sé que no era así que si Vera y yo volvimos a encontrarnos era gracias al destino, no a la probabilidad. 

—Necesito respuestas, Vera, las necesito pronto —murmuro dormido, para después caer en un sueño profundo. 

Al día siguiente.

Era de esperar que mi impaciente naturaleza no me permitiera quedarme quieto durante mucho tiempo. Así que, a la mañana siguiente, salté de la cama y decidí que era el momento de emprender una búsqueda exhaustiva de Candela… bueno, ahora Vera.

«¿Por qué tantos nombres? »,  me pregunto.

Tengo un plan, o al menos eso parece. Hoy, iré en busca de Vera al único lugar donde sé que podría estar: el restaurante de sus padres. Me levanté, tomé una ducha, me vestí con unos vaqueros y una camisa sencilla, y salí de casa. Mientras manejo hacia el restaurante de los Moretti, estoy pensando en qué diré cuando la vea. ¿Cuál será mi pretexto para estar ahí? ¿Hambre? ¿Sed? O simplemente debería llegar y decirle que necesito hablar con ella con urgencia y que no tengo una excusa, solo que ahora quiero respuestas.

—Más vale que esto funcione Javier —hablo conmigo mismo mientras salgo de ahí llegó ahí. 

Estaciono frente al restaurante de comida italiana, ese que no ha cambiado en absoluto, manteniendo la misma decoración, menú y, sobre todo, su habitual afluencia de clientes, ya que es uno de los mejores de la ciudad. Camino hacia la puerta y me encuentro con la recepcionista, una joven que me sonríe tan solo al verme. Recuerdo que ese solía ser el trabajo de Vera cuando trabajaba aquí.

—¿Tiene alguna reservación? —me pregunta. 

—No, no vengo a comer, vengo a ver a Vera Moretti. 

La chica voltea a ver a la oficina del restaurante y regresa a mí.

—¿Me da un momento?

—Sí claro. 

Ella entra al restaurante y se dirige a la oficina. Confieso que mi corazón late agitado. ¿Estará allí? ¿Querrá salir ahora que sabe que yo sé quién es? Sin embargo, la chica regresa con un señor detrás de ella y me doy cuenta de que es el papá de Vera.

Luego se acerca a mí y sonríe.

—Javier Montenegro. —Me saluda simpático—. No puedo creer que estés aquí ¿hace cuánto tiempo que no vienes?

—Ya tienen muchos años, Señor Moretti. 

—Pues adelante, ¿quieres algo de beber?, ¿comer?

—No gracias. 

Ambos caminamos hacia una de las mesas del restaurante y nos sentamos.

—Dime, ¿qué trae por aquí?

Respiro.

— Sé que usted es una persona muy ocupada y no le quitaré su tiempo pero, no sé si me podría decir donde está su hija.

—¿Vera? —Me mira extrañado y es normal. Durante años la ignoré, incluso estoy seguro de que él sabe lo que pasó cuando éramos pequeños— ¿Mi hija?, ¿qué quieres con mi hija? —pregunta. 

El padre de Vera me habla con tanta firmeza que no sé si es mejor huir o quedarme aquí. 

—Sí, Vera, su hija. —Reafirmo— ¿La ha visto?

—Claro que la he visto. Se fue ayer por la tarde de regreso a Madrid. Estuvo con nosotros por un tiempo y se regresó porque tenía cosas importantes que hacer. 

—¿Sabe dónde vive en Madrid? —insisto.

El padre de Vera me sonríe.

—No, justo se fue porque hoy se muda de piso. —Suspira—. Si te confieso Javier, tus preguntas me llaman la atención, tengo entendido que Vera y tú jamás fueron amigos. —Aclara. 

Me quedo en silencio.

«Claro idiota, qué esperas que su padre no se preocupara por su hija», me regaño. 

—Me la encontré en un club meses atrás y quedamos en intercambiar números y nunca pasó. Mi hermana me dijo que la había visto y tenía la esperanza de que ella siguiera aquí para que pudiésemos hablar. Pero por lo que veo llegué tarde. 

«De nuevo», pienso.  

—Pues, mira, Vera no suele traer el mismo número de móvil, lo cambia bastante. Viaja mucho porque es psicóloga de tráfico.

«¿Piscóloga de tráfico, ¿eso es lo que le ha dicho a sus padres?», pienso. 

—Así que me dijo que en cuánto tuviera número me llamaría. En cuanto lo haga, le digo que te llame o puedo decirle a Jaén, si quieres contactarla de inmediato. Tengo su número aquí. 

—¿Jaen? —pregunto, de alguna forma decepcionado. 

—Sí, Jaén Moreno, ¿recuerdas? Iban juntos en la escuela: ¿ojos miel?, ¿rubio? ¿un poco más bajito que tú? 

—Sí, sí, lo recuerdo. 

—Bueno, ellos se fueron a vivir juntos a Madrid, y… 

«¿Vera y Jaén viven juntos? ¿Serán novios?», llegan mis inseguridades.

—No, está bien… no importa, no quisiera molestarles. —Interrumpo. 

—No creo, Jaén es un buen hombre, seguro que le pasa el recado ¿Sabes? Me alegra que Vera tenga más amigos. Siempre ha sido una mujer muy reservada. 

Me pongo inmediatamente de pie, debo admitir que me siento un poco decepcionado. Justo cuando pensaba que las cosas no podían empeorar, surge esta revelación que me preocupa. ¿Significa que Vera le fue infiel a Jaén conmigo? Y si es así, ¿esta es su venganza? Nunca le caí muy bien a él, al menos eso creo.

—¿Me das tu número entonces? — me dice su padre. 

—Sabe, no importa ya. Si ve a Vera, dígale que le envío saludos. —Concluyo y salgo de la oficina un poco tan rápido como entré. 

¿Es normal que me sienta tan estúpido ahora? 

No, espera, estoy sacando conclusiones muy rápido, ¿verdad? Desde que esta mujer entró en mi vida, mi mente es un caos, y no sé cómo controlarlo. Intento de verdad, pero parece que en lugar de que toda la terapia que sé que me dio durante esos días me ayude, siento que estoy empeorando un poco más. 

Ella se fue ayer por la tarde, y yo llegué ayer por la tarde. ¿Será posible que en algún momento ambos estuviéramos en el mismo lugar sin vernos?

Camino lo más rápido que puedo hacia el auto y me subo.

—¿Dónde estás, Vera? —pienso, mientras en mi mente no puedo dejar de imaginar que ella está con otro y por eso desapareció. Regreso a mi casa porque no tengo otro lugar al que ir. Me aburro cuando vengo a este pequeño lugar; por eso me gusta la ciudad, hay más cosas qué hacer y más en qué distraerse. 

Entro a mi casa, voy a mi habitación para tirarme sobre el colchón y mientras observo el techo de mi cuarto, como lo he hecho millones de veces cuando pienso en Candela, ahora lo hago pensando en Vera.

—El que se enamora pierde —digo en voz baja.— ¿Dónde estás, Vera? ¿Acaso estás huyendo de mí?

Mi cuerpo se funde con la suavidad del colchón. Las noches sin dormir me han pasado factura, y siento cómo mis ojos se cierran lentamente mientras caigo en un sueño profundo.

De repente, escucho la notificación de una llamada entrante con la identificación “Número desconocido”. Mi tono de llamada repite: “Llamada de número desconocido”, lo que me saca de mi somnolencia. 

Abro los ojos y alcanzo mi teléfono que dejé sobre la mesita de noche. Al tomarlo, veo la pantalla que muestra la notificación “Número desconocido”.

Me siento sobre la cama y contesto adormilado.

—¿Diga? 

—¿Sabías que el primer tuit fue enviado el 21 de marzo de 2006? —Escucho su voz al otro lado dela bocina y mi corazón comienza a latir agitado. 

Después de meses sin saber de ella, sin escuchar su voz, sintiendo que perseguía un fantasma todo vuelve a comenzar de la misma manera que hace meses atrás… con una llamada. 

—¡Vera! —murmuro feliz, mientras ella me escucha del otro lado. 

—Es raro escucharte decir mi verdadero nombre, ya me había acostumbrado a Candela —comenta de buen humor, incluso puedo jurar que en este momento esta sonriendo—. Mi padre me dijo que fuiste al restaurante y querías comunicarte conmigo así que… aquí estoy.

—¿Cómo supiste mi móvil? 

—Tengo mis trucos, además es fácil cuando vives en una ciudad pequeña y eres parte de familia Montenegro.

—Cierto —respondo.  

—Solo es un poco de sentido común. 

Suspiro. 

—Vera, ¿por qué no me dijiste que eras tú? —inquiero de inmediato— ¿Por qué tanto tiempo sin revelar nada? 

Suspira.

—Javier. Todo lo que te dije fue verdad. Estaba atada a un contrato de confidencialidad. Si te soy honesta, tú fuiste la excepción de un todo. No estaba planeado que te reencontrara, así que todo lo que vivimos fue porque me dejé llevar. 

—Necesito verte, Vera —hablo con urgencia—. Necesitamos hablar, te lo pido. Te he buscado por todas partes y hasta hice la llamada al número con la esperanza de encontrarte, pero… nada, oficialmente desapareciste de los registros.

—No me encontrarás, Javier. —comenta—. Mi trabajo ahí, desde hace meses, terminó. Así que no importa cuantas veces llames, no sabrán quién soy, porque en realidad soy un fantasma, ¿recuerdas? 

—Entonces, ¿puedo llamarte a tu móvil ahora? —pregunto o más bien, ruego desesperado. 

Vera guarda silencio y puedo escuchar como respira al otro lado de la bocina. Los silencios, para mí, son malos, muy malos y no me gustan. Sin embargo, parece que a Vera le agradan y le ayudan a pensar, por eso lo espero con paciencia. 

—¿Qué paso con “Adaptarse y Continuar”? —pregunta. 

—No puedo —confieso—. Contigo no puedo. Porque ahora tengo mucho que decirte y hablar contigo, por eso no puedo continuar. Tenemos mucho que contarnos, no solamente de lo que vivimos, sino lo que pasó hace tiempo. Te lo pido.

—Javier, mi intención no era…—comienza a hablar. 

—No me importa, solo quiero verte. No quiero perder otro día sin decirte todo lo que siento, porque me está matando. Sé que tal vez no encuentre las palabras correctas para decírtelo, pero… Trataré. —Recito y debo admitir que detrás de estas frases hay un completo desahogo de todo lo que por semanas he guardado, aunque parece más una declaración de amor.

Vera guarda silencio, de nuevo, y el miedo regresa a mí. Puedo escuchar el latido de mi corazón en mis oídos y siento el sudor de mis manos. Ella se encuentra tranquila, pensante y supongo que atenta a cada palabra que me dirá después. 

—Javier, si nos vemos esto puede salir muy mal.

—O muy bien. —Insisto, mientras trato de presionar un encuentro cercano con ella.

—En este momento no puedo, empiezo un nuevo trabajo, debo presentarme pronto y…

—Yo voy dónde estés… dime dónde y ahora mismo tomo un avión para allá. Pero te lo pido Vera, déjame verte.

—Javier, en verdad no puedo, tendrás que esperar un poco a que yo te búsque. 

—¿Esperar un poco? Te he buscado como loco por meses —le confieso. 

—Esa no es mi culpa.

Es verdad ella jamás me pidió que la buscara y aún así yo lo hice. Suspiro.

—Vera…

—Javier, debes comprender una cosa: Vera no es Candela ni Madeleine. Al igual que tú, yo también interpreté un papel en este juego, pero ese personaje ya no existe; ha quedado atrás. Ahora solo queda Vera, una persona de carne y hueso, que no se asemeja en absoluto a lo que tu imaginación creó.

—¿Qué estás insinuando? ¿Qué tal vez Vera no me guste tanto como Candela?—Pregunto.

—Así es —habla, en tono firme y seguro—.Estás encaprichado con un personaje que yo inventé para llevar a cabo todo esto, no con Vera Moretti en realidad. Lo que amas y admiras es el recuerdo de una mujer que nunca existió, acompañado por la nostalgia de lo que podríamos haber sido si tan solo te hubieras fijado en mí cuando éramos más jóvenes. Como te mencioné antes, no te aferres al pasado; es peligroso.

—¿Y tú? ¿Cuándo te acostaste conmigo no estabas atada al pasado? ¿Al recuerdo de que una vez sentiste algo por mi pero te rechacé? —pregunto enojado. 

—¿Quieres en verdad que te conteste eso? —Y de pronto nuestra suave conversación comienza a dar un giro inesperado. 

—¡Quiero que me digas todo! —vontesto enojado— ¡Quiero que me digas si hiciste esto por algún motivo! 

—¿Cómo cuál? 

—No sé, ¿vengarte de mi?

Vera comienza a reírse a carcajadas como si en realidad hubiera dicho la mejor de las bromas. No comprendo que está pasando. 

—No todo gira al rededor de ti Javier —habla al fin—. La gente no siempre está pensando como joderte la vida o hacerte sentir mierda mientras tú te tiras al drama. —Sus palabras me dejan en silencio—. Me acosté contigo porque quise, es todo. Créeme, no estaba planeado como una venganza, diez años después, como resultado de unas palabras de un niño que simplemente no supo cómo actuar ¿Crees que todo este tiempo estuve pensando en ti Javier? Que todas las mañanas me despertaba pensando “¡Ojalá me lo encuentre para vengarme del bullying que me hicieron por su culpa!” —ríe— ¿No creías que mi frase adaptarse y continuar sería nula?

Guardamos silencio un momento más, y ahora solo es el sonido unísono de nuestras respiraciones.

—Tienes razón, lo mejor es esperar para vernos. —Menciono—. Creo que no estoy listo para esto. 

—Nadie esta listo para nada, la vida siempre se trata de improvisar ante todo tipo de situación y momento. Si estuviéramos preparados siempre para lo que viene, no hubiera accidentes, ni confidencias, ni amores a primera vista y menos sorpresas —dice y de pronto sé que un poco de Vera siempre estuvo en Candela.— Solamente hay que darle tiempo al tiempo Javier, no presiones las cosas, deja que se den. 

—¡Guarda silencio, Vera! —le murmuro—, estoy cansado de tus enseñanzas y consejos que, por desgracia, se meten en mi cabeza y acaban siendo correctos. 

—¿Qué pensaste Javier?, ¿qué al saber que me habías descubierto iría a tu casa corriendo?, ¿cómo película americana? Nos besaríamos bajo la lluvia y tu me dirías hermosas frases de amor, no, así no funciona.

Entonces sonrío, no sé por qué razón, pero lo hago, tal vez porque creo que estoy a punto de ganarle por primera vez un punto o porque reconozco a la persona que me está hablando del otro lado del móvil. 

—Sabes, afirmas que no eres como Candela, pero esa es una frase que ella me diría. Así que no estás tan lejos de tu personaje como crees. Dices que ya no existe y que la abandonaste, pero ahora la utilizas como un escudo para protegerte de mí, de lo que sientes —le respondo. Ella guarda silencio mientras me escucha—. Tal vez no te hayas acostado conmigo por venganza, pero estoy seguro de que el tiempo que pasamos juntos significó lo mismo para ti que para mí. Sé que al principio, cuando me besabas, lo hacías como Candela, pero después comenzaste a hacerlo como Vera. Esa tarde, en la Isla, me hiciste el amor como Vera, y te fuiste no porque terminara el contrato, sino porque sentiste esa conexión entre los dos y tuviste miedo de que algo importante sucediera. Si no hubiera sido así, ¿por qué me llamaste? Candela no lo hubiera hecho; ella hubiera seguido con su vida, dejando que Javier se volviera loco. Pero tú lo hiciste, porque estoy completamente seguro de que querías escuchar mi voz tanto como yo la tuya, ¿verdad? Admítelo, Vera, la posibilidad de que esto vaya más allá es real. —Termino mi discurso y otra vez sigue el silencio. 

—Como dije, aquí están las hermosas frases de amor, solo faltaría el beso bajo la lluvia —me menciona. 

—Falta mucho para la época de lluvias —respondo. 

—Entonces, te adelantaste con el discurso de amor. —Suspira—. Nos vemos Javier, disfruta lo que falta del verano. 

—Vera —logro decirle, pero del otro lado solo se escucha silencio—, te veo en el Café Central en Madrid, el sábado dentro de dos semanas a las seis de la tarde. —Termino la llamada. 

No sé si ella me escuchó o si cuando lo dije ya había colgado, pero tengo la ligera esperanza de que sí lo logró. Ahora solo me queda esperar para ver si se presentará a la cita. Vale, lo admito, tal vez Candela fue la que se metió bajo mi piel, pero Vera… ella se adentró en mi mente. Y aunque no pase nada entre nosotros, necesito saber por qué lo hizo. Quiero respuestas, necesito verla, aunque sea simplemente para no volver a hacerlo jamás. 

Dos fines de semanas después.

Pues aquí estoy, dos sábados después, en el Café Central, sentado en la mesa más alejada que pude conseguir, mirando impacientemente hacia la ventana mientras espero a Vera. He decidido abstenerme completamente de tomar café, ya que en este momento no ayuda a calmar mis nervios. De hecho, no he ordenado nada, ya que no estoy seguro de lo que pueda suceder.

La mesera sigue acercándose para preguntarme si deseo algo de beber, y yo continúo rechazándola con un “no, gracias, estoy esperando a alguien” tan amablemente como puedo. Ella me devuelve una sonrisa, aunque cada vez parece más forzada. Miro hacia la puerta y luego reviso mi reloj de pulsera: son las 18:10 y Vera aún no ha llegado.

—No vendrá —murmuro un poco melancólico. Volteo de nuevo para mirar hacia la puerta, cuando de pronto la mesera se acerca una vez más. Antes de que diga algo, le respondo—. Estoy esperando a alguien.

—Se lo envían —dice molesta y luego se va. 

Ella coloca una hoja de papel sobre la mesa con las palabras “A tu izquierda”. Al girar la vista, veo a una hermosa chica sentada en una de las esquinas del restaurante: Vera.

«¿Cuánto tiempo lleva ahí? ¿Qué está haciendo?», pienso, mientras me pongo de pie y voy camino hacia su mesa.

Vera es realmente diferente a Candela, como ella misma lo afirma. Lleva ropa más sencilla, menos maquillaje, y se ve igual que cuando estábamos en la playa. Su cabello ondulado está trenzado de manera sencilla, y sus labios solo tienen un ligero brillo.

La miro y no puedo evitar recordar todas las cosas que compartimos, que ahora vienen a mí como pequeñas instantáneas y flashbacks en mi mente. Tocar su cuerpo, saborear sus labios, todo lo que compartimos y las palabras que nos susurramos mutuamente, así como esos momentos de silencio. Son cosas que, sin duda, extrañaré si me pide que la olvide. Me llevará tiempo lograrlo, o tal vez sea imposible.

—Antes de que empieces —me adelanto a decirle—. Necesito expresarte que todo lo que compartimos y nos dijimos ha sido lo mejor que me ha ocurrido en la vida. Cada vez que lo recuerdo, una sonrisa se dibuja en mis labios. Nadie, absolutamente nadie hasta ahora, me había enseñado a enfrentar la realidad como tú lo has hecho. Te debo todo lo positivo que hay en mí en estos momentos, y quiero agradecértelo de corazón.

Vera sonríe y me invita con la mano a que me siente a un lado. Ella recarga sus brazos sobre la mesa y me observa.

—¿Cuánto tiempo llevabas observándome? —le pregunto. 

—Desde que llegaste. Eres una persona agradable a la vista —me responde—.Llevo observándote así desde que estábamos en la escuela siempre fuiste diferente, te destacabas por algo aunque tú siempre pensaras que los demás te opacaban. La prueba es que eres un empresario exitoso, un cazatalentos excepcional y los demás hacen lo que hacen.

—¿Por eso tú haces lo que haces? —le pregunto, interesado—. Tiene una explicación ¿cierto? 

—Todo en esta vida tiene una explicación, el problema es si esa explicación será suficiente para ti.

—Pruébame. —La incito y ella suspira. 

—Nunca fue mi intención que todo esto sucediera, Javier. En realidad, no tenía ni idea de que estabas en Madrid, y mucho menos deseaba algo contigo, ya que nunca tuvimos una relación, ni siquiera una amistad. Por lo tanto, no deseo que pienses que hubo algún plan maquinado de mi parte, en caso de que esa idea llegue a tu mente estresada. —Y sonrío por lo bien que me conoce.

—Te escucho.

—Fui Candela por curiosidad. 

—¿Curiosidad?

— Sí, lo hice por mera curiosidad. Mi trabajo como psicóloga de tráfico, a pesar de implicar viajar mucho, se volvió monótono y aburrido. Anhelaba algo emocionante en mi vida, algo que me hiciera sentir viva de nuevo. Teniendo acceso a mucha información y contactos en mi mundo, tuve la oportunidad de conocer a dos escorts, Candela y Madelaine. Conversando con ellas acerca de su profesión, me intrigó y decidí probarlo. Así que, intercambié roles con Candela. Le pagué una suma de dinero y, bueno, asumí el papel que ya conoces.

Me quedo en silencio, en verdad estoy sorprendido con la explicación de Vera.

—¿Cómo es que una niña tan callada y tan tímida hizo eso? —inquiero. 

Ella sonríe. 

—Lo que te dije es verdad. Las escort no se acuestan con sus clientes. Incluso tienen códigos y reglas que siguen. 

—Y, ¿por qué te costaste conmigo? 

—Por curiosidad —responde de nuevo, y sonríe—. No puedes imaginar la sorpresa que me llevé cuando abriste la puerta; en ese momento, inmediatamente te reconocí. Aunque pensé que podrías hacer lo mismo conmigo, tus modales me indicaron claramente que no tenías ni idea de quién era yo, así que decidí interpretar mi papel, tal como lo había hecho durante meses con otros clientes. Sin embargo, noté desde el principio que tú eras diferente a los demás. En ese mundo, cuando alguien solicita los servicios de una escort, generalmente tiene un motivo específico: exhibición, interpretación de un papel, o alguna otra fantasía. Pero contigo, Javier, no fue así. Te vi vulnerable, confundido y lleno de miedo, lo cual me llevó a decidir seguir tu ritmo, quería ver a dónde nos llevaría y, bueno, ya sabes cómo terminó todo.

—¿Te quedaste por qué tuviste compasión de mí? 

—No, porque, me gustaste. —Y se muerde un labio—. Te confieso que muchas veces quise decirte pero, conforme fue pasando el tiempo, me di cuenta que mi oportunidad había pasado. 

—¿Y por qué ya no me lo dijiste? —pregúnto de nuevo— ¿Por qué dejar eso en el aire? 

—No te lo dije porque.—Suspira—. Porque inicialmente creí que me pasarías por alto y que no me reconocerías, así que decidí simplemente disfrutar y vivir esa experiencia contigo antes de seguir adelante.

—Entonces, ¿era un juego para ti?

—No, Javier — me dice y vuelve guardar silencio. De pronto puedo ver sus ojos un poco brillosos—. Nunca pretendí que fueras un juego. Al principio, jugaba con la idea de cuándo me reconocerías, pero con el tiempo.—Suspira—. Mira, ya sabes lo que tienes que saber, es hora de que te vayas. 

—Pero no me quiero ir, Vera —le insisto—, no he querido decirlo pero, yo…

— No, Javier, no lo digas aún. ¿No has entendido nada de todo esto? Estás en este estado emocional debido a lo que podríamos haber sido en nuestra infancia. Te imaginas un amor donde nos conocimos cuando éramos jóvenes y crecimos juntos. Luego, un día te das cuenta de que no soy “Vera la rara”, sino algo más que un simple apodo. Pero no puede ser así. No debes basar tus sentimientos en un simple reencuentro. Candela y Madeleine son muy diferentes a Vera en muchos aspectos. —Me advierte y suspira. 

—¿Tenías miedo a que rechazara?, ¿cierto? —le digo ,finalmente y ella me observa sin decir nada—. No me dijiste que eras Vera porque pensaste que yo te rechazaría.

—¿Y no? —me contesta. 

—¿Y no qué? .

—¿Y no lo habrías hecho? ¿No habrías pensado, con tu mente llena de pánico, que posiblemente yo iría a contarle al mundo que Javier Montenegro contrató a un escort? O peor aún, pensando: “Pobre Vera, lo que terminó haciendo por un simple apodo”. Y jamás me habrías vuelto a llamar, ¿verdad? No me habrías conocido como lo hiciste, no habrías pensado que era la persona más genial del universo y mucho menos habrías repetido una y otra vez al oído que era la mujer más hermosa que habías visto. —Alega—. Además, ¿cómo iba a saber que después de aceptar esa noche no irás con tus amigos y alardearías diciendo que “Rara Vera” era una escort?, ¿y si se enteraban mis padres? No creo que quieran saber que su hija se metió en esto por un ejercicio de autodescubrimiento. 

De nuevo, Vera tiene razón. Es cierto, si eso hubiera ocurrido con la mente llena de prejuicios, la habría juzgado sin conocerla y me habría perdido de todo esto. Probablemente me hubiese casado con Bea, pensando que era lo correcto.

Ella toma otro sorbo del té.

—¿Tienes otra pregunta? —me dice. 

—¿Me quieres, Vera? —Sale de mis labios. Ella se queda callada sin decir nada— ¿Te gusto? —pregunto, pero el silencio sigue entre los dos—. Una vez me dijiste que no le tenías miedo al amor, que no lo buscabas pero tampoco lo evitabas, y que tal vez ya lo habías encontrado, pero posiblemente no lo viste.

—¿Qué tiene que ver eso con ahora?.

—Que creo que lo estás dejando pasar —le hablo firme—, que esto que tenemos se llama conexión y que no tenemos porque dejarlo ir, podemos intentarlo, y ver cómo funciona. 

—Javier —me dice un poco molesta— ¿Por qué haces esto?, ¿qué no aprendiste nada de lo de Bea?, de tomarte tu tiempo.

—Pero no tenía lo que tengo contigo. Yo estoy listo para empezar algo. 

—Pero yo no —me sentencia y yo abro los ojos sorprendido. 

—¿Es por Jaén?, es porque es tu novio.

Ella sonríe ligeramente y niega con la cabeza.

— No, Jaén es gay —me aclara—. No vuelvas a tu zona de confort. —Ella me toma la mano—. Eres la persona correcta Javier, te lo juro. Pero no es el. Momento. Tú estas enamorado de Candela no de Vera, no quieres algo conmigo. 

—Te equivocas —hablo con firmeza— ¿A caso quieres que me aleje de ti? Tú estás enamorada de mi Vera, como yo de ti, dime porque no quieres que esto continúe. 

Ella hace una pausa y luego suspira.

—Porque me iré al extranjero Javier. —Murmura. —Me iré a Estados Unidos. —Y con esa frase hace que mi mundo se derrumbe. 

—¿Cómo que te vas? No te puedes ir —digo esa frase como si en este momento estuviera de rodillas. 

—Lo siento, mi trabajo me lo pide. Salgo mañana a las seis de la mañana y no sé cuánto tiempo estaré. Nunca lo sé. Pueden ser semanas o un año. Por eso no quería que me vieras porque sabía que sería más difícil de afrontar. 

—No, tienes que quedarte.

—¿Por qué lo haría? 

—Por esto que hay entre los dos —trato de explicarme y ella se queda en silencio. 

—Javier, no puedo, en verdad. Mi trabajo me pide que viaje mucho y cuando hice mi agenda, no estaba considerado encontrarte, así que no puedo. 

Sé que sus palabras suenan frías, pero tiene razón. El único que no estaba considerado aquí soy yo. Ella tenía una vida aparte antes de que yo la interrumpiera, y ahora nos iba a parar todo solo por mí. De pronto me siento mal. Recuerdo cuando le dije a Bea que se viniera a vivir conmigo y dejara todo. Ahora veo lo que pasó.

—No te enamores de mi Javier, no lo hagas, solo soy un capricho y en verdad no es amor. 

—¿Por qué insiste en eso Vera?, ¿por qué no me crees? 

—No es que no te crea, Javier, jamás he dudado del amor. Sin embargo, ahora es muy pronto para que sepas si es verdad lo que sientes o no. La verdadera Vera es muy diferente a lo que tu esperas, piensas que después de esto iremos a mi piso y tendremos sexo salvaje entre las sábanas pero no será así, yo, no soy así. 

—Entonces, ¿qué sugieres? —Pregunto inquieto. 

—Tiempo al tiempo, es todo. 

Me pongo de pie de inmediato y la veo.

—Un año —le digo firme. 

—¿De qué hablas? —me pregunta, extrañada. 

—Un año, mismo lugar, misma hora. —Continúo—. En un año regresaremos a este lugar y veremos qué pasa. Tú te irás a trabajar y yo estaré aquí. Si uno de los dos no se presenta, pues ahí está, sabremos que esto que sentimos los dos es verdadero y se puede lograr.

—¿Estás loco?, ¿vas a basar el inicio de una relación en la distancia?

— No, por primera vez basaré una relación en mi decisión. Yo decido que pondremos distancia: tú te irás, yo me quedaré. No te buscaré, aunque sé que tengo los medios, sin llamadas, sin nada. Y si en un año regresamos y sentimos lo mismo que ahora, nos daremos una oportunidad. ¿Está claro? —Y después de acabar esa frase no puedo evitar mirar su cara que sé está a punto de esbozar una sonrisa. 

—¿Quién te dijo que yo siento lo mismo que tú sientes? —me pregunta. 

—Porque déjame contarte un dato inútil: el 80% de las personas que se encuentran después de tantos años y tuvieron una conexión no la olvidan y da una gran oportunidad para que puedan enamorarse. 

—¿Lo dice quién? —pregunta ella. 

—Lo digo yo —contesto. 

—Puede que en un año no esté de vuelta —Agrega mientras yo tomo mi chamarra.

—O puede que lo estés. Tenemos un año para averiguarlo. 

Me acerco a ella y, sin que me lo prohíba, le doy un beso apasionado en los labios, como los que nos dábamos recostados en la arena en aquella playa de Ibiza. Cuando me alejo, puedo ver sus hermosos ojos cerrados, disfrutando del momento.

—Javier… no. 

—Shhhh, sólo es un año Vera, en un año cambian muchas cosas, vemos diferentes lugares y conocemos más gente, pero si esto que sentimos es real, puede que nos llevemos una sorpresa.

—No cambias ni un poco, ¿cierto?

—Nos vemos en un año Vera —le murmuro en el oído—, te juro que aunque nos separemos, aquí estaré esperando por ti. Suerte en Estados Unidos.

Debo confesar que en este momento no me gusta mucho cómo terminó esta situación entre los dos. Sí, pensé que después de esto iríamos a otro lugar para comenzar esta nueva etapa en nuestras vidas, pero al final, ese no fue el resultado. El Javier de antes posiblemente habría hecho un berrinche monumental y hubiera tratado por todos los medios de convencerla de que se quedara; sin embargo, no lo hice.

Algo que tengo muy claro desde que conozco a Vera es que ella no es Bea, nunca lo ha sido y nunca lo será. Vera tiene sueños, ambiciones y metas por cumplir. Desde joven, siempre supo cuál era su camino, sin importar lo que dijeran los demás. Es firme, decidida, trabajadora y con metas claras. Aunque me cueste admitirlo, ella tiene razón. Para que algunas cosas funcionen, hay que darle tiempo al tiempo, y si pude estar un tiempo sin ella, creo que puedo esperar.

Salgo del Café Central y, antes de dirigirme a mi automóvil, paso por el ventanal para verla sentada, terminando de tomar su última taza de té. Luego, ella voltea a verme y le sonrío como si fuera una de esas “miradas” que se dan en las películas de romance que tanto menciona.

Vera no aparta la vista de mí, me devuelve la sonrisa y, antes de irme, saco mi móvil y le envío un mensaje. Observo cómo lo recibe y lo lee detenidamente antes de volver su mirada al ventanal y guiñarme un ojo.

“Gracias por ser la llamada que cambió mi destino” reza mi mensaje. 

Camino lejos de allí y, antes de subirme al auto, mi bolsillo vibra.

Sonrío. 

VERA

Si el ojo humano fuese una cámara fotográfica, tendría unos 576 megapixeles. 

Reza y yo sonrío. 

Cuando de pronto me llega otro inesperadamente. 

VERA 

Y la última mirada que te di, tomó una fotografía digna de repetirse…Tú mirándome a través de esa vitrina. Suerte Javier, sé feliz. 

No pude llegar, y en este momento me encuentro atrapado en una habitación de hotel, con la televisión de fondo y leyendo correos de la empresa, intentando calmar la frustración que me consume por dentro. Hoy, este día era el día en que debía volver al Café Central para encontrarme con Vera; sin embargo, debido a razones laborales y cambios en mi agenda, me fue imposible llegar.

Hice una llamada a su número, pero una voz desconocida respondió. Quiero pensar que ella cambió su número de teléfono, eliminando su correo y redes sociales, dejándome atrapado en la promesa de no buscarla. 

Quería decirle que la tengo presente todos los días, que estoy profundamente enamorado de ella y que si no llegué, fue por circunstancias ajenas a mi voluntad, no por olvido. Es un olvido que nunca llegó, uno que no puede tomar raíz y seguir adelante.

Solo de pensar que Vera tal vez llegó al lugar, se sentó en esa mesa y me esperó sin recibir respuesta de mi parte, siento un nudo en el corazón, y ahora parece que no habrá más oportunidades.

Por otro lado, reflexiono que ella tenía mi número de teléfono, podría haberme llamado y preguntado por qué no llegué, pero no lo hizo. Esto me lleva a considerar que quizás ella tampoco llegó y que si hubiera asistido a nuestra cita hoy, me habría encontrado solo.

La apuesta siempre fue alta, de eso siempre estuve seguro, y prefiero pensar que ninguno de los dos pudo llegar en lugar de imaginar que alguno de nosotros habría salido de ese encuentro con el corazón roto. Tal vez ella, tal vez yo, ahora nunca lo sabremos.

No obstante, deseo creer que Vera no es muy diferente de Candela, y al llegar al Café, seguramente se habría reído al no encontrarme allí y habría decidido seguir adelante con su vida. Para ser sincero, no sé si está enamorada de mí o si lo estuvo en algún momento. 

—¡Basta, Javier!, concéntrate, que esto es más importante que esa cita, que ya diste por perdida. —Me regaño y vuelvo a fijarme en todo lo que tengo que hacer, pero,de nuevo, me encuentro disperso. 

Mi vida en este momento está tranquila, aunque los primeros días después de ver a Vera en el café fueron una tortura. Me atormentaba pensando que podría haber insistido para convencerla de que no se fuera. En lugar de darle un beso, debería haber hecho el amor como cuando ella era Candela, o lo más obvio, haberle pedido que no cambiara su número de móvil; pero, una vez más, mis ansias me ganaron y así me juzgué a mí mismo.

Después de algunos días de depresión, me adapté y continué. Mi agenda se llenó completamente, sin dejarme espacio para pensar o divagar, y cuando menos me di cuenta, el año casi había terminado. Regresé a la ciudad donde crecí, fui a comer al restaurante de Vera con la esperanza de verla, pasé la Navidad y el Año Nuevo con mi familia, conocí a una chica en una fiesta, le di una oportunidad, pero no era Vera, así que la dejé ir.

El año comenzó de nuevo, con millones de cosas que hacer, y para febrero, entré en un tipo de trance celoso al imaginarme que ella podría estar feliz en Estados Unidos con otro chico, comiendo sushi y sin pensar en mí. Mientras yo, como un idiota, permanecía en Madrid esperándola y tratando de guardar una especie de “celibato” por su causa. 

Llamé a la chica de la fiesta, tuvimos sexo, pero no me gustó. No porque no fuera Vera, sino porque gemía muy fuerte y me distraía de lo que estábamos haciendo. Nunca más la volví a llamar, a pesar de sus insistencias por teléfono, hasta que finalmente desistió.

Entonces, en marzo, volvió la calma y la paciencia, como si la misma Vera entrara de nuevo en mi mente y me dijera: “Relájate, todo estará bien”. Como en una película romántica, empecé a soñar con ella. Siempre venía a mi mente ese momento en el que estábamos en mi piso, los dos desnudos y recostados en la cama, mirándonos el uno al otro y hablando de cualquier cosa que se nos ocurría. Recuerdo la suavidad de su piel y su mirada intensa. Para ser honesto, no recuerdo muy bien la conversación, porque me perdía mirando esa boca que me vuelve loco y que deseaba tanto besar. De nuevo, sentía esa urgencia de tocarla, de cubrirla, de besos, de inhalar su perfume hasta no poder respirar.

Dejo de revisar los correos, ya que he perdido por completo la concentración, recordando ese momento apasionante en la playa de Ibiza, que seguía excitándome constantemente.

—¿En serio Javier? —digo en voz alta mientras mi mente comienza a volar— .No puedes estar haciendo esto todo el tiempo. 

Cierro el ordenador portátil y lo dejo sobre la pequeña mesa que uso en este momento como escritorio de trabajo, veo la hora, justo las 11:00 pm, para este momento Vera ya debería de estar de vuelta en casa o tal vez siga en Estados Unidos, feliz con su novio sin acordarse de nuestra cita de hoy. 

Me recuesto sobre la suave cama y suspiro.

—Tranquilo, Javier, piensa en ese día en la playa.

Lentamente, cierro los ojos y me vuelvo a transportar a ese día. Ella, recargada sobre mi pecho, nuestras pieles rozando una con otra, sus hermosos pechos desnudos mientras nos besábamos como si no hubiera un mañana. Recuerdo el olor a coco de su protector solar y como sus labios, humectados por los míos, se besaban cortándonos la respiración. Mis manos acariciaban lentamente uno de sus brazos y ella jugaba con mi pecho acariciándolo sin límites.

De nuevo soy el Javier tranquilo, feliz y libre, que escucha sus palabras tan acertadas, ve su sonrisa sincera y extraña su cuerpo como un loco. Sin sus labios sobre los míos, siento que no puedo respirar, y lo que más me duele es pensar que tal vez ya no los vuelva a probar después de lo que pasó hoy. 

—Esperé todo un año para poder verla, me desintoxiqué de Candela y aprendí a comprenderte Vera, y ahora lo arruiné —hablo al techo, como si ella estuviera a mi lado. Evidentemente no voy a obtener respuesta porque le estoy hablando al jodido techo de la habitación, pero me sirve. 

—¡Joder! —expreso en voz alta y me vuelvo a levantar de la cama—. Me estoy volviendo loco, hablo solo, con el techo y por la calle, pronto dirán que Javier Montenegro está delirando. 

Así que tomo el móvil y le marco a la única persona que ha estado escuchándome todos mis dramas, inseguridades y decisiones desenfrenadas,Manuel. 

—¿Otra vez? —escucho su voz en el móvil y sonrío. 

—Lo siento, pero es que hoy era el día del que te platicaba, y lo perdí —le cuento un poco avergonzado. 

—Oye , tal vez debías perder este día ¿sabes? A lo mejor es el destino diciéndote que ella no es para ti. 

—¿Crees? —Pregunto. 

—Sí, fallaste a tu cita y te sientes culpable porque piensas que le rompiste el corazón de nuevo, pero también debes aceptar el hecho de que tal vez ella no es para ti. 

—Tal vez —contesto, tratando de aceptar que Manuel puede tener razón.

—A lo mejor la cita no sucedió porque el destino lo marcó así, pero tal vez, en otro momento de tu vida, en unos años, suceda la cita que tú necesitas y encontrarás a tu Vera, solo espero que no sea otra Bea. —Y se ríe—. Solo respira hermano, no presiones al amor, si lo haces no llegará. 

—¡Guau!, desde que estas enamorado te has vuelto bastante cursi —le bromeo y él finge reírse. 

—Todavía que tomas mi precioso tiempo para quejarte del amor. ¡te burlas! —me dice fingiendo estar molesto. 

—Vale ya, te dejo.— Concluyo. 

—Solo relájate, el amor llega de muchas maneras. Tal vez, solo toca la puerta y es él. Ahora déjame dormir que me estoy cayendo de sueño. 

—Vale, ve y duerme. —Apenas cuelga de nuevo me vuelvo a sentir solo. 

—Bueno, pudimos tener algo lindo, Vera —hablo en alto, mientras veo por la ventana—.Tal vez por eso te encargabas de decirme a cada rato que tú estabas aquí porque yo te pagaba, para después hacerme a la idea de que posiblemente no regresarías a mi vida. Aún así, espero estés bien. 

Entonces, ¿esta es, por fin, la despedida? ¿Después de tanto tiempo, me despido de todo esto? Lo escucho y no puedo evitar pensar: ¿Será que finalmente he logrado superar lo que me atormentó durante meses? Tal vez todo lo que he vivido me ha enseñado que no todo ocurre cuando yo lo deseo, sino cuando realmente debe suceder. 

Vuelvo a recostarme, y empiezo a considerar la posibilidad de que Vera haya sido solo algo efímero, al igual que su papel como Candela cuando jugaba con la idea de ser alguien más. El sueño me vence, y mis ojos comienzan a pesar.

Una vez leí que existe un alto porcentaje de probabilidades de encontrar al amor de tu vida en situaciones de peligro, ya que la adrenalina juega un papel importante en esto. Esto me hace reflexionar sobre las posibilidades.

¿Qué posibilidad hay de que Vera y yo nos volvamos a encontrar? ¿De que ese número mágico aún esté activo? O tal vez, ¿Vera esté recostada en su cama en este mismo momento, pensando en la posibilidad de tener algo conmigo? ¿Qué probabilidad hay de que ella y yo estemos destinados a encontrarnos de nuevo?

—Vera o Candela, destino o posibilidad, yo te extraño —murmuro—, sé que este no es el final. 

Horas después.

Los golpes en la puerta de la habitación me despiertan en un sobre salto. Abro los ojos, y solo veo la ligera luz entrando por la ventana del hotel. Volteo a ver hacia la mesita de noche y noto que son las tres de la mañana. 

—¿Qué demonios? —pregunto en voz baja. 

De nuevo los golpes en la puerta suenan, y mis sentidos se alertan. 

—¿Quién es? —inquiero. 

Más golpes en la puerta. 

—¡Quién es! 

Más golpes. 

Me quito las sábanas y me levanto de la cama. Camino en bóxers hacia la puerta, y cerca de ella vuelvo a gritar. 

—¡Quién es! 

—Servicio a la habitación. —Escucho. 

—¿Cómo?, si yo no he pedido nada. Habitación equivocada. 

Los golpes no cesan, y en mi desesperación, abro la puerta de un solo movimiento para ver a dos hombres, altos, fornidos y musculosos frente a mí. 

—¿Conoces a esta mujer? —me preguntan. 

En sus manos traen una foto de Vera. 

—Sí. 

—Es él… —le dice uno a otro y de pronto siento cómo me ponen una capucha en la cabeza.

—¿Qué demonios pasa?, ¡SUÉLTENME! —grito.

—Tranquilo… no hagas esto más difícil —habla uno. 

Siento cómo arrastran mi cuerpo por todo el pasillo. Ahora me arrepiento de dormir sin pijama. Trato de zafarme, pero ambos son increíblemente fuertes y me están llevando con una facilidad que no conocía. Sé que no hemos salido del hotel, pero sí que me están subiendo por las escaleras de emergencia. Momentos después, escucho cómo se abre la puerta de una de las habitaciones y mi cuerpo cae sobre un sofá. 

—Aquí está. 

—¡Qué demonios! —Escucho la voz de una mujer—, les dije que lo trajeran, no que lo secuestraran. 

—¿Qué querías?, ¿qué le invitáramos un café? —le responde uno de ellos.

—Eres un imbécil, Ramblocq. 

De pronto, siento que alguien me quita la capucha y la luz de la habitación me da directo a los ojos. Parpadeo un par de veces, y cuando la vista se aclara reconozco a la mujer. 

—¿Vera? —inquiero. 

Ella se ve muy diferente a la última vez que la vi. Físicamente, sigue igual de hermosa, pero su vestimenta parece algo más masculina. Lleva unos vaqueros pegados y una camisa polo de color negro. Su cabello, largo y ondulado, está amarrado en media cola. 

Vera me sonríe. 

—Lo siento, no pude llegar al Café Central, quería hacerlo pero… el trabajo se atravesó. 

—¿De qué hablas? —pregunto, al ver a los dos hombres que fueron a buscarme a la habitación. 

—Agente Moretti, ¿está seguro que él puede ayudarnos en la siguiente misión? —Escucho. 

Vera asiente con la cabeza. 

—Él puede ayudarnos… —Afirma. 

—¿Agente? —pregunto sorprendido—, ¿no se supone que eres psicóloga? 

Vera suspira. 

—Te dije que Candela era muy diferente a Vera y te juro que te explicaré. Pero en este momento, necesito tu ayuda, Javier, ¿Confías en mí? —inquiere, mientras me ve a los ojos. 

Y sin saber por qué, una sonrisa se marca en mi rostro. 

—Confío en ti —respondo. 

Emocionado de saber que la he encontrado de nuevo y que estamos a punto de vivir otra aventura. 

FIN 

Vera y Javier regresarán en el libro dos: “Llamando al destino”. 

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