Faltaban unos días para que Martha y Carlos terminaran la escuela de verano y tuvieran algunas semanas de vacaciones antes de entrar al último semestre del bachillerato. Sin embargo, todo había cambiado para ellos y sabían que su regreso a clases no sería el mismo porque incluso, en casa, ya no lo era; esto no parecía molestarles.
Aunque Carlos y Martha seguían sin hablarse en la escuela, solían verse a escondidas en uno de los baños de los maestros, donde de vez en cuando compartían un beso ligero que a ambos los hacía sonrojar. Después, no se hablaban más, hasta por la noche que Carlos pasaba por Martha a su trabajo.
Ella seguía en su rutina. Después de la escuela tomaba el camión y se iba hacia la librería-cafetería. Acomodaba los libros, los cobraba y a veces le ayudaba a Áurea a servir el café. Salía a las 9 de la noche, y Carlos ya la esperaba en la moto; ambos se iban al museo del mar.
Ahí, ellos se besaban hasta el cansancio. Carlos la sentaba sobre el borde de la terraza y la abrazaba, con su cuerpo pegándola a él. Platicaban, descubrían todo sobre ellos: sus grupos favoritos, canciones que les encantaban, sus sueños y otras cosas que los hacían reír. Lo hacían hasta que llegaba la hora de irse.
Martha le había dicho a su mamá que salía tarde de la librería debido a un inventario de finales de verano que tenía que hacer, lo que le daba tiempo de ir con Carlos a donde él quisiera para regresar a la 1 de la mañana. Puntualmente, llegaban a casa. Carlos y Martha entraban por la cochera y, antes de entrar, se escondían en el cuarto de productos de limpieza y se besaban por última vez en la noche.
La oscuridad los protegía, envolviéndolos en un refugio que parecía ajeno al mundo real. Los suspiros quedaban atrapados entre los labios de ambos, mezclándose con el sonido de sus respiraciones agitadas. Sus cuerpos se buscaban con desesperación, como si ese momento clandestino fuera lo único que existiera.
Carlos la sostenía con firmeza, sus manos explorando su abdomen con lentitud, acariciando la suave curva de su cintura. Los dedos subían con cautela, deteniéndose brevemente antes de ascender hacia sus pechos. Martha, entre jadeos y ojos cerrados, permitía que esa caricia la envolviera, sintiendo cómo el calor se propagaba por su cuerpo. Un estremecimiento recorría su espalda cada vez que sus manos se posaban allí, provocándole una mezcla de nerviosismo y deseo.
Él pegaba su cuerpo al de ella, eliminando cualquier distancia entre ambos, y Martha podía sentir cómo la excitación de Carlos crecía. Esa cercanía les quemaba, les hacía perder la noción del tiempo y el espacio. De vez en cuando, ella se atrevía a deslizar su mano hacia abajo, sus dedos rozando el bulto en el pantalón de él. Esa travesura arrancaba un leve gemido de Carlos, quien cerraba los ojos y apoyaba su frente contra la de ella, tratando de controlar el impulso que lo invadía.
A pesar de la intensidad, había un límite tácito que ambos se negaban a cruzar. Era una línea que sabían que no debían traspasar, aunque las ganas parecieran insaciables. Cada caricia, cada beso robado en la oscuridad, era un juego, una forma de explorar lo prohibido sin rendirse del todo.
—Martha… —susurró él, con la voz ronca, apenas audible.
Ella respondió con un beso más, esta vez más suave, como si quisiera calmar la tormenta que habían desatado. Carlos la abrazó con fuerza, su respiración agitada comenzando a estabilizarse.
Al final, ambos sabían que ese momento sería efímero, una chispa que no debía convertirse en incendio. Con un último beso, se separaron, aunque sus corazones latían al unísono, conscientes de que esa conexión, tan intensa como peligrosa, seguiría consumiéndolos en secreto.
Al final, ella se iba a su habitación y él a la suya, dejando tras ellos el calor de sus caricias y el eco de sus risas susurradas. Sin embargo, el silencio de la noche no traía calma; ambos yacían en sus camas, con la mente atrapada en lo ocurrido minutos antes. Los latidos de sus corazones aún resonaban con fuerza, y el sueño tardaba en llegar. Pensaban en las manos que habían explorado, en los labios que habían compartido secretos, y en lo que aquello significaba.
Al día siguiente, todo volvía a empezar. La rutina de miradas furtivas en los pasillos, la emoción contenida en los breves roces de sus manos y el tiempo robado en el baño de los maestros se repetían como un ritual. Pero un día, algo cambió.
Mientras estaban en el baño durante uno de los descansos, perdidos en otro de esos besos cargados de urgencia, Carlos se detuvo. Separó sus labios de los de Martha y la miró directamente a los ojos.
Ella parpadeó, confundida por la pausa. Su rostro estaba enrojecido por el calor del momento, y su respiración era irregular.
—¿Qué pasa? —preguntó Martha, su voz apenas un susurro.
Carlos sonrió, una de esas sonrisas sinceras que nacen desde lo más profundo.
—Solo estaba observando lo guapa que es mi novia.
La declaración hizo que el calor en su rostro aumentara, pero Martha, como si necesitara desviar la intensidad del momento, soltó una risa nerviosa.
—Basta… no digas tonterías —le contestó mientras bajaba la mirada y comenzaba a arreglar la camisa de su uniforme.
—¿Tonterías? —repitió él, su media sonrisa cargada de desafío.
Ella lo miró, con una mezcla de incredulidad y diversión.
—Sí, tonterías. Porque sabes que tú tienes novia y que esto no es un noviazgo.
Carlos ladeó la cabeza, sin perder la calma.
—¿Quién dijo que no lo es?
Martha sintió un nudo en el estómago. La forma en que Carlos la miraba, como si estuviera completamente seguro de lo que decía, la descolocaba. Rió de nuevo, esta vez más bajo, pero con un leve temblor.
—Carlos, no digas tonterías, ¿vale? —respondió mientras intentaba apartarse de él y dirigirse a la puerta.
Antes de que pudiera dar un paso más, Carlos la tomó del brazo con delicadeza, sus dedos apenas rozándola, pero suficientes para detenerla.
—¿Crees que es una tontería? —dijo con seriedad. Sus ojos oscuros buscaban los de ella con intensidad, y su voz tenía una firmeza que Martha no había oído antes—. Te lo estoy diciendo en serio. ¿Quieres ser mi novia?
El tiempo pareció detenerse. Martha abrió la boca para responder, pero ninguna palabra salió. Su corazón golpeaba tan fuerte que temió que Carlos pudiera escucharlo. Quiso reír, pero se detuvo al ver la sinceridad en los ojos de él. Carlos no bromeaba. Lo decía en serio.
Por un momento, el aire en el baño se tornó pesado, cargado de emociones no dichas y promesas no formuladas. Martha sintió que todo lo que había mantenido bajo control se desmoronaba.
—Carlos… —empezó a decir, pero ya no dijo más.
—Carlos… —empezó a decir, pero ya no dijo más.
En ese momento, el timbre que anunciaba el final del descanso resonó por todo el edificio. Martha trató de salir, pero Carlos, con su mano en el marco de la puerta, se lo impidió.
—¿No habrá respuesta? —insistió, con la voz cargada de expectativa.
Martha lo miró, exhalando con frustración, como si las palabras que iba a decir le supieran amargas.
—¿Qué quieres que te responda? Claro que no. Creo que no te has percatado de lo que estás diciendo. Dijiste conocernos durante el verano y ya, no más. Además, te recuerdo que tienes novia, y no es cualquier novia, es Bruna Echeverría.
Carlos la observó confundido, como si el peso de esa verdad no tuviera el impacto que Martha esperaba.
—¿Eso qué tiene que ver? —preguntó, con una inocencia que rayaba en la torpeza.
Martha soltó una ligera carcajada, cargada de incredulidad y algo de rabia.
—¿Qué tiene que ver? —repitió, mirándolo directamente a los ojos—. Vamos, Carlos, no me hagas explicártelo de nuevo. Tú sabes quién es ella, lo que hace o puede hacer. Sabes qué tipo de persona es. ¿O quieres que te lo recuerde?
Carlos trató de interrumpir, pero ella no le dio tiempo.
—Martha…
—¿Quién fue la de la idea de que escondieran mi ropa después de la clase de natación y me obligaran a regresar a casa en traje de baño y envuelta en una toalla? —lo confrontó, su tono ahora afilado.
Carlos desvió la mirada, avergonzado.
—Martha…
—Bruna —sentenció ella, con firmeza—. ¿O la vez que recibí mi reconocimiento por mejor promedio y ella puso un video sacado de contexto sobre mí para que todo el mundo lo viera? ¿Sabes las burlas que recibí por un mes? Sí, fue Bruna. Y ahora que lo recuerdo, tú estabas ahí… y te reíste igual.
Las palabras de Martha eran un torbellino de emociones reprimidas, liberándose con cada recuerdo doloroso. Carlos permaneció callado, incapaz de defenderse. La culpa pesaba sobre él como una losa, mientras veía cómo la indignación en el rostro de Martha crecía.
El segundo timbre sonó, marcando el límite del tiempo. Martha abrió la puerta del baño, su expresión fue decidida.
—Así que no digas tonterías sobre un noviazgo, Carlos. No juegues esa carta conmigo. Sabes que esto no escalará más. Ahora, vamos a clases y continuemos como si nada.
Martha salió del baño y se alejó por el pasillo. Carlos se quedó inmóvil por un momento, las palabras de ella resonando en su cabeza. No era un simple rechazo, era un recordatorio de todo lo que había hecho mal.
La observó mientras se alejaba, su figura perdiéndose entre los estudiantes. Su pecho se llenó de un sentimiento amargo. Lo decía en serio. Estaba enamorándose de Martha y quería hacerlo oficial. Pero el peso de sus errores y la sombra de Bruna lo mantenían atrapado.
Bruna, que parecía dominar cada aspecto de su vida, volvía a rondar en su mente. Hacía semanas que no hablaban, no porque él no quisiera, sino porque ella había decidido que el silencio sería su castigo por no cumplir con sus caprichos. La última vez que hablaron, Bruna le había reprochado no convencer a su padre de llevarla de viaje, exigiéndole un anillo de compromiso que la sacara de la isla. Carlos sabía que Bruna no lo amaba; ella quería la vida que él podía proporcionarle. Y eso lo asfixiaba.
Martha, por otro lado, representaba lo opuesto. Era libre, auténtica, y no necesitaba nada de él. Esa libertad era lo que lo atraía y lo aterraba a la vez. Con Bruna, sentía que su futuro ya estaba decidido: matrimonio, responsabilidades y una vida predecible. Con Martha, todo era incierto, pero también emocionante.
Carlos salió del baño, todavía procesando lo que había pasado. Al final del pasillo, alcanzó a ver la figura de Martha desaparecer tras una esquina.
Un sentimiento de culpa lo embargó. Había sido parte del dolor de Martha, alguien que había contribuido a sus heridas. Ahora, estaba ahí, deseándola, admirándola… pero ella no quería nada con él.
Se preguntó cómo iba a superar esto, cómo enfrentaría el hecho de que Martha era lo que quería, pero también lo que parecía inalcanzable. ¿Qué pasaría si un día admitía sus sentimientos ante todos? ¿Sería capaz de redimirse y demostrarle que había cambiado? O, quizás, era demasiado tarde.
Con un suspiro pesado, Carlos se dirigió a su salón, con el corazón dividido entre el remordimiento y la determinación. Tenía que encontrar una forma de redimirse con Martha, aunque sentía que eso no lo podría hacer ni en mil vidas.
***
Esta vez, al salir de la escuela, Martha se encontró a Carlos esperándola en el estacionamiento, recargado despreocupadamente en su moto, con el casco que ella siempre usaba en la mano. Desde lejos, su figura destacaba entre los autos y las motos estacionadas, atrayendo miradas curiosas de algunos estudiantes que pasaban. Martha apretó los labios, tratando de ignorarlo, y comenzó a caminar con paso decidido hacia la parada del camión.
Confiaba en que Carlos no la seguiría; después de todo, a plena vista de todos, sería un escándalo. Pero, para su sorpresa, él lo hizo.
—Martha, ¿dónde vas? —la llamó con su tono habitual, que mezclaba algo de diversión y seriedad.
Ella no respondió ni volteó, acelerando el paso.
—Martha… —insistió Carlos, esta vez con más urgencia.
Él la alcanzó con facilidad y, sin brusquedad, la tomó de la mano. Martha detuvo su andar, giró para mirarlo y enseguida dirigió la vista hacia la escuela. Algunos compañeros se habían percatado de la escena y comenzaban a murmurar entre ellos.
—¿Qué haces? Tengo que ir a trabajar —dijo Martha, su voz baja pero firme.
—No, hoy no irás —respondió Carlos con una seguridad que la desconcertó.
—Sí, sí iré. Necesito ese dinero… —replicó ella, mientras intentaba liberarse de su agarre, pero él no se lo permitió.
—Vamos a ir a otro lado.
—Carlos… —empezó Martha, frustrada—. No puedo hacer siempre lo que tú quieras. Así que no, no iremos.
Logró zafarse y retomó su camino, pero Carlos, rápido como siempre, la tomó por la cintura y, en un movimiento que la dejó sin aliento, la cargó sobre su hombro.
—¡Bájame! —exigió Martha, golpeando suavemente su espalda.
—No, hasta que me escuches —respondió Carlos, mientras caminaba hacia su moto con ella aún sobre su hombro.
—¡Qué necio eres! —protestó Martha, sin poder evitar que el calor subiera a sus mejillas.
Carlos la sentó cuidadosamente sobre la moto y le entregó el casco.
—Tengo que ir a trabajar… —insistió Martha, cruzándose de brazos.
—No, hoy pasaremos el día juntos. Ya arreglé todo con Áurea y yo te pagaré el día —dijo Carlos con una sonrisa que intentaba desarmarla.
Martha arqueó una ceja, incrédula.
—¿Pagarme?
—Sí. No quiero que pierdas el dinero de ese día. También le pagaré a Áurea. Ahora, ¿vamos? —Carlos la miró, convencido de que no aceptaría un “no” como respuesta.
Alrededor, las miradas se habían multiplicado. Era imposible no notar la escena, y Martha sintió el peso de los ojos sobre ellos. Esperaba que Carlos se arrepintiera en cualquier momento y diera marcha atrás. Pero él no lo hizo.
—Vamos, Martha, tengo hambre y sabes cómo me pongo cuando tengo hambre —añadió con un tono juguetón, intentando arrancarle una sonrisa.
Martha lo miró con los labios fruncidos, tratando de contener una carcajada. Él estaba tan seguro, tan resuelto, que su terquedad comenzaba a desarmar su resistencia.
—Eres un caso perdido, Carlos —dijo, colocándose el casco.
Carlos sonrió con satisfacción, se subió a la moto y encendió el motor.
—Lo sé. Pero te prometo que valdrá la pena.
Martha suspiró, resignada, mientras él arrancaba la moto y se alejaban bajo las miradas curiosas y sorprendidas de todos en el estacionamiento. Aunque tratara de no demostrarlo, una parte de ella comenzaba a disfrutar de la locura que era estar con Carlos.
Recorrieron la isla de nuevo en la moto, sintiendo el aire sobre su rostro y el sol brillante sobre sus cabezas. Martha iba abrazada al torso de Carlos, su mejilla apoyada sobre su espalda, mientras él mantenía la mirada fija en el camino. El calor del motor y el aroma salado del mar los envolvían en esa especie de burbuja que siempre parecía formarse cuando estaban juntos.
No había música, como era costumbre, solo el ronroneo constante del motor, el ruido del tráfico a lo lejos y el suave desliz de las llantas sobre el asfalto. A Martha le gustaba ese silencio. Aunque no lo decía en voz alta, le permitía perderse en sus pensamientos mientras el paisaje de la isla pasaba a su alrededor como una película.
Carlos, como siempre, no le había dicho a dónde iban. Ella sabía que no tenía sentido preguntar, porque él nunca respondía, solo sonreía con esa mezcla de misterio y confianza que tanto la desconcertaba. Así que, como siempre, decidió dejarse llevar, con la certeza de que lo que estuviera adelante la tomaría por sorpresa.
Después de un rato, el asfalto dio paso a un camino de tierra y piedra, más accidentado, pero no menos emocionante. El sonido del motor se amplificó entre los árboles que ahora los rodeaban, formando un túnel natural de sombra que refrescaba la piel de ambos. Martha levantó la cabeza, intrigada por el cambio de ruta, pero no dijo nada.
Finalmente, la moto se detuvo. Carlos apagó el motor y se bajó primero, ofreciéndole la mano a Martha para que hiciera lo mismo. Ella lo tomó con cierta cautela, todavía sin entender dónde estaban, pero confiando en que valdría la pena.
Frente a ellos había un sendero estrecho que serpenteaba entre la vegetación. Carlos tomó el casco de Martha, lo colocó junto al suyo en la moto, y la miró con una sonrisa que parecía decir “confía en mí”.
—¿Y ahora? —preguntó Martha, cruzándose de brazos pero sin poder ocultar la curiosidad en su voz.
—Ven. No es lejos —dijo Carlos, extendiéndole la mano.
Martha suspiró, fingiendo impaciencia, pero tomó su mano de todos modos. Caminaron juntos por el sendero, sintiendo cómo las ramas de los árboles se agitaban suavemente con la brisa. A medida que avanzaban, el sonido del mar se hacía más fuerte, mezclándose con el canto de las aves y el crujir de las hojas bajo sus pies.
Después de unos minutos, el sendero se abrió a una pequeña cala escondida. La playa era perfecta, con arena blanca y suave, rodeada de acantilados que parecían proteger el lugar del resto del mundo. El agua cristalina reflejaba el cielo azul, y una pequeña barca vieja descansaba en la orilla, balanceándose suavemente con las olas.
—¿Qué te parece? —preguntó Carlos, observándola con atención.
Martha no respondió de inmediato. Caminó hacia la orilla, dejando que la vista la envolviera, antes de voltear hacia él con una sonrisa.
—Es hermoso —dijo, casi en un susurro.
Carlos caminó hasta alcanzarla, quedándose a su lado mientras ambos miraban el horizonte.
—Es una playa virgen —dijo él, con una voz más suave de lo habitual—. Está tan escondida que pocos saben su acceso. Yo descubrí este.
Martha lo miró de reojo, y por un instante, todo lo demás pareció desaparecer. La brisa marina, el sonido de las olas, la tranquilidad del lugar… Todo conspiraba para crear el momento perfecto, pero ella sabía que con Carlos siempre había algo más.
—¿Por qué haces esto? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio.
—Porque quiero que veas lo que yo veo y me gusta verte feliz.
Martha suspiró profundamente. Que esas palabras vinieran de la boca de Carlos le provocaba una mezcla de sentimientos que no podía ordenar. Hace tan solo unos meses, él había sido una de las personas que le hacía la vida imposible. Con su grupo de amigos, encabezado por Bruna, Carlos había contribuido a momentos que Martha preferiría olvidar. Sin embargo, aquí estaba él ahora, mostrándole rincones de la isla que jamás habría sido capaz de descubrir por su cuenta, como si tratara de borrar el pasado con pequeños gestos que parecían sinceros.
No sabía cómo reaccionar. Parte de ella quería creerle, quería pensar que este Carlos que ahora tenía frente a ella era real. Pero el miedo aún estaba ahí, latente, como un eco persistente que le recordaba todo lo que había sufrido. Era ese mismo miedo el que la paralizaba, el que le impedía confiar plenamente, el que le decía que no debía estar ahí, a solas, en un lugar que no conocía.
Sin embargo, a pesar de todas esas dudas, sus pasos la habían llevado hasta este momento. Carlos extendió la mano hacia ella, con una seguridad que contrastaba con su confusión.
—Vamos —dijo con voz tranquila, tomándola de la mano.
Cuando Martha colocó su mano en la de él, una corriente de sensaciones recorrió su cuerpo. Las manos de Carlos eran grandes, firmes y cálidas, pero había una suavidad en su toque, un cuidado que ella no esperaba. Era un contraste que la desarmaba, como si en esa sola caricia él tratara de transmitir todo lo que no sabía cómo decir.
Caminaron juntos hacia la playa. Él avanzaba con paso seguro, como si conociera cada roca, cada curva del sendero, mientras ella seguía a ciegas, confiando en él irónicamente más de lo que se permitía admitir. La arena bajo sus pies era suave, y el sonido del mar se hizo más fuerte, más envolvente.
Fueron más allá de la playa, caminando hacia las rocas que bordeaban la orilla. El agua apenas les cubría los talones, dejándoles un paso fácil y sin complicaciones, aunque Martha notaba cómo las olas comenzaban a hacerse más insistentes.
De repente, Carlos se detuvo y, sin previo aviso, comenzó a escalar las rocas.
—¿Qué haces? —preguntó Martha, deteniéndose y mirándolo con incredulidad.
Carlos le extendió la mano, sonriendo.
—Vamos… confía en mí.
—No puedes solo decirme eso mientras me pides que escale y el mar está justo debajo de mis pies —protestó, cruzándose de brazos pero sin dejar de mirarlo.
Bajó la vista y sintió un nudo en el estómago al darse cuenta de que, si resbalaba, podría golpearse contra las rocas que se ocultaban bajo el agua.
—Vamos… tenemos poco tiempo antes de que suba la marea y no podamos salir.
—¿Salir? —preguntó ella, alzando una ceja.
—Bueno, bajar… anda, vamos.
Carlos le animó con esa mezcla de entusiasmo y confianza que siempre terminaba desarmándola. Y una vez más, contra toda lógica, Martha confió en él. No entendía por qué lo hacía, pero ahí estaba, aceptando su mano y comenzando a escalar la colina rocosa que los llevaba por encima del mar.
Cada paso era un desafío. Martha sentía cómo su corazón se aceleraba con cada subida, con cada movimiento calculado. Carlos la ayudaba, volteando constantemente para asegurarse de que estaba bien.
Después de unos minutos que parecieron eternos, Martha vislumbró lo que parecía la entrada de una cueva escondida entre las rocas. Era pequeña y discreta, como un secreto bien guardado.
—¿Ahí es donde vamos? —preguntó, jadeando un poco.
Carlos solo asintió y le sonrió, extendiéndole la mano una última vez para ayudarla a entrar.
Cuando ambos estuvieron dentro, Martha se quedó sin palabras.
La cueva era hermosa, con un techo alto que dejaba filtrar la luz del sol a través de pequeñas grietas, iluminando el espacio con un resplandor dorado. Desde la entrada, tenían una vista espectacular del puerto. Podían ver los barcos balanceándose suavemente con las olas, el agua brillando como si estuviera cubierta de miles de estrellas. Era como si estuvieran conectados con el resto del mundo, pero al mismo tiempo, tan aislados que nadie podría encontrarlos.
—Es… increíble —susurró Martha, recorriendo el lugar con la mirada.
La cueva se abría hacia una playa escondida, casi virgen, donde algunas personas locales tomaban el sol y nadaban en el agua cristalina. Era un lugar que parecía sacado de una postal, un rincón que no figuraba en ningún mapa turístico.
—Sabía que te gustaría —dijo Carlos, sentándose en una roca cercana y observándola con una sonrisa.
Martha lo miró por un momento, con el rostro iluminado por la luz que entraba en la cueva. Por un instante, todo lo demás se desvaneció: el miedo, la duda, el pasado. Solo estaba ese momento, ese lugar y la sensación de que, quizás, confiar en Carlos no era tan irracional después de todo.
—¿Cómo encontraste esto? —preguntó, sentándose junto a él.
—Explorando. Quería un lugar donde pudiera estar solo… o, en este caso, contigo.
Ella bajó la mirada, sintiendo un leve rubor en sus mejillas. Aunque todavía no entendía por qué Carlos hacía todo esto, no podía negar que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía en paz.
El murmullo del mar llenaba el aire, mezclándose con el lejano graznido de las gaviotas. Dentro de la cueva, el eco de las olas rebotaba suavemente contra las paredes, envolviéndolos en un silencio cómodo pero cargado de una energía que ambos sentían pero ninguno mencionaba. Carlos estaba sentado junto a ella, su postura relajada, pero sus ojos reflejaban algo más profundo, una mezcla de calma y determinación.
Martha, en cambio, no podía evitar sentirse nerviosa. La situación era demasiado extraña, demasiado íntima, como si algo estuviera a punto de cambiar.
—Quiero pedirte perdón —dijo Carlos de repente, su voz baja pero resonante en el eco de la cueva.
Martha lo miró, parpadeando con sorpresa.
—¿Cómo? —preguntó, tratando de asegurarse de que había escuchado bien.
Carlos giró un poco hacia ella, apoyando sus codos sobre las rodillas mientras juntaba las manos. Por primera vez, su mirada parecía cargada de una vulnerabilidad que no era común en él.
—Quiero pedirte perdón —repitió, esta vez con más firmeza—. Por todas las veces que te he lastimado, que te he insultado, que te he hecho sentir mal.
Martha lo miró sin decir nada, el sonido del mar llenando el espacio entre ellos.
—Podría excusarme diciendo que yo no fui el que inició nada, que no fui el que te escondió la ropa o el que hizo esos videos horribles… pero sería una mentira —continuó Carlos, mirando al suelo por un momento antes de volver a alzar la vista hacia ella—. Yo estuve ahí. Me reí. No hice nada para detenerlo. Y, lo peor, lo repetí.
Martha sintió un nudo en el estómago. Había esperado disculpas muchas veces, pero nunca las había recibido. Y ahora, oír esas palabras salir de la boca de Carlos, del chico que más daño le había hecho, era casi surrealista.
—No sé por qué me comporté así. Tal vez era porque era fácil. Porque no quería quedar mal con los demás, porque… porque tenía miedo de que si no lo hacía, sería yo el que terminaría en tu lugar.
Carlos se pasó una mano por el cabello, claramente luchando con sus propias emociones.
—No estoy diciendo esto para justificarme. Lo que hice estuvo mal. Muy mal. No hay excusa para eso. Solo quiero que sepas que lo siento, de verdad. Cada vez que pienso en lo que pasaste por culpa de nosotros… por culpa de mí, me doy cuenta de lo horrible que fui.
Martha lo miraba fijamente, tratando de procesar lo que estaba escuchando. Carlos hablaba con una sinceridad que no esperaba, y eso la desarmaba más de lo que quería admitir.
—No espero que me perdones, Martha. No después de todo lo que hice. Pero necesitaba decírtelo. Necesitaba que supieras que me arrepiento. Que estoy intentando ser mejor, aunque no sé si eso significa algo para ti.
El silencio que siguió fue pesado, interrumpido solo por el sonido de las olas. Martha respiró hondo, sintiendo cómo las emociones la embargaban.
—Carlos… —empezó, pero su voz se quebró.
—Está bien, no tienes que decir nada —interrumpió él, levantando una mano como si quisiera detenerla. Se levantó y caminó unos pasos hacia la entrada de la cueva, dándole la espalda por un momento—. Solo quería que lo supieras.
Martha lo observó, sintiendo que algo dentro de ella se rompía y al mismo tiempo comenzaba a sanar. Nunca había imaginado que Carlos, el mismo que se había burlado de ella tantas veces, estaría ahí, pidiéndole perdón con tanta sinceridad.
Ella no sabía si podía perdonarlo todavía, pero en ese momento, lo único que podía hacer era quedarse ahí, mirando a un Carlos diferente al que había conocido y preguntándose si, tal vez, las personas realmente podían cambiar.
Carlos, aún de pie cerca de la entrada de la cueva, respiró profundamente antes de hablar de nuevo.
—No sé si me crees —comenzó, su voz llena de inseguridad—, pero de verdad soy honesto. Mis prejuicios, mis relaciones y mis miedos me llevaron a hacer todo eso. Ahora que te conozco mejor… creo que lo hice porque te tengo envidia.
Martha lo miró, sorprendida.
—¿A mí? —preguntó, con incredulidad en su tono.
Carlos asintió lentamente, sin apartar la vista de ella.
—Sí. Porque eres una mujer tan libre, tan maravillosa e inteligente, Martha. Eres el ejemplo de lo que yo quiero ser, de la persona que todos admiran.
—No creo… —intentó decir ella, pero Carlos la interrumpió con un gesto de su mano.
—Fuera de mi grupo de amigos, yo soy nadie —continuó, su voz quebrándose ligeramente—. Pero tú… tú tienes una vida hecha, un sueño, una meta. Una madre que te ama. Te has abierto camino por ti misma, sin necesidad de que tu padre dé dinero a la escuela para que te pasen.
Martha abrió la boca para responder, pero se quedó en silencio al notar la expresión de Carlos. Sus palabras no eran solo un discurso; estaba siendo completamente vulnerable.
—El lugar en la escuela de medicina lo tienes ganado por tu esfuerzo, no por influencias. —Carlos volteó a verla, y sus ojos reflejaban una mezcla de admiración y dolor—. De todos nosotros, eres la única que tiene una vida fuera de esta isla. Una vida real.
Carlos dejó escapar un suspiro pesado y miró hacia el horizonte, como si las palabras fueran difíciles de sacar.
—Esta isla… las personas piensan que es nuestra, pero en realidad, no lo es. Estamos atrapados aquí, pretendiendo que somos importantes, que somos algo. Pero el día que bailamos en la fiesta de San Juan, me di cuenta de algo…
Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas.
—Me di cuenta de que a nadie le importamos. Fuera de nuestro pequeño mundo, no somos nada, ni nadie. Y eso me golpeó más fuerte de lo que quiero admitir.
Martha se quedó mirándolo, con el corazón apretado. Nunca había visto a Carlos tan honesto, tan abierto. Sus palabras la llenaban de una extraña mezcla de compasión y confusión.
—Carlos… —susurró, sin saber exactamente qué decir.
Él la miró de nuevo, sus ojos oscuros llenos de emociones que Martha apenas podía comprender.
—Por eso quiero cambiar, Martha. Porque si voy a ser alguien, quiero serlo por mí, no por lo que mi apellido o mi dinero pueden comprar. Y… quiero que lo sepas porque, aunque no me perdones, tú eres la razón por la que empecé a darme cuenta de todo esto.
El silencio que siguió fue denso, lleno de todo lo que quedaba por decir. Martha sintió cómo sus emociones se entrelazaban: la confusión, el enojo que todavía cargaba y algo más profundo que no podía identificar. No estaba lista para perdonarlo, pero tampoco podía ignorar la verdad en sus palabras.
Afuera, el sonido del mar seguía llenando la cueva, como un testigo mudo de todo lo que estaba sucediendo entre ellos. La luz que se filtraba por las grietas en las paredes iluminaba tenuemente a Carlos, quien respiró hondo antes de hablar.
—Estoy enamorado de ti, Martha.
La firmeza y seguridad en su voz hicieron que un escalofrío recorriera el cuerpo de Martha. Se quedó inmóvil, sintiendo cómo esas palabras resonaban en su pecho, confundiendo su mente y acelerando su corazón.
—No sé cuándo sucedió, ni dónde —continuó Carlos, sus ojos fijos en el suelo por un momento antes de atreverse a mirarla directamente—. Tal vez siempre he estado enamorado de ti en secreto.
Martha abrió la boca, pero no encontró palabras. Algo en la intensidad de su mirada la mantenía congelada en su lugar.
—No solo eres hermosa, y con una sonrisa que me desarma por completo —añadió Carlos, dando un paso hacia ella—. Eres inteligente, divertida, trabajadora, estudiosa, y comprensiva.
Martha sintió que el nudo en su garganta se hacía más grande. No estaba preparada para escucharlo, no después de todo lo que habían compartido y de todo lo que todavía pesaba entre ellos.
—Te hice daño, mucho daño —admitió él, con una voz que ahora parecía cargada de culpa—. Estoy seguro de que la razón principal por la que quieres irte de esta isla… soy yo.
Esas palabras golpearon a Martha como un balde de agua fría. Sí, había soñado con irse, con empezar de nuevo lejos de todo lo que Carlos y su grupo le habían hecho pasar. Pero escucharlo decirlo en voz alta la hizo sentir expuesta, vulnerable.
—Pero te juro —continuó Carlos, su tono más intenso ahora—. Te juro por lo que tú quieras, que esto que siento no es falso, no es broma, ni parte de una apuesta.
Carlos se detuvo frente a ella, lo suficientemente cerca para que Martha pudiera ver la sinceridad en sus ojos, pero no tan cerca como para invadir su espacio.
—Estoy perdidamente enamorado de ti —dijo, con una emoción que parecía brotar de lo más profundo de su ser—. Y por primera vez, te ruego que me creas.
Martha lo miró, sus ojos llenos de preguntas sin respuesta. El eco de sus palabras seguía rebotando en las paredes de la cueva, mezclándose con el sonido del mar. Había sinceridad en cada palabra, en cada gesto, pero también había un peso. Un peso que venía del pasado, de las heridas que todavía no cicatrizaban por completo.
Ella tragó saliva, incapaz de apartar la mirada de él. Su mente estaba dividida entre lo que sentía y lo que sabía, entre el dolor y la esperanza de que, tal vez, Carlos realmente había cambiado.
—Carlos… —empezó, su voz apenas un susurro—. Esto… esto es mucho.
—Lo sé —interrumpió él, sin apartar los ojos de los de ella—. Y no espero que me respondas ahora, ni siquiera que me perdones. Solo quiero que sepas la verdad. Que lo que siento por ti es real.
Martha respiró hondo, dejando que las palabras de Carlos se asentaran en su corazón. No estaba lista para darle una respuesta, pero tampoco podía ignorar lo que acababa de escuchar.
Carlos, como si entendiera lo que estaba pasando por su mente, levantó su mano y acarició su rostro con una ternura que ella nunca habría esperado de él. Sus dedos rozaron su piel como si estuviera tocando algo frágil, algo que temía romper.
—Te juro —dijo él, su voz firme pero llena de emoción—, que si me crees, si me perdonas y me dejas formar parte de tu mundo… pasaré el resto de mi vida demostrándote lo mucho que me importas… y, sobre todo, pidiéndote perdón.
Las palabras de Carlos, cargadas de sinceridad y arrepentimiento, rompieron algo dentro de Martha. Un nudo que había cargado durante tanto tiempo se deshizo, y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin control. Al principio intentó detenerlas, pero pronto se rindió.
Lloró con fuerza, como si todo el dolor, la rabia y la tristeza que había guardado durante años encontraran finalmente una salida. Era un llanto que venía de lo más profundo, como si cada lágrima arrastrara un poco del peso que había llevado en silencio.
Carlos, sin decir nada, la abrazó. Fue un abrazo firme, seguro, en el que ella se dejó hundir, escondiendo su rostro en su pecho. El sonido de sus sollozos llenaba la cueva, mezclándose con el eco de las olas.
Martha recordó todas las veces que quiso llorar por lo que le hacían y no pudo, porque no quería que la vieran débil, porque no quería preocupar a su madre. Recordó los días en que regresaba a casa, cargando con las burlas y las humillaciones, tragándose las lágrimas para demostrar que era fuerte. Pero ahora, en ese momento, ya no podía más.
Hundió el rostro en el pecho de Carlos y dejó que el llanto saliera con toda su fuerza. Cada lágrima era un recuerdo, cada sollozo era una herida que dolía al ser liberada.
Sin previo aviso, el coraje que había acumulado durante tanto tiempo salió a flote. Con los puños cerrados, comenzó a golpear a Carlos en el pecho. Sus golpes no eran fuertes, pero estaban cargados de una mezcla de rabia y dolor.
—¿Por qué? —gritó entre lágrimas, sin detenerse—. ¿Por qué me hicieron tanto daño? ¿Por qué tú, Carlos? ¿Por qué tú?
Carlos no se movió. No intentó detenerla ni defenderse. Simplemente la dejó hacer, soportando cada golpe como si los mereciera, como si fuera su forma de pagar por lo que le había hecho.
—Lo siento —susurró, su voz apenas audible por encima del llanto de Martha—. Lo siento tanto, Martha…
Ella siguió golpeándolo por unos segundos más hasta que sus fuerzas se agotaron. Finalmente, dejó caer los brazos a los costados y se quedó ahí, en su abrazo, temblando mientras las lágrimas seguían rodando por su rostro.
Carlos la sostuvo con cuidado, apoyando su barbilla en la parte superior de su cabeza. No dijo nada más, porque sabía que no había palabras suficientes para reparar lo que había roto. Solo podía estar ahí, esperando que su presencia, aunque mínima, ayudara a sanar algo dentro de ella.
Después de lo que pareció una eternidad, el llanto de Martha comenzó a calmarse. Sus respiraciones se hicieron más pausadas, y aunque las lágrimas aún rodaban por sus mejillas, el peso en su pecho parecía un poco más ligero.
Carlos la miró con suavidad, apartando con cuidado un mechón de cabello de su rostro.
—No quiero lastimarte más —dijo, su voz llena de una mezcla de arrepentimiento y promesa—. Solo quiero que encuentres la felicidad, incluso si eso significa que yo no soy parte de ella.
Martha levantó la mirada hacia él, sus ojos aún enrojecidos y brillantes por las lágrimas. Quería decir algo, pero las palabras no llegaban. Las emociones que la invadían eran demasiado intensas, demasiado contradictorias para expresarlas con frases simples. Así que, en un impulso que no pudo controlar, se inclinó hacia él y lo besó.
El beso fue abrupto, lleno de coraje y dolor. Sus labios se encontraron con fuerza, como si quisiera castigarlo, como si quisiera hacerle sentir el peso de todo lo que había pasado. Sus manos lo tomaron por la camisa, jalándolo hacia ella con una mezcla de rabia y pasión contenida.
Carlos no la detuvo. Dejó que ella expresara todo lo que llevaba dentro, sintiendo en cada movimiento la intensidad de sus emociones. Pero entonces, Martha se separó de golpe, empujándolo hacia atrás, mientras respiraba agitada.
—¡Te odio! —exclamó, su voz resonando en la cueva como un grito de liberación.
Carlos se quedó inmóvil por un momento, sintiendo el eco de sus palabras golpearlo con fuerza. Pero no se alejó, no se defendió. Observó cómo ella lo miraba, con el pecho agitado y el rostro aún húmedo por las lágrimas. Sus ojos no mostraban enojo, sino algo más profundo, algo que brillaba con una intensidad inesperada: esperanza, incluso una pizca de ilusión.
Dando un paso hacia ella, Carlos alzó la mano y acarició su rostro con delicadeza, como si temiera que pudiera romperse. Lentamente, se inclinó y rozó sus labios con los suyos, esta vez con una ternura que contrastaba con la pasión del primer beso. Era un beso suave, casi reverente, que buscaba consolarla, no apresurarla.
Después, sus labios se movieron hacia su frente, dejando un beso cálido y protector.
—Si vuelves a lastimarme… si esto es un engaño… —comenzó Martha, su voz quebrándose, pero llena de firmeza.
Carlos la miró directamente a los ojos, interrumpiéndola con otro beso, esta vez más profundo, más decidido.
—Te juro que no es un engaño… —dijo en un susurro contra sus labios. Tomó su mano entre las suyas y la acarició con cuidado, como si ese gesto pudiera reforzar sus palabras—. Tienes mi corazón, Martha.
Ella dejó escapar un suspiro tembloroso, y esta vez fue ella quien volvió a besarlo. Pero ya no había rabia en ese beso, ni dolor. Ahora era un beso lleno de emociones encontradas: miedo, deseo, confusión, y algo que empezaba a parecerse al perdón.
Carlos respondió con igual intensidad, envolviendo sus brazos alrededor de su cintura y atrayéndola hacia él. Sus labios se movían al unísono, explorándose, encontrándose una y otra vez con una pasión que ninguno había esperado. Martha sintió cómo el calor subía por su cuerpo, cómo el contacto la hacía olvidarse del pasado, aunque fuera por un instante.
Sus manos subieron por el pecho de Carlos, deteniéndose en su cuello mientras él profundizaba el beso, sosteniéndola con la misma fuerza con la que había contenido sus sentimientos durante tanto tiempo. El sonido del mar, el eco en la cueva, todo desapareció. Solo existían ellos, envueltos en una tormenta de emociones que finalmente se liberaba.
Carlos la pegó más a él, sintiendo el latir de su corazón acelerado contra el suyo. Se separaron solo un momento, ambos jadeando, con los ojos cerrados y las frentes apoyadas una contra la otra.
—No quiero lastimarte nunca más, Martha —susurró Carlos, su voz ronca por la intensidad del momento—. Quiero ser digno de ti.
Ella no respondió con palabras. En cambio, lo besó de nuevo, esta vez con una mezcla de dulzura y pasión que lo desarmó por completo. En ese momento, no había dudas ni miedos, solo ellos y la promesa silenciosa de que las cosas podían ser diferentes.